Saramalacara en Chile: El caos digital como nuevo lenguaje del éxtasis

Texto por Catalina Banda
Fotos por Daniela Quintana

En un escenario casi a oscuras, rodeada de visuales sacadas de TikTok, IA y símbolos de internet, Saramalacara transformó su show en un portal emocional donde el desorden fue su manera de decir “esto somos”. Entre gritos liberadores, mosh espontáneos y una estética de colapso controlado, la artista argentina confirmó que el pop del futuro no busca el sonido perfecto ni sonar limpio, solo sentirse vivo.

Desde el Teatro Coliseo, adonde se trasladó el show originalmente programado para la Sala Metrónomo tras un éxito de ventas que llenó la primera ubicación, abriendo su gira, no hubo telonero ni presentación gradual. Diez minutos de atraso bastaron para calentar el aire de una sala repleta de asistentes vestidos casi como clones digitales: cruces, negro dominante, micro shorts, estética de personajes de un mundo digital postgótico; globos de condón flotaban entre el público mientras se hacía la espera. Todo indicaba que lo que venía no era un show tradicional, sino una generación buscando la voz de su Goat.

Cuando Sara apareció, no buscó ser iluminada, pidió que bajaran las luces entre algunas canciones. Ese gesto marcó la narrativa completa del concierto. La oscuridad como lenguaje: su zona de control emocional. En ese entorno casi sombrío, su figura se movía entre sombras y destellos de la pantalla gigante a su espalda, una entidad que habita plenamente el glitch.

Cuando entró al escenario, se notaba que Sara no estaba sola en espíritu, aunque hoy brilla como solista, proviene de la “RIP Gang”, un colectivo de músicos y artistas jóvenes de Argentina, que incluye a Dillom, Ill Quentin, Odd Mami, Broke Carrey y K4. Juntos se organizaron alrededor de Bohemian Groove, un sello-discográfico que funciona como productora de conciertos, de videos y plataforma para todo lo que quieran hacer. Esa energía colaborativa se percibe en su manera de ocupar el espacio, de jugar con el micrófono y de conectar con un público que comparte códigos generacionales similares. Aunque hoy está bajo el sello Interscope Capitol.

A mitad de show, el caos se volvió parte del espectáculo: un problema técnico la obligó a cambiar de micrófono, y mientras su voz seguía sonando durante unos minutos (como si cantara desde otra dimensión) Sara se fue tras bambalinas para solucionar el problema con su producción. Pero lejos de romper la experiencia, este quiebre la potenció. El público gritaba su nombre para que volviera al escenario, entre sudor y cansancio, no vieron una falla, sino autenticidad.

Lo más potente del show no fue la precisión vocal, sino la energía cruda. Saramalacara gritaba “hijos de puta” con una risa cómplice, impulsaba rondas de mosh y celebraba el sudor colectivo como si se tratara de un renacimiento. Su actitud “me importa poco todo” convivía con una entrega física real. Cuando entró el trípode de micrófono, adoptó por momentos la pose de una rockstar clásica, golpeando el aire con una energía que se sentía más punk que trap o pop.

Las visuales eran un universo en sí mismas: fragmentos de TikTok, errores digitales, labubus, figuras generadas por IA. Eran la mente gen Z proyectada como espejo de una identidad en línea. Era un show que no intenta escapar de internet: se sumerge en él para expresar su humanidad.

El público explotó con «Hasta el cielo» y “Sola”, especialmente con las canciones viejas, las que ella misma llamó “las de Matadero”. Ese vínculo territorial y afectivo traspasó fronteras cuando dijo que consideraría vivir en Chile, usando modismos locales como el clásico “weón” como gesto instintivo.

Saramalacara encarna el pop oscuro de esta era: uno que entiende que la depresión, la disociación y el deseo de escape no son temas marginales, sino parte central de la experiencia contemporánea. Su show ofrece un espacio para gritar sin culpa. Y vaya que es necesario.

Terminó a las 20:20, abrupta, dejando la sensación de que el show no termina cuando ella se va, porque continúa en la mente de quienes estuvieron ahí, aunque gritaron con esperanza “otra, otra” canción. 

Lo que sucede en un show de Saramalacara es un desborde emocional, donde el caos y la intensidad es la forma más honesta de existir hoy por hoy.