En un meme sobre el nuevo disco de Milo J leí: “¿Milo tiene 18 años o 18 vidas?”. Luego de la gracia de la imagen vino la reflexión: ¿cuánto se debe vivir para poder reconocer la crudeza y la profundidad que hay dentro de La vida era más corta? Y es que este disco gira en torno a la idea de la frase cliché “la vida es corta”, pero que, bajo las palabras del propio argentino, para él la vida es mucho más corta de lo que le prometían. Dentro de esta premisa, ¿qué culpas se arrastran?, ¿qué cambios de piel se viven?, o incluso, ¿qué paradigmas se caen para volver a erigir una nueva identidad basada en aprender de los errores? Son temas transversales al ser humano que, a medida que la edad avanza, se transforman en parte importante del sentido de la vida.
La vida era más corta es el nuevo lanzamiento de Milo J y viene a confirmar lo que el artista ya había comentado en entrevistas previas: el folklore es la raíz. A primera escucha esto se entiende de inmediato, pero no solo por el sonido folclórico, sino también porque Milo lo toma como una inspiración completa para su universo sonoro, de forma orgánica y sin perder su esencia. Lo vemos reflejado además en la poesía tan sincera y elegante a la que el artista nos tiene acostumbrados, pero que esta vez se vuelve brutalmente emocional.
El disco abre con la potente “Bajo la piel”, tema que también fue un adelanto del álbum y que, bajo un furioso violín, explora cómo aún hay heridas no sanadas que simulan tatuajes sin cicatrizar. Pareciera presentarnos un conflicto entre quedarse o irse, todo bajo el sentimiento de no sentirse propio.
Luego nos lleva a la emocional “Niño”, una canción desgarradora donde le canta al niño interior. Aquí escuchamos por primera vez la frase “niño, apóyate en mis recuerdos”, que se repite a lo largo del disco. De una manera tierna, el argentino apela a esa esencia interior que todos tenemos, al niño que solo necesita un lugar para dormir en paz.

Frases como “niño, haz las paces con la vida, no es de piedra el pastizal, la nostalgia de tu antes no te deja caminar” nos calan en lo más profundo, casi como hablándole a la herida más primigenia que parece tener el ser humano: la pérdida de la inocencia. Las redes se colmaron de lágrimas y reacciones al escuchar este tema, y es que Milo tocó la fibra más pura de todos sin que siquiera nos diéramos cuenta.
A lo largo del disco aparecen temas transversales a cualquier cuestionamiento humano: el niño interior, el pasado como interrogante y resultado del ahora, el paso hacia una adultez con ilusiones deshechas y, también, la idea del amor. Un amor que Milo sabe tratar con madurez y sin cursilerías, y que, a pesar de su edad, logra transmitir de una forma en la que todos podemos sentirnos identificados desde el estómago y el corazón.
El álbum continúa explorando el amor y la vulnerabilidad en “Gil”, junto a Trueno, un tema que aporta una nota enérgica pero que trata sobre la lealtad y los valores que se aprenden con el paso del tiempo. “Lucía”, junto a la potente Soledad, nos acerca quizás a una canción completamente folclórica, tanto en su letra como en su ritmo. Mientras que “Llora, Llora”, con Akriila, nos devuelve a un tono melancólico y más urbano, donde se habla del arrepentimiento por los errores cometidos y cómo estos pesan en la conciencia, mientras un mundo hostil parece refregarlos siempre en el rostro.
Con un sample de “Qué pena siente el alma cuando la suerte impía se opone a los deseos”, del conocido himno Qué pena siente el alma de Violeta Parra, Milo refuerza aún más ese pesar social.

El disco se guarda para el final lo más emocional con “Luciérnagas”, junto al gran Silvio Rodríguez. Es un tema realmente precioso que parece hablar de un luto al pasado, pero con una hermosa esperanza a cargo de la voz de Silvio. Frases como “Dicen que el ser humano valora el tiempo cuando no hay. Pero juraría que disfruté cada segundito que hubo a la par de tu presencia” y la que se repite al final, “te veo, te sueño, te extraño”, nos hacen entender que quizás no solo se recuerda el pasado, sino también a una persona que no se volverá a ver, pero cuya ausencia se convierte en recuerdo de luz.
El cierre lo da una canción muy especial: “Jangadero”. Con la demoledora presencia de Mercedes Sosa, suena casi como una canción de cuna. Es realmente potente escucharla y sentirla presente, casi bendiciendo desde otro plano a un artista joven. No hay distancia en esta canción; todo lo contrario: hay complemento, compañía y un dulce canto al corazón de quienes la oímos.
Esta fue una grabación inédita que guardaba Soledad de Mercedes Sosa, y cuando Milo supo de su existencia, fue a pedir permiso a su familia para incluirla en el disco. La familia lo bendijo entregando la grabación, y es exactamente ese gesto lo que escuchamos. Por eso, cuando al final Mercedes dice riendo “Qué hermoso”, nos emociona tanto, porque parece que le diera esa bendición al joven artista y a esta obra tan humana y real.
Aquí no vale la pena saltarse ningún tema: hay que entregarse y agradecer, corazón en mano, al viaje al que Milo nos quiere llevar. Es un trabajo que deja cuestionamientos y que, probablemente, con el paso del tiempo, pondrá en conversación la filosofía del artista y el propio mundo interior del oyente.
Es un disco que acompaña procesos, que abraza y que también te invita a enfrentarte con ese lado más difícil, pero que, con amor y con estas canciones, hace más ameno el caminar.

