Yo no llegué a Los Redondos por el mito multitudinario, ni por las estampas de peregrinación rockera que terminaron definiendo parte de su historia. Llegué por otra cosa. Por esa oscuridad que parecía esconderse detrás de las canciones. Por la sensación de que allí había una belleza extraña, casi corrupta, esa misma que descubres cuando eres chico y empiezas a salir de noche y entiendes que el placer, el deseo y el peligro suelen convivir en el mismo paisaje.
El Indio fue mi William Burroughs antes de que supiera quién era William Burroughs. Era una voz que abría puertas en mi cabeza, que volvía fascinante la nocturnidad, los márgenes, la poesía y también el amor. Sus letras eran migas de pan perdidas en un bosque del que nadie salía siendo el mismo.

Con Los Redondos construyó algo que fue mucho más que una banda. Creó un lenguaje propio, una comunidad y una forma de entender la música como una linterna para atravesar las zonas más oscuras de uno mismo. En sus letras convivían la belleza y el barro, la ternura y la furia, el misterio y la realidad más cruda. Tenía también la hermosa capacidad de regalar poesía a quienes no tenían cómo encontrarla, de abrir una puerta hacia la imaginación y la sensibilidad de quienes creían que ese territorio les era ajeno.
Quizás algún día lleguemos a dimensionar el peso que tuvieron esas canciones en la historia argentina. Cómo acompañaron vidas enteras. Cómo estuvieron presentes en despedidas, encuentros, derrotas, amores y noches interminables. Y quizá por eso ahora cuesta tanto escribirlo. Porque no se trata solo de un músico que se muere, sino de un mundo interior que empieza a desarmarse. Como si todo empezara a descascararse por dentro, y en ese desgaste lento se fuera desarmando también la forma en que la mente sostiene la realidad.

Murió Carlos Alberto y no puedo sentir otra cosa que no sea la sensación de que se empieza a morir también el joven que fui, el adolescente, el niño.
Toca despedir a los artistas que me curtieron la piel, que me forjaron el alma, que de alguna manera embellecieron la vida, y aceptar que con ellos también se va una parte de uno mismo.
Tu música es y siempre será la magia de los rocanroles.


