Cuando las luces bajaron en el Club Chocolate, y Boris subió al escenario, no solo se sentía cerca el inicio del show, sino que también el inicio de un viaje y del debut de una de las bandas de rock experimental más misteriosas de la escena.
Tras más de tres décadas experimentando con su sonido, desde sludge, drone y noise hasta psicodelia, ambient, shoegaze y doom, Boris, finalmente hizo su debut en nuestro país con intención de su gira Do You Remember PINK Days?, en celebración del 20.° aniversario de su influyente disco Pink (2005).
Desde la primera nota se impuso una atmósfera sonora sin vuelta atrás. Con la formación clásica: Atsuo, en batería y voz; Takeshi, guitarra/bajo y voz; y Wata, guitarra y voz. Sobre el escenario, el trío entregó todo lo que es Boris, algo casi ceremonial.

El comienzo con “Blackout” fue pura distorsión pesada, bajos y batería marcando un pulso ritualístico junto al carismático Atsuo. A partir de ese momento, la noche se fundió dentro de una energía intensa y adrenalina en crecimiento. Con las primeras notas de “Pink”, “Woman on the Screen” y “Nothing Special”, el público simplemente explotó y cayó dentro de ese trance que mezcla un poco de stoner, sludge y rock pesado característico del álbum. Esa primera parte del show fue efervescente.
Boris se sumergió en el abismo del drone metal y el noise más expansivo, llenaron la sala con capas de distorsión.Wata construyó un muro de sonido análogo con su característico Roland Space Echo RE-150. Las voces deTakeshi y Atsuo se mezclaban perfectamente en un grito intenso. Takeshi Ohtani cumpliendo una doble labor al tocar un instrumento de dos mástiles, por un lado el bajo telúrico que removía la estructura del Club Chocolate, asimismo la guitarra aportando al paisaje ambient-noise tejido junto a Wata.

Atsuo conducía un ritual con su batería y golpes de gong, cada silencio, cada explosión importaba. Se sentía como entrar a un templo del ruido donde la belleza se encontraba en el caos y distorsión pero también en momentos más lentos y delicados.
El público respondió con crowdsurfing, saltos y gritos, como si se dejara llevar por una corriente eléctrica sin fin y una atmósfera con humo de fuzz.
El final tuvo un cierre de esos que perduran en la memoria, un emotivo silencio, un final exaltante, con tensión y belleza en equilibrio y siempre un poco de caos. Comenzó con la canción Farewell, de la más vulnerable del show. El público quedó hipnotizado con su sonido más envolvente de post-rock y shoegaze lleno de capas texturizadas que daba por cerrado el universo sonoro de Pink. El cierre avanzó hacia un terreno profundo: el peso central y envolvente del doom marcó el final con Flood (I, II, III), una inmersión lenta que dejó al público suspendido.
Probablemente el show más intenso, oscuro y atmosférico que ha recibido el Club Chocolate; simplemente lo de Boris no se repetirá jamás en la historia, un debut más que esperado que saturó las expectativas.


