Alejandro Sanz en Chile: “Un canto a la música, la vida y el amor”

Con el Estadio Bicentenario de La Florida lleno y expectante, Alejandro Sanz volvió a demostrar que su relación con Chile se sostiene en el tiempo. La gira ¿Y ahora qué? aterrizó en nuestro país como una extensión lógica de esa historia de años, con un show sólido, emocional y bien construido, donde las canciones volvieron a ocupar el centro de todo.

Por Matias García.

Pasadas las 21.15, con el estadio completamente encendido, Alejandro Sanz apareció en escena interpretando “Desde Cuando”, dejando que la música marcara el inicio. Desde ese momento, el concierto empezó a tomar forma y a crecer con cada canción. En ese recorrido, el andamiaje musical fue clave. La banda que acompaña a Sanz trabajó con precisión y sensibilidad, destacando además la presencia de varias mujeres en roles centrales sobre el escenario. La baterista peruana Gisella Giurfa sostuvo el pulso de la noche con firmeza y carácter. En “Mi Marciana” desplegó potencia, marcando un groove compacto que empujó al resto del grupo, y más adelante, en pasajes más íntimos, supo bajar la intensidad con delicadeza, demostrando una versatilidad que fue reconocida por el propio Sanz al presentarla. Junto a ella, la bajista Brigitte Sosa imprimió líneas de bajo profundas y elegantes que sostuvieron desde los momentos más íntimos hasta los pasajes más intensos del concierto.

El repertorio alternó canciones nuevas con clásicos que marcaron los noventa y los 2000 —como “Amiga mía”, “Cuando nadie me ve”, “El alma al aire”, “No es lo mismo” y “Corazón partío”—, demostrando que la fortaleza de Alejandro Sanz está en esa capacidad de convertir cada concierto en una conversación emocional donde la música, la vida y el amor —como él mismo dijo— caben en la misma frase.

Hay algo más que explica por qué su figura se mantiene intacta después de más de tres décadas de trayectoria. En lo personal —y también en la experiencia colectiva que se percibía en el estadio— sus canciones han acompañado distintas etapas de la vida: el amor que empieza, el que se rompe, la ausencia, la soledad. Sanz es de los pocos artistas con un repertorio romántico capaz de abrazar todos esos estados. Sus letras han sido banda sonora para enamorarse, para llorar y para volver a empezar. Ahí se entiende, en parte, la magnitud de las fanaticadas que convoca en Chile y en toda Latinoamérica. No es solo una cuestión generacional ni un apego construido en los noventa, sino una relación sostenida en el tiempo. Pero lo que también sostiene a Alejandro Sanz es esa manera de mirar al público como si cada persona importara. Se mueve con naturalidad, sonríe mucho y agradece, permitiéndose la emoción. Y la gente responde con la misma intensidad.

Ese vínculo alcanzó su punto más emotivo en el concierto cuando habló de Koki, integrante Del Club de Fans Me Sumergo, que falleció antes de poder asistir al concierto. En el estadio estaban su esposo y su padre, invitados por Alejandro quien se tomó unos minutos para hablar de ella y dedicar “Y, si fuera ella” a su memoria. El estadio entero acompañó en un silencio respetuoso que, poco a poco, se transformó en un coro inmenso iluminado por los flashes de los celulares. Fue un momento muy hermoso, inesperadamente íntimo dentro de un estadio lleno. No todos los conciertos abren espacio para algo así. Para quienes integran el club de fans, para la familia que la acompañó en su nombre y para el mismo Sanz —y para quienes presenciamos el concierto— fue un momento que realmente trascendió la canción.

La gira ¿Y ahora qué?  funciona porque no intenta responder del todo a la pregunta. Más bien la comparte, sosteniéndose en ese vínculo que tiene con el público. En esa idea que el propio Sanz ha repetido en estos últimos meses: una gira es mirar a los ojos a alguien y sentir que la canción ya es suya.

Por Koki y todas las que lucharon y luchan. Por las que lograron superar enfermedades y por las que se quedaron en el camino dejando su luz y brillo entre nosotros para siempre.