56 años de In the Court of the Crimson King: El edén del  progresivo

Imaginate en un planeta distante, lejos, nunca explorado, donde siempre es de noche; suenan extraños sonidos, suena una poesía frenética y profunda, suenan símbolos, son inevitables, te rodean el cuerpo en silencio. Un flautista púrpura toca su tonada, un coro canta dulcemente. Te atraviesan las cadenas de las prisiones lunares destrozadas por el sol. Sientes un latido, como un eco, pero el viento no oye, el viento no puede oir porque el muro de los profetas se está resquebrajando. Y tú estás ahí, en esa noche, en ese planeta distante, parado sobre la semilla de la muerte, transformándote lentamente en un hombre esquizoide del siglo veintiuno, jugando con los fantasmas, durmiendo en los escalones de una fuente y lloras, con pesadillas y con sueños, mientras arrastras tu corazón, y sigues llorando, y caes y sigues llorando. Y es de noche. Y el viento no puedo oirte. Eso es el In the Court of the Crimson King. Una misteriosa, hechizante, explosiva, experimental y oscura obra maestra que se adentra en la tristeza, la pasión, la abaricia, la violencia, la melancolía, la tranquilidad y la elevación.

Para mí es el disco que dio inicio al rock progresivo, el que rompió radicalmente con todo, utilizando claves psicodélicas, ritmos eclécticos, siendo una especie de bálsamo perfecto, transformándose en una de las grandes joyas y piezas clave del progresivo. Consta de un enorme valor artístico, innovador y complejo, por lo que requiere de una mentalidad totalmente abierta para su apreciación.

La primera vez que vi la portada del álbum y la cubierta interior del vinilo quedé loco. Fueron dibujados por Barry Godber. Según Fripp, el dibujo de la portada representa al Schizoid Man y el de la cubierta interior nos muestra al Crimson King, el Rey Carmesí. Desde luego, sus expresiones, sus colores, reflejan perfectamente el contenido musical del álbum. Siento que es el grito más maravilloso desde los tiempos de Edward Munch.


Pero hablemos del álbum en sí, de esta obra de arte, musicalmente:

Se basa en 5 canciones, partiendo por 21st Century Schizoid Man que cumple el rol de ser la más perfecta introducción con esos condimentos jazzeros ácidos que realmente contribuyen con el ambiente, con sonidos extraños retratando una suerte de sinfonía vigoroza en donde no sabemos lo que va a pasar. Este tema es una melodía maniaca, un delirio de música sencillamente genial, entre la psicodelia, la locura, el progresismo y el rock con el jazz. Liderada por un saxo que nos precipita al borde de la demencia, con un Greg Lake cantando como un desquiciado, acorde al tono de la canción, saturado por el compresor, por el flanging, con una voz distorsionada, porque una de las cabezas del magnetofono de ocho pistas en que se grabó el disco, no estaba bien alineada; con una batería que no se deja callar de ninguna manera ejecutando sonidos estridentes y avasallantes como solos lentos que encajan a la perfección con el resto de los elementos. Y ni hablar de las guitarras y la perfección total que cumplen con sus improvisaciones fuera de este mundo. Este tema posee una fuerza inusitada, con un ritmo infernal rapidísimo donde todos los músicos aportan lo máximo de ellos. Es una introducción increíble para un disco increible. Absolutamente música del siglo XXI en 1969.

Continúa con I Talk to the Wind, una calmada, bella y melancólica canción, como una especie de balada folk, que incluye pasajes de flauta tocados por McDonald donde se luce de una manera descomunal, acompañados de una percusión tranquila para adentrarnos luego en la dulce voz de Lake que nos transporta agradablemente hasta la sección instrumental que es una delicia. Con esta canción nos damos cuenta de la impresionante la variedad de matices y sonidos que tiene Robert Fripp escondido debajo de su manga, eligiendo el mejor según la atmósfera, y haciéndonos tener un orgasmo auditivo por cada nota punteada. Fripp en cada nota eleva nuestra alma hasta llegar a un punto de paz inalcanzable para cualquier humano. I Talk to the Wind es de esas que te relajan a lo extremo. Es la calma tras la tempestad.

Ahora viene Epitaph, la canción más grande jamás compuesta y nuevamente quedo sin palabras. ¿Qué puedo decir de esta canción? ¿Cómo puedo expresar en palabras lo que siento y lo que me produce? Es uno de los himnos de la melancolía, la tristeza, la epicidad y hermosura en todos sus aspectos. Desde la poesía de sus letras, la tracendental melodía y la sublime instrumentación unida al amargo registro vocal, dibujan una sobrecogedora atmósfera afligida. El melotrón de McDonald erige ante nosotros su pasional arquitectura sonora, destruyendo nuestros corazones y nuestras almas con su introducción, el eco de su poder se desvanece en el silencio con el viento para dar paso a una minimalista batería de Giles que se hunde en tu ser en cada golpe como los latidos de tu corazón. Esta canción late y ese latido guia y conduce suavemente la voz de Greg para que las semillas de la letra, esa letra llena de existencialismo y melancolía vayan avanzando entre sístoles y diástoles por tus venas, entre susurros y suspiros traídos por Robert Fripp y su guitarra. Y de nuevo, como un dejavú, como un eterno recuerdo presente que sobrevuela por el universo carmesí, vuelve solemne el melotrón y nos aniquila, nos destroza, nos despoja de todo. Epitaph es una canción que se escucha por dentro, con el alma, se escucha desde otro planeta. Epitaph nos eleva al olimpo de su sinfonía para luego dejarnos gravitando a su voluntad. Lo es todo.

Moonchild llega más humilde que la anterior, comienza como una preciosa balada de subyugante imaginería que nos presenta un pasaje paradisiáco dentro de este planeta que estamos visitando, que nos adentra en un sueño nocturno, nuestro sueño nocturno, lleno de misterios y colores, pero colores oscuros, colores de noche. Moonchild está llena de susurros y secretos salidos de la voz de un hombre que está parado detrás tuyo, tintineándo para transformarse en una luna minimalista y experimental que te hipnotizará con su calmosa capacidad letárgica. Siendo uno te los temas más duros de escuchar del álbum es a la vez uno de los más sobresalientes. Pura experimentación e innovación. Moonchild termina con una extensísima sección instrumental de casi 10 minutos llamada The Illusion. La primera parte, donde Lake hace su incursión en la voz, se conoce como The Dream. Entonces estos dos cortes fusionados nos llevan a una travesía de improvisaciones jazzísticas en clave instrumental. Esa sección instrumental que muchos consideran innecesaria y de pura extravagancia, sin ninguna melodía, casi sin sentido, yo la encuentro totalmente necesaria. Porque esto le da de alguna forma una magia, no a la canción, si no al disco entero. Siempre he pensado que King Crimson lo hizo a propósito, para aburrirnos, porque no es un disco para cualquiera. Este disco nos muestra todo tipo de matices en los que se desarrolla en rock progresivo clásico.

Y así llegamos al tema homónimo del disco, la pieza clave que concluye este álbum. The Court of the Crimson King es un tema inolvidable que nos transporta a la Edad Media con una cuidada instrumentación, comenzando con una introducción de violines fuera de este universo, violines que son como palabras o fantasmas y con la batería más fuerte que de costumbre. Continuando con una línea melódica abatída que se transforma poco a poco en una ambiciosa amalgama de sonoridades reflejada en los frecuentes cambios rítmicos. La melodía principal de la voz es caudalosa. En la parte silenciosa de la canción Fripp hace sus típicas improvisaciones con un particular sonido en la guitarra acústica que alojan un toque de simpleza y plenitud a todo el tema. Con unos legendarios coros añadidos a la memorable melodía de melotrón que lidera la parte musical de esta canción como un guía planetario. Es una composición etérea, con una opresiva oscuridad de la humanidad. Se puede apreciar una sección instrumental llamada The Return of the Fire Witch. Cerca del final de la canción suena The Dance of the Puppets, un pequeño reprise de la canción. Para mí esta canción resume todo el disco: melodías de otro mundo, melancólicas, evocadoras, melotrones de carne y huesos que nos conducen por la corte del Rey, simples flautas y violencia y epicidad puesta sobre todo por los coros. Y lo mejor de este tema es que cuando parece que termina, toma un segundo aire, una bocanada y retoma toda su fuerza y va acumulando cada vez más instrumentos, para lograr el climax, tocándo lo alto de la pasión, del cielo, del vigor y del pesar.

Y quedamos ahí. En un planeta distante, lejos, nunca explorado, donde siempre es de noche, donde el viento no puede escucar y no podemos creer que terminó. Necesitamos vivir ahí. En ese planeta. Lejos de todo. Y lo volvemos a escuchar unas veintemil veces más y no podemos sacarlo de nuestra cabeza. Para mi, no solo es uno de los mejores discos de la banda, sino uno de los mejores del género. Impresindible. Y un capítulo clave dentro de la música. Hay un antes y un después indiscutiblemente después de esto.