Entrevista con Renatto Olivares: “Para mí, lo latino es reapropiarse de los géneros y adaptarlos al contexto del país”

Por María José Jerez

El pasado 5 de enero se publicó Aguas Raras, el debut solista de Renatto Olivares. Hasta ahora conocido por su trabajo en Hesse Kassel —y también por integrar la banda Cicuta—, el músico presenta aquí un disco que marca un giro importante en su recorrido y asume la exposición que implica firmar con su propio nombre.

Aunque no es la primera vez que Olivares compone solo, Aguas Raras funciona como un punto de encuentro entre distintos momentos de su trayectoria. Retoma ideas de proyectos anteriores y las cruza con todo lo aprendido tras un año especialmente intenso junto a Hesse Kassel, dando forma a un trabajo que dialoga con distintas influencias latinoamericanas.

En esta entrevista conversamos sobre sus primeros pasos haciendo música, el proceso detrás de Aguas Raras y las inseguridades que aparecen al trabajar de manera individual. También hablamos de estilos de composición, de la experiencia adquirida en los últimos años y de los miedos que surgen al pensar en el futuro de la cultura independiente en un escenario político incierto.

Para comenzar, Aguas Raras se publicó hace pocos días. ¿Cómo te sientes ahora que el disco empezó a circular?

Me siento expuesto, no sé si tonto es la palabra. Es un poco contradictorio. Siempre he intentado mantenerme al margen de la exposición personal, incluso dentro de la banda. Me complica harto dar entrevistas y todo lo que implica poner mi nombre al frente, porque nunca me ha interesado ocupar el lugar de frontman más allá de la performance en vivo.

Pero también uno sabe que acá no te puedes dar el lujo de ser completamente bajo perfil. Eso quizás lo pueden hacer los gringos y les irá bien igual, pero acá es imposible. Me siento raro habiendo tomado la decisión y a este asunto que surgió no se me ocurrió otra cosa más que ponerle mi nombre. Me siento un poco confuso, también contento. Orgulloso incluso, porque hacer un disco no es menor; y por otro lado siento que me contradije.

Antes de Aguas Raras y de Hesse Kassel hubo proyectos solistas que hoy funcionan casi como archivo: Navea y Del Monte. ¿Qué permanece de ese Renatto que hacía maquetas y qué cambió definitivamente en el que escuchamos hoy?

Siempre he compuesto de manera muy dispersa. Me cuesta encapsularme en la lógica verso–coro–verso, pero no es algo intencional para hacer algo diferente, simplemente no me hace click. En Del Monte, por ejemplo, grababa cosas muy al peo: un minuto de guitarra, después tres minutos de otra cosa, y así armaba piezas largas que funcionaban más como relatos sonoros que como canciones.

El problema era que no había una narrativa ni motivos que se repitieran. Además, soy cero tecnologías. Se me borraron todos los proyectos y no supe cómo recuperarlos. Ahí fue como “ya, filo”, y quedó como un ejercicio que no se podía replicar.

Con Navea pasó algo parecido: fue un disco compuesto en un viaje al sur cuando tenía 17 o 18 años. Lo grabé, pero después no lo volví a trabajar. En cambio, con la banda aparece la necesidad de apropiarse más de las canciones, de volver a ellas una y otra vez. Eso me obligó a aterrizar más el proceso, a pensar en estructuras, en sentido, en repetición.

¿Sientes que este disco solo podía aparecer después de todo lo que pasó con Hesse Kassel, o lo entiendes como una línea paralela que siempre estuvo ahí?

Completamente, por el contexto en el que se dio. No tanto por una cuestión creativa, sino por algo mucho más práctico: las redes, los vínculos, la confianza. Gracias a la banda conocí a personas que me ayudaron a hacer este disco posible. Hace un par de años nadie me habría pescado.

Trabajé con Víctor Borgert, que hace el sonido en vivo de la banda, compartimos muchos gustos musicales más latinos, brasileños, afro. Emanuel Irarrázabal nos apañó con el estudio. Nada de eso habría pasado sin la banda. Aguas Raras existe porque antes existió ese trabajo colectivo.

En este proyecto trabajas solo. ¿Qué decisiones se vuelven más incómodas cuando ya no hay nadie más con quien discutirlas?

Todo pasa por tu propio criterio, y eso es muy liberador, pero también muy inseguro. Con una banda discutes, conversas, llegas a acuerdos. Si seis personas están de acuerdo, probablemente es una buena decisión.

Acá no hay nadie que te reafirme si una guitarra está bien o si una voz funciona. El proceso fue muy rápido, compuse el EP en dos o tres semanas intensas, levantándome temprano y acostándome tarde. Me eché dos ramos de la U por esto. Invertí plata, tiempo y sabía que si no aprovechaba ese impulso creativo lo iba a perder, pero después vienen las dudas: ¿estará terminado?, ¿es suficiente?, ¿me pasé?, ¿me quedé corto? 

Es trabajar en un lienzo en blanco.

El disco tiene un dominio muy orgánico de cuerdas, vientos y percusión. ¿Cómo decides cuándo un instrumento está al servicio de la idea y cuándo se vuelve un exceso?

Fue muy por la intuición. Tenía una interfaz prestada, un micrófono y la batería del Lalo en la casa. Pasé horas probando cosas en el free trial del Ableton. No hay una pauta racional muy clara. Cuando uno sabe, sabe. Quería hacer algo más digerible, entretenido y apelar a géneros que no estuvieran tan presentes en las cosas que he compuesto.

El segundo tema, “Viroca”, fue el parámetro por temas de recursos. Sentí que ese nivel de complejidad era el límite: de ahí para abajo todo bien, de ahí para arriba ya era irse a la cresta. 

¿Hubo algún momento durante el proceso en que pensaste seriamente en mandar todo a la cresta?

Me pasó harto, grabando el disco. Haciendo las maquetas la pase muy bien, nunca había compuesto bajos y fue de lo que más me gustó, también armar las baterías. Hubo un momento en que preferí quedarme solo con las maquetas, porque cuando la música se vuelve demasiado tangible —cuando hay que repetir tomas, editar, pulir— siento que empieza a perder magia. Hay que luchar contra eso constantemente, porque por algo estoy metiendo plata y contando con la buena voluntad de otras personas.

Dos días antes de que saliera dije “ya, lo voy a cancelar”. Me entró la duda. Como que es la naturalidad de relacionarte con una obra, cuando algo te gusta o no te gusta, cuando estás orgulloso o no.

En Aguas Raras la voz se impone como un pulso rítmico. ¿Te interesa que el oyente reconozca a Renatto Olivares o prefieres que se pierda en la voz como parte del sonido?

La verdad es que no lo he pensado, pero es una buena pregunta. A veces siento que estoy un poco condenado por la voz que tengo. Pienso que no le saco todo el provecho que podría. Me gustaría tomar clases de canto, explorar otras formas de usarla, incluso intentar algo más melódico como Lucho Jara, más abierto, algo que me salga más natural, más de la guata. No sé si sería algo totalmente distinto, pero sí algo donde me sienta más cómodo.

Desde el principio me ha interesado más la música que la voz en sí. Yo nunca pretendí cantar, ni en este proyecto ni en la banda. Siempre ha sido algo medio circunstancial. Rescato mucho más mi manera de componer que mi manera de cantar o de escribir. Entonces claro, es inevitable que la voz termine siendo reconocible, pero no es algo que yo quiera enfatizar como un rasgo central.

El disco realza la actuación del “yo”, tanto desde la música como desde la literatura. ¿Cómo crees que encaja Renatto Olivares en esta interpretación? 

Creo que el “yo” aparece más por costumbre. Es como una maña o una muletilla, pero no creo que gire en torno a eso. En realidad, el EP trabaja mucho más con imágenes que con autobiografía directa. “Viroca”, por ejemplo, es una imagen del centro de Santiago; “Pieles” es casi un escenario ficticio. Son cosas bien alejadas a mí, como relatos, casi como pequeñas películas.

¿Sientes que este lanzamiento tiene que ver con el momento que atraviesa tu carrera, o responde más a una necesidad personal de decir sin intermediarios?

Yo creo que es un poco de las dos cosas, pero nace más desde una necesidad personal. Sobre todo, de no desperdiciar ideas. Me pasa mucho que compongo cosas que no calzan con la banda y quedo con esa sensación de “ya, ¿y ahora qué hago con esto?”. Mostrarle canciones a la banda que no entran ahí es raro, porque no es que estén malas, simplemente no pertenecen a ese proyecto. Entonces este EP aparece como un espacio para que esas ideas tengan un lugar.

También tenía muchas ganas de empujar mi creatividad hacia otro lado, pero sin irme al extremo. Quería hacer música más digerible, más tranquila de escuchar. No algo hueviado ni excesivamente intelectualizado. Idealmente que le pudiera gustar a alguien que no tenga nada que ver con la escena indie, con RYM o con ese mundo. Alguien que escuche música de una forma más piola, más directa, más desde el “esto está bueno” y no desde el análisis.

El nombre del disco viene mucho de eso. Sale de una entrevista de David Bowie donde hablaba de este punto medio en la creatividad. Él decía que no es necesario romantizar la idea de empujarse siempre al límite, de hacerse cagar componiendo, pero que tampoco tiene mucha gracia quedarse en el conformismo absoluto. Usaba una metáfora con el agua: no tiene mucha gracia quedarse en la orilla con el agua hasta las rodillas, pero tampoco tiene mucha gracia estar ahogándote sin tocar fondo. Lo interesante es ese punto donde todavía rozas la arena con los dedos, pero ya estás flotando. 

El spoken word suele leerse como algo “demasiado literario” o “hermético”. ¿Te interesa dialogar con esa crítica o asumes que una obra también tiene derecho a no explicarse del todo?

Yo no puedo decir que no me importa, porque sería mentira. Si no me importara, no publicaría la música, la dejaría guardada en un drive o en el teléfono. Creo que nadie puede decir honestamente que no le importa cómo se recibe lo que hace. Pero al mismo tiempo siento que no le debo nada a nadie.

No creo que un artista le deba explicaciones a nadie, salvo quizás cuando ya eres una figura pública con un peso político distinto. Yo en general me he mantenido bien reservado y pretendo que eso siga siendo así, a menos que amerite alzar la voz por algo en lo que sienta que puedo dar la cara. No estoy en una lógica de estar respondiendo o atajando todas las críticas.

También creo que hay un tema generacional. Las nuevas formas de hacer música no siempre dialogan bien con el oyente promedio chileno. Muchas bandas de ahora están muy influenciadas por sonidos gringos o europeos, que acá recién están empezando a calar más fuerte. Lo mismo pasa con la escritura: yo estoy muy influenciado por películas de afuera, por artistas de otros lados, porque son cosas que no vi tanto acá cuando estaba formándome.

Entiendo que a mucha gente eso no le haga sentido, que lo encuentren tonto o innecesario, y está bien. Si me interesa dialogar con esa crítica, es solo en la medida en que me sirva para hacer algo mejor para mí. No es tanto mi foco que le guste más o menos a la gente, aunque obviamente sí me importa porque por algo publico música. Pero no es el centro del asunto. 

Tu música dialoga con el jazz fusión, música japonesa, rock experimental y tradiciones latinoamericanas. ¿Hay algo en el disco que sientas específicamente latino?

Sí, totalmente. Igual creo que a veces es confuso decir qué es “lo latino”. Siento que es reduccionista decir esto, pero para mí lo latino es apropiarse de géneros de afuera y hacerlos contextualmente en el país.

Un ejemplo claro es la salsa. El nombre mismo viene de la idea de mixtura: ahí hay jazz, y el jazz no es para nada latino. Pero músicos de Puerto Rico y del Caribe toman ese lenguaje y lo transforman desde una raíz afrodescendiente, desde su propia experiencia cultural. Entonces deja de ser solo una copia y se vuelve algo completamente nuevo.

En ese sentido, este disco sí pretendía ser full latino. Hay una rítmica constante que gira en torno a esa idea. Hay mucha influencia brasileña, cosas de Centroamérica, ritmos que tienen más que ver con el cuerpo, con el baile, con lo afro. No podría decir que es un disco chileno en un sentido literal, porque no sé si existen tantos ritmos chilenos que dialoguen directamente con esa lógica afro-bailable. Quizás estoy equivocado, pero lo siento así.

Igual hay conexiones. La cueca, por ejemplo, tiene una historia de influencias que también vienen de ahí, aunque se haya transformado en otra cosa. De hecho, la portada del disco es un guiño directo a un álbum de Chico Buarque, que para mí es una referencia súper importante.

También hay influencias muy claras: Héctor Lavoe, Willie Colón, Rubén Blades. Música brasileña por todos lados. Me gusta mucho Ana Frango Elétrico, que es una compositora brasileña joven, con discos muy buenos, muy bajos, muy rítmicos. El Trío Mocotó también es una referencia fuerte. Hay harto progresivo igual, varias capas.

¿Alguna influencia particular o algo que te mantuvo atento, algo que escuchaste harto y te acompaño en el disco? 

Estuve muy pegado con Station to Station de David Bowie. También con betcover!!. Escuché a Sandro y Camilo Sesto, quizás por darle un tema un poco más teatral a las canciones.

En un momento político donde la cultura vuelve a verse amenazada, ¿Qué miedos aparecen al pensar en seguir haciendo música desde un lugar tan expuesto?

Lo que más me preocupa son los espacios. No tanto la censura directa, porque honestamente me sorprendería mucho que se empezaran a censurar obras o a negar espacios explícitamente por temas políticos. No es algo que hoy vea tan cercano. Pero sí me inquieta mucho la caída de lugares como Rojas Magallanes por temas de financiamiento.

Acá en Santiago uno igual tiene una red más grande, más alternativas. Pero en regiones es otra cosa. La otra vez conversaba con cabros de Temuco, del colectivo Doble Cara, y ellos hablaban de cómo, con los resultados de las elecciones, no veían imposible que la escena de Temuco se fuera a la cresta, simplemente por la forma en que se sustentan los espacios allá. No porque alguien vaya a prohibir algo, sino porque dejan de existir las condiciones mínimas para que esos lugares sigan funcionando.

Y eso sería horrible. La centralización de la música independiente en Santiago ya es demasiado evidente. Lo que estaba pasando en regiones era muy valioso. En Temuco, en Concepción, estaban surgiendo o resurgiendo cosas muy potentes. Discos increíbles, proyectos con identidad, con riesgo. Asia Menor, por ejemplo, o Todos Mis Amigos Están Tristes, que sacaron un disco hace poco y les ha ido súper bien. 

Si eso se ve afectado, sería un cagazo monumental. Que pase algo así en Santiago sería lamentable, obvio, pero el golpe en regiones es mucho más duro porque no hay red de contención. 

Y una última pregunta, casi inevitable, ¿Cómo imaginas que este disco debería sonar en vivo?

Depende de muchas cosas: el espacio, la plata, la logística. No es un disco fácil de montar en vivo. Requiere varios músicos, un escenario amplio, buenas condiciones. No quiero hacerlo solo a punta de favores.

Es algo que todavía estoy pensando, viendo si el contexto lo permite.