El Indio Solari, Los Redondos y la poética de la resistencia a 39 años de Oktubre

Hablar de Oktubre es hablar de Los Redondos, y hablar de Los Redondos es hablar del Indio Solari: letrista, cantante, rostro del grupo y una de las expresiones artísticas más singulares del continente y del idioma. Lo que hace único a este disco no está solo en las historias que se cuentan, sino en la música misma, en la energía que sigue moviendo a la gente décadas después.

Oktubre se grabó en 1986, apenas un año después de Gulp!, y con él, la dupla Solari-Beilinson encendió definitivamente los fuegos de octubre. Con nueve canciones y 41 minutos de música, la banda logró algo que pocas podían: un disco oscuro y contundente que hablaba de revolución, de resistencia y de una sociedad que todavía tenía cicatrices recientes. Como dice el Indio: “En aquel entonces nos estábamos tragando algo groso, que no sabíamos del todo si estaba bien o mal… Había una especie de inocencia, eso de creer que el simple traspaso de un gobernante con uniforme a otro con traje lo cambiaba todo”.

La música, por supuesto, no se queda atrás. Oktubre combina melodías coreables con una poética punzante, capaz de capturar tanto el absurdo de la vida cotidiana como la tensión de un país que intentaba salir de la dictadura y navegar la democracia alfonsinista. No es un disco que se pueda reducir a su tiempo, ni a las anécdotas del estudio, ni a la política de los 80; es un mapa de tensiones sociales, poéticas y culturales, un lugar donde la música, la palabra y la imagen confluyen para crear algo que sigue incendiando octubre tras octubre. En este mundo Redondo y de Ricota, como dicen los propios Redondos, hay lugar para todos, para los que lo descubren por primera vez y para quienes lo llevan tatuado en la memoria. 

El Indio siempre jugó con esa idea de lo ambiguo, pero basta escuchar Música para pastillas para darse cuenta de que en realidad es todo lo contrario. “Rockeros bonitos, educaditos… Emboquen el tiro libre que los buenos volvieron y están rodando cine de terror”. En 1986, con la democracia recién recuperada, esas líneas no necesitaban demasiada interpretación. El Indio no disfrazaba los mensajes, los ponía en un código que el público entendía, y lo entendía tanto que llenaban la cancha de River o incluso arrastraban a 300 mil personas a una ciudad de 100 mil habitantes, como pasó años después en Olavarría.

Parte de la magia del disco está en cómo Skay construye riffs filosos, hipnóticos, que contrastan con el fraseo mordaz del Indio. Canciones como Divina TV. Führer o Motor psico funcionan como estampas de un tiempo en el que la libertad todavía tenía cicatrices, pero también como himnos atemporales.

Al mismo tiempo, temas como Preso en mi ciudad reflejan la sensación de estar atrapado en libertad, con ecos de la Plaza de Mayo y la memoria de Malvinas, mientras que Ji Ji Ji, aunque asociada luego a Chernobyl, muestra la capacidad de la banda de convertir eventos trágicos en experiencias casi rituales. Skay Beilinson lo explica: “Ji ji ji es una risa medio perversa, marca una bidimensionalidad… es simplemente un cuchillo, no es bueno ni es malo”.

Desde la portada hasta la última nota, Oktubre fue un disco pensado en conjunto. Rocambole, el responsable de la iconografía, recuerda que la tapa surgió de un boceto en una servilleta, con rojo, negro y blanco, para rendir homenaje a todas las revoluciones y a la lucha de los oprimidos. Más tarde, la imagen del “esclavo” liberándose de sus cadenas se transformaría en poleras, tatuajes y banderas, símbolos que acompañarían a la banda mucho más allá del disco.