Tras una pausa, la banda regresa con un disco ambicioso y ecléctico que combina doom, post-punk y krautrock en una travesía sonora.
Para Cold in Berlin, seis años de descanso se han traducido en el resultado de un trabajo denso, arriesgado y catártico. La banda ya anunció “Wounds”, su quinto álbum de estudio, el cual verá la luz el próximo 7 de noviembre a través del sello New Heavy Sounds, y que se concibe como una declaración de principios contundente.
Desde sus inicios en 2010, Cold in Berlin se hizo su renombre, además de un espacio en el Archivo Sonoro de la Biblioteca Británica, gracias a su propuesta cruda: post-punk oscuro con la pesadez del doom y el pulso del krautrock.
En palabras de su vocalista, Maya Berlin, el disco es una “extraña celebración de ese dolor formativo que todos hemos experimentado de alguna manera. La pérdida y la alegría de sobrevivir; la celebración de encontrar a otros como nosotros”.
El primer track, lanzado el 5 de septiembre, es “Hangman’s Daughter”, una pieza que da pie a un bajo techno oscuro que rápidamente muta en guitarras post-punk que se asemejan a las atmósferas de Joy Division. La narrativa es seductora, se sumerge en el drama de un amor no correspondido que se vuelve obsesión y tragedia.

El sencillo es una excelente pólvora para dar inicio al álbum, que —a lo largo de sus nueve cortes, que incluyen títulos como “12 Crosses”, “Messiah Crawling” y “The Stranger”— promete una experiencia concreta. El disco completo, grabado en los míticos Foel Studios en Gales con la producción de Mike Bew, posee la mística de las producciones que nacen lejos del ruido. El guitarrista Adam Richardson relata una “atmósfera de días brumosos y noches estrelladas” por amplificadores prestados por los mismísimos My Bloody Valentine. De hecho, “Wounds” juega con nuevos escenarios: sintetizadores gélidos y envolventes del colaborador habitual Bow Church -figura clave en la electrónica berlinesa- y secciones de metales free-jazz, que en “12 Crosses” proponen una capa de inesperada al ya denso sonido de la banda.
Cierra con la promesa doliente de “Wicked Wounds”, una muestra de que Cold in Berlin no flaquea en las estructuras irregulares ni a los ritmos off-beat. La banda ha logrado una obra meticulosamente elaborada, que captura la urgencia y crudeza sin sacrificar la experimentación. Si el post-punk tiene un nuevo vértice en la década, este disco tiene la forma de un vendaje sobre una herida recién abierta: doloroso, pero necesario.

