Cuando salió este disco, la música británica atravesaba una crisis de identidad. Querían dejar de ser catalogados como vehículo de consumo para transformarse en algo más, como en una filosofía de vida para una generación decidida. Pero el escenario era lúgubre, la Inglaterra era conservadora y antipática, estaba repleto de los hijos del baby boom de los 60, enfrentados a la primera gran recesión industrial. El día a día de los Smiths también estaba plagado de inconvenientes. Aún así, frente a cualquier pronóstico, el Queen Is Dead es probablemente uno de los mejores discos de la historia.
Johnny Marr acá se erige como uno de los guitarristas más notables y originales de la década y Morrissey se gradúa como poeta con todas sus letras porque el avance musical se une al avance literario respecto a cualquier muestra anterior. Esta vez Morrissey no se basa especialmente en sus miserias, sino que trata de marcar distancia frente a ellas y asumirlas como parte inevitable de sí mismo.

El título del álbum hace referencia a un capítulo de la novela de Hubert Selby, «Last exit to Brooklyn» (de la cual se haría también una película con banda sonora de Mark Knopfler), donde la reina era un travestido desafortunado en amores y víctima de la brutal incomprensión de su entorno más cercano. Un título inquietante y provocador, especialmente si se considera el lugar que ocupa la monarquía en la identidad británica, acompañado de una exquisita portada diseñada por el propio Morrissey basada en el imaginario de la película francesa “L’Insoumis” de Alain Delon (1964).
Conforme empieza a sonar el disco, nos quedamos desconcertados al escuchar a una maestra y sus alumnos entonando una canción escolar, unos sutiles cánticos al más puro estilo british music hall que desembocan en una memorable batería y la entrada de Morrissey. Más allá de ser una sátira feroz sobre la monarquía inglesa, “The Queen Is Dead” es una carta de presentación ideal a lo que será la tónica general del disco. Tiempos violentos, letras depresivas y las guitarras de Johnny Marr construyen la atmósfera que dominará todo el álbum. Luego llega “Frankly, Mr. Shankly”, un insulto continuado al jefe de su discográfica. Es un tema muy sesentero, de apenas dos minutos, que nos descoloca completamente, pero no nos damos ni cuenta cuando ya volvemos a estar en las profundidades del abismo con “I Know It’s Over”. Balada hiriente y brutal, vestida por arreglos góticos con el bajo de Andy Rourke ganando protagonismo y un Morrissey pletórico que nos vuelve a pegar un combo en el hocico con su desesperada interpretación.

“Never Had No One Ever” podría resumirse en una sola frase: “Oh, I’m alone, I’m alone”. Es la resignación absoluta de alguien que asume su propia soledad. Aquí comienzan a aparecer los arreglos más armónicos del álbum, agregando nuevas capas a una melancolía que oscila entre lo literal y la ironía. Morrissey y Marr alcanzan una sincronía extraordinaria, llenando este disco de referencias culturales, con un sonido complejo, el cual te va llevando por caminos poco explorados en la época y la revelación de un frontman poco usual que, con este disco, encontró su estilo y forma de expresar su música. En ese contexto, “Cemetry Gates” aparece como uno de los momentos más luminosos del álbum. Con una estructura pop sostenida por guitarras acústicas y un bajo excepcional, vuelve a recurrir a la crítica, esta vez hacia quienes acusaban a Morrissey de inspirarse demasiado en otros autores. La canción convierte un paseo por las puertas de un cementerio en una celebración literaria atravesada por el romanticismo que siempre ha caracterizado al cantante.
El primer single del álbum, “Bigmouth Strikes Again”, es uno de los grandes clásicos de la banda. Es una muestra perfecta de la conexión entre la pluma de Moz y la inventiva melódica de Marr. Esa misma química reaparece en “The Boy With The Thorn In His Side”, donde una melodía luminosa contrasta con la frustración de un Morrissey que siente que nadie cree en sus sentimientos. Después llega “Vicar In A Tutu”, probablemente el momento más irregular del disco. Extraña, minimalista y ejecutada con precisión, parece terminar de forma abrupta, como si la canción se interrumpiera justo cuando Morrissey comienza a exhibir esa grandilocuencia que más tarde desarrollaría plenamente en su carrera solista.

Y por fin llegamos a “There Is A Light That Never Goes Out”, una de mis canciones favoritas del disco y quizás de toda la historia de The Smiths. La historia de ese protagonista que no quiere volver a casa mientras viaja junto a la persona que ama, imaginando incluso la muerte como una forma suprema de felicidad, me sigue destrozando cada vez que la escucho. Esa violencia emocional contrasta de forma magistral con una canción de una belleza absoluta. La letra de Morrissey funciona como un canto al presente, mientras la música alcanza uno de los puntos más altos de todo el álbum. Desde el inolvidable “Take me out tonight” hasta el repetido y fantasmal “There Is A Light And It Never Goes Out”, todo aquí parece construido para la inmortalidad. Un himno, sin más.
El cierre llega con “Some Girls Are Bigger Than Others”, una canción menos sombría que parece despedirse del oyente con elegancia y ligereza después del viaje que propone el disco. Y qué viaje. La sensibilidad de Morrissey y Marr, la profundidad de las letras y la riqueza de las composiciones convierten estas diez canciones en algo mucho más grande que un simple álbum. Resulta casi cruel pensar que este trabajo marcaría el principio del fin para The Smiths. Sin embargo, cuatro décadas después, sus canciones siguen conservando la misma fuerza emocional porque hablan de sentimientos que nunca envejecen. Por eso “The Queen Is Dead” ya no pertenece únicamente a su época. Es un disco inmortal. Un 10/10 inapelable. Todo en él apunta a la posibilidad de una huida hacia adelante, liderada por la voz de Morrissey y las melodías inolvidables de Marr, los alumnos más aventajados de la clase.


