A fines de los años 80, mientras el rock alternativo comenzaba a fragmentarse, propuestas como la suya empezaron a delinear lo que luego sería identificado como proto-shoegaze. Esto dio como resultado una impronta sonora más íntima, cargada de guitarras etéreas, tempos pausados y una cierta melancolía estructural.
Aunque el término shoegaze se popularizaría poco después en el Valle del Támesis con bandas como My Bloody Valentine, sus raíces dialogan con tradiciones previas como el space rock —heredero de la psicodelia y caracterizado por su búsqueda expansiva del sonido— y el dream pop, donde la voz se diluye en la textura más que imponerse sobre ella.
Con el paso de las décadas, estas corrientes viajaron y mutaron, encontrando un terreno fértil en Latinoamérica durante los años 90 y 2000, influyendo en múltiples escenas independientes. Chile no fue la excepción. Desde los ecos más experimentales de fines de los noventa hasta la actual proliferación de proyectos emergentes, numerosas bandas han retomado estas estéticas, reconfigurándolas desde el contexto local.
En esa línea, la visita de Dean Wareham programada para el 14 de mayo no solo se inscribe como un evento de época, sino también como diálogo con una nueva generación que sigue encontrando en esas texturas un lenguaje posible.
En conversación con Arder, el músico reflexionó sobre su trayectoria, el presente de la industria musical y los cruces entre política, tecnología y creación artística.
Permíteme empezar con una pregunta importante. Has enfrentado el desafío de capturar la realidad de la música hoy con el auge de la IA. ¿Cómo ves el futuro del concepto de autoría?
Siento que, por lo que he visto hasta ahora, la música creada por IA no es muy inteligente. Creo que el verdadero peligro está para la gente que se gana la vida haciendo música para programas de televisión, anuncios o películas, donde a menudo te piden algo que “suene como esto”. Ese trabajo va a desaparecer porque las empresas no gastarán en un ser humano para música de fondo cuando la IA puede hacerlo gratis.
Todavía hay poder en una canción que la gente conoce y ama. Personalmente, creo que los servicios de streaming deberían prohibir la música de IA. Incluso antes de esto, sitios como Spotify estaban haciendo cosas bastante cuestionables.
¿Crees que una máquina podría emular este tipo específico de melancolía?
Existen computadoras que pueden emular la ejecución de grandes músicos, pero la imperfección humana es irremplazable. La voz humana es interesante precisamente porque es imperfecta; no me gusta la gente que canta de forma perfecta. Grandes cantantes como Nico o Marlene Dietrich no eran perfectas, pero eran convincentes.
El sonido proveniente del shoegaze, el space rock y el dream pop se convirtió en el ADN de mucha música latinoamericana en los 90 y 2000. Hoy hay muchas bandas nuevas que trabajan esa atmósfera. Ante tu visita, ¿Cuáles son tus expectativas sobre cómo será recibida tu música?
Tienes razón en lo que dices, el shoegaze es más grande que nunca, al punto de que bandas como Slowdive, que en su momento no fueron tan reconocidas, volvieron a girar por el mundo.
Galaxie 500 no era shoegaze, aunque en su momento nos llamaron “proto-shoegaze”, una palabra que ni siquiera existía entonces. Yo lo llamaría más space rock que dream pop. Éramos una banda de rock con detalles donde la voz y las guitarras eran más concretas.
Siempre digo esto, pero me asombra que discos de hace 35 años sigan siendo descubiertos y apreciados por jóvenes. Cuando yo era un adolescente no escuchaba música de los cincuenta.
Antes de planear tu visita, ¿Qué sabías sobre la música o cultura de Chile?
Seré muy honesto, no sé mucho sobre música chilena; sé más sobre las luchas políticas en el país, Henry Kissinger y el General Augusto Pinochet.
En ese periodo tuvimos muchísimas bandas contestatarias. Hubo una banda increíble llamada Los Prisioneros; una de las más importantes de Chile y de toda Latinoamérica en dictadura.
Si buscas bajo la superficie, hay música increíble haciéndose en todo el mundo desde los años 60. A veces al resto del mundo le toma 20 años enterarse. Tal vez algún día alguien haga una compilación de toda esa música chilena.
Hoy es un buen momento para descubrir bandas en Chile, pero estamos bajo un escenario político complejo y es difícil hacer música por barreras en términos de políticas culturales. ¿Cómo ves eso desde tu perspectiva?
Aquí, en Estados Unidos, también vemos cosas amenazantes. Es un momento aterrador para ser ciudadano en este país; tienes que cuidar lo que dices. Mira lo que hicieron en la Universidad de Columbia, quitando diplomas y expulsando estudiantes.
En el último Lollapalooza Chile, una banda chilena llamada Candelabro proyectó imágenes de Donald Trump, Benjamin Netanyahu y José Antonio Kast con una esvástica en la frente, y recibieron mucho acoso por parte de las autoridades.
Estamos viendo eso también en Inglaterra; puedes ser arrestado por decir “apoyo la acción de Palestina”, eso le pasó a una banda llamada Kneecap. Estados Unidos es lo peor porque tiene el gobierno más peligroso del mundo ahora mismo, invadiendo Venezuela o bombardeando Irán y Ecuador. Obviamente Cuba es lo siguiente. Es un movimiento mundial que incluye a Netanyahu, Putin y Trump.
Es inevitable pensar en el mundo y el valor de la música en este contexto. Mirando tu carrera desde Galaxie 500 hasta Luna y tu trabajo solista, ¿Qué esperas que los oyentes se lleven de tu música hoy?
Para mí, la música trata sobre la alegría, o a veces tristeza y alegría juntas. No hago música para salir a bailar, no soy bueno en eso. Al escribir, busco que haya al menos un momento de gran emoción o belleza en la canción.
Trabajo duro en las letras, aunque a veces la gente solo recuerda una frase. Una idea o una frase es lo que hace memorable a una canción, como “I just want to be your tugboat captain”.
“I don’t wanna stay at your party
I don’t wanna talk with your friends
I don’t wanna vote for your president
I just wanna be your tugboat captain”
La letra, correspondiente a “Tugboat”, del primer álbum de Galaxie 500, sigue, más de 30 años después, tensionando las relaciones humanas, la modernidad líquida, la política internacional y una cierta sensación de no retorno. Se instala como una búsqueda de autenticidad en un panorama cada vez más homogéneo y estandarizado.
Ahí parece estar el núcleo de la obra de Dean Wareham. En medio de un mundo saturado, sus canciones vuelven a algo simple, pero cada vez más difícil de sostener, la posibilidad de sentirse parte de algo junto a otros.

