Juliana Gattas, la dama del pop: “Maquillada en la cama”

Maquillada en la cama es el debut solista de Juliana Gattas y suena como un diario secreto leído a medianoche. Ocho canciones escritas junto a Alex Anwandter entre cafés, mails y llamadas, donde el pop y el electro/dance se tiñen de confesiones, delirios y melancolía.

Hay algo de cine en todo esto, y no es casual. Juliana siempre miró la música como si fuera una pantalla. En el videoclip de Maquillada en la cama, el tema que bautiza el disco, revive los fantasmas de Las lágrimas de Petra von Kant y la artificialidad brillante de Maniquí. En Borracha en un baño ajeno, la atmósfera se tiñe de absurdo y sombras verdes, casi como perderse en una escena robada a Beetlejuice. Y Emocionalmente tuya abre el portal hacia la sensibilidad desbordada de Pedro Almodóvar y a esa densidad pegajosa de La Ciénaga.

Divas nocturnas, martinis en la cama, pecados maquillados; Juliana canta como quien se ríe en el baño de una disco y al mismo tiempo como quien se queda sola mirando el techo de madrugada. Este universo podrá sentirse en vivo el próximo sábado 13 de septiembre en el mítico Club Blondie, cuando Juliana Gattas y Alex Anwandter lleven Maquillada en la cama al escenario y lo transformen en una película hecha de luces, espejos y confesiones.

El disco empieza en el lugar donde terminan casi todas las fiestas: el baño. La base electrónica late como un corazón apurado y Juliana canta como si estuviera hablándote con la frente apoyada contra la pared. No te da glamour, te da la verdad de la noche, la que todos conocen pero nadie cuenta.  Alex Anwandter la rodea con cuerdas para que la escena de “Borracha en un baño ajeno” tenga un dramatismo elegante, pero lo que queda es la imagen de estar sola, medio rota, en un baño prestado. La incomodidad de ser ajena en un lugar.

En “Maquillada en la cama” ya entiendes de qué va el disco. Juliana decide no salir, quedarse maquillada en la cama, como si el maquillaje fuera una máscara para ella misma. La canción se mueve con un pulso disco que Anwandter afila para que suene irresistible. Es pegadiza, pero si le prestas atención es triste. Se trata de prepararse para una fiesta que nunca va a ocurrir. Juliana canta como quien se ríe de su propia derrota. El baile está, pero ocurre en una cama deshecha, y esa imagen se te queda. 

“La casa del amor nocturno” es el momento más bailable, el más house, y sin embargo tiene algo fantasma. La “casa” no existe, se desarma al amanecer. La música te empuja como una pista de baile a las tres de la mañana, pero la letra es como un recordatorio de que todo se va a apagar en dos horas. Es alegre, sí, pero con esa sombra de nostalgia que tienen las fiestas que terminan antes de que quieras. 

De repente, el disco se pone oscuro. Las “Botas Negras” pisan fuerte, suenan peligrosas. La producción de Alex se llena de sintetizadores que parecen cuchillas. Juliana canta como si fuese una femme fatale de película barata: deseante y amenazante al mismo tiempo. Hay algo sexual y algo violento, como si en esa canción se jugara con la idea del deseo como arma. Te incomoda, pero te seduce.

“Miro hacia el cielo” es un momento íntimo de diálogo protector hacia su hija, lleno de esperanza y vulnerabilidad, donde Juliana mira atrás y reflexiona sobre su recorrido en la vida. “Miro hacia el cielo y siento que nada nada va a cambiar”. Suena vulnerable de verdad acá, sin disfraz, y Alex la levanta con un envoltorio gigante para que el dolor no sea un susurro, sino una explosión. 

“Emocionalmente tuya” es más ligera, más pop, con un aire ochentero. Es dulce, casi demasiado, pero la letra es traicionera. Entregarse emocionalmente puede sonar romántico, pero también es un abandono, un perderse. Juliana lo canta con un tono ambiguo, como si supiera que esa entrega va a costar caro. Es la canción más amable del disco y, al mismo tiempo, la más venenosa si la miras bien. 

“Lejos del fuego” suena liberadora, como un escape. Los vientos, la trompeta, el groove: todo te lleva a un lugar más luminoso. Juliana canta sobre alejarse del fuego, y ahí está la pregunta: ¿es salvarse o es resignarse? La canción no responde, pero la música suena a fiesta, a respiración después de tanto humo. Es un clímax brillante, uno de esos momentos en que todo parece arreglarse, aunque sepas que es mentira. 

El final con “Un taxi al infierno” es un viaje en espiral, un descenso con luces de neón y música electrónica que late como un rave en decadencia. El “infierno” acá es lugar de fiesta, el lugar al que te subes cuando no hay vuelta atrás. Juliana canta como si se deshiciera en el camino, con coros que parecen voces dentro de la cabeza. Alex aparece como cómplice, metiendo su voz en la mezcla. Termina en explosión, pero no hay cierre real. El disco se apaga como se apaga la noche, de golpe, dejándote con ganas de volver al principio.