Por María José Jerez
Congelador es uno de esos nombres fundamentales de la música chilena. Con más de tres décadas de trayectoria, el trío ha construido una obra silenciosa pero persistente, marcada por la mutación constante. Su historia se ha tejido entre la experimentación, la autogestión y una ética de trabajo profundamente ligada a la amistad.
Hoy, a casi diez años de su último larga duración, Congelador regresa con Distancia, un disco que retoma ese espíritu inquieto y lo desplaza hacia un terreno más electrónico, dejando atrás el formato clásico de guitarras para sumergirse en sintetizadores, secuencias y programación. El álbum incluye colaboraciones con voces que han marcado el presente reciente de la escena chilena —como Renatto Olivares (Hesse Kassel), Lore de Chicarica y Laurela— y cruza generaciones, lenguajes y sensibilidades, condensando distintas capas de la música experimental local.
Conversamos con Walter Roblero, bajista de la agrupación, sobre el largo proceso vital que dio origen a Distancia, los cambios personales y colectivos que atraviesan al grupo, la relación con el Chile de la última década y los valores que sostienen el núcleo del proyecto.
Distancia aparece después de casi una década sin un larga duración y a las puertas de los 30 años de Congelador. ¿Desde qué lugar personal nace este disco? ¿Qué sensaciones los dominan hoy al volver a presentar música nueva?
Creo que nunca hemos dejado de hacer música. Y particularmente con Congelador, en los diez años que pasaron desde que sacamos nuestro último disco ocurrieron muchas cosas, en distintos niveles: familiares, afectivos, de todo tipo. No somos los mismos que en la década pasada.
En ese período ocurrieron hechos muy importantes, como el estallido social y la pandemia. Y antes de eso también hubo otro tipo de distancias. Mi amigo Rodrigo se había ido a vivir a México, y desde ese momento surgió lo de empezar a pasar ideas para hacer un disco a distancia. Más adelante, esa idea se retomó durante la pandemia, y finalmente todo ese proceso fue configurando las maquetas y los demos del disco que hoy tenemos en nuestras manos, que es Distancia.
Entre medio también reactivamos el grupo en términos de conciertos. En estos últimos años volvimos a tocar; el año pasado no lo hicimos porque estábamos en otras cosas, pero hasta al menos 2024 sí estuvimos haciendo conciertos. Pocos, pero bien preparados. En ese período nos inventamos nuevas formas de componer y de tocar, incorporamos nuevos instrumentos y dejamos otros, y todo eso se fue moldeando tanto en los ensayos como en los conciertos que preparamos.
La gran diferencia con el pasado es que este disco es mucho más electrónico. Rodrigo, que antes se hacía cargo de la guitarra y la voz, ya no quiere cantar ni tocar guitarra, y eso fue determinante en la confección del disco. A partir de eso hubo una mayor incorporación de elementos electrónicos: sintetizadores, secuencias, programación.
Tú mencionaste, claro, que en estos 10 años han ocurrido cambios súper estructurales en distintas dimensiones de la vida. ¿Qué cosas del Chile actual —sociales, políticas o culturales— los empujaron a volver a un formato largo?
Es cierto que en estos diez años han ocurrido cambios súper estructurales en distintas dimensiones de la vida, y por supuesto que eso está ahí. Pero yo creo que las contingencias políticas y sociales no son necesariamente las que nos han empujado a seguir en el proyecto de Congelador. Más bien tiene que ver con cosas más implosivas, internas, y con una amistad que hemos configurado a lo largo de más de 30 años. Somos como una especie de familia.
Es una familia que, por cierto, se extiende más allá de nosotros tres. Lo que nos impulsa a seguir juntos es que somos amigos. Y claro, nos afectan todas las cuestiones políticas y sociales que pasan en el país, pero eso también tiene que ver con cosas que podemos expresar conversando o tocando juntos. Nuestra música siempre —aunque a veces se vuelva más convencional o en otros momentos más extraña— tiene un punto de vista que quiere escapar de algo, que busca expresarse de una manera un poco radical. Es una forma de canalizar esa sensibilidad, eso que uno guarda y a lo que le da vueltas.
A mí, en lo personal, me pasa que cuando dejo de dedicarle tiempo a la música, cuando dejo de ensayar o de juntarme con gente a trabajar con sonidos y construir ideas, empiezo a sentirme distinto, como que me falta algo. Estar en el ejercicio del hábito musical es también una forma de estar bien mentalmente. Es parecido a lo que para algunas personas es la necesidad de ejercitarse, ir al gimnasio, hacer pilates o yoga. Para quienes tenemos el hábito musical, la práctica se relaciona con ese tipo de rutinas. Cuando eso no está, al menos a mí me pasa que ando con la mente más revuelta.

Congelador ha atravesado distintos cambios en la forma en que la música se produce y se escucha. En un contexto marcado por la inmediatez, el streaming, los algoritmos y la sobreproducción de contenidos, ¿Cómo dialoga hoy Congelador con este modelo de escucha fragmentada, dominado por lógicas algorítmicas?
Es una pregunta que encuentro súper interesante, porque son cuestiones que al interior del grupo no siempre nos hacemos y que, cuando aparecen, generan discusión y debate. Los tres no tenemos exactamente la misma mirada sobre estos temas, y eso también es parte de la riqueza del proyecto. Treinta años haciendo música te dan una perspectiva amplia para observar cómo ha ido cambiando todo esto.
Yo siento que hay, al menos, dos caminos posibles: o uno sigue de manera casi doctrinaria lo que el sistema impone sobre cómo debería funcionar la música hoy, o persigue aquello que uno considera correcto desde un lugar más personal. Y entre medio de esas dos posiciones se va configurando algo nuevo. Siempre he visto a Congelador —y en general la música que he hecho en otros proyectos— como una expresión artística en un sentido bien profundo. Un espacio donde se vierte todo el ser, donde se expresa la identidad, como ocurre con las cosas realmente importantes de la vida. Por eso trato de no dejarme influenciar demasiado por esas exigencias externas, aunque entiendo que, para poner un disco en las plataformas —que es donde hoy escucha música la mayor parte de la gente—, existen ciertos procedimientos que hay que cumplir.
Lo que intento es que esas lógicas no afecten el momento creativo. A mí, por ejemplo, me sorprende mucho esta idea de los “manuales” que circulan hoy para todo: que en una canción pop la voz tiene que entrar antes de tantos segundos para captar la atención, que todo tiene que responder a una fórmula. Encuentro que eso es una aberración. Yo me crié escuchando bandas que hoy son consideradas de culto, como The Cure, que es un grupo en el que coincidimos los tres. Canciones con introducciones larguísimas, atmosféricas, donde uno se preguntaba “¿en qué momento va a cantar este tipo?”. Y eso las hacía fascinantes. Y uno escucha su último disco y siguen insistiendo en esa forma.
Toda esta lógica de fórmulas y procedimientos, como si existiera un manual para hacer música, también termina alimentando la inseguridad de las personas y de las nuevas generaciones. Yo crecí en una época en que uno hacía las cosas a su pinta, y eso era. Para nosotros, el momento de grabar un disco o de hacer canciones sigue siendo un espacio donde se expresa todo el ser. Por eso trato de que estas exigencias del presente no interfieran en el factor creativo.
Ahora, respecto a cómo se escucha música hoy, también me parece interesante el acceso casi infinito a todo lo que se produce. Lo que sí echo de menos —y valoro mucho— es la investigación musical y la crítica consciente. A mí me sigue encantando leer críticas de discos o de conciertos, porque en este mar de información uno fácilmente se pierde. Agradezco mucho esas guías que ofrecen personas que le dedican tiempo a pensar la música en profundidad.
Nosotros nunca hemos ganado mucho dinero con lo que hacemos, así que ese problema ya está más o menos superado: no ganábamos antes y tampoco ahora.
Pero algo que sí me preocupa del modo en que hoy se conoce la música es el exceso de revisionismo. A mí me encanta descubrir música nueva y actual, pero a veces, sobre todo con los años, siento que hay revivalismos que se presentan como grandes novedades cuando en realidad ya se hicieron. Hoy estamos, de alguna manera, de vuelta en los 90: no solo con el rock guitarrero, que ya tuvo su revival hace un tiempo, sino ahora con el trip hop, el drum and bass, el downtempo. Uno lee críticas que hablan de “obras maestras” y piensa: ¿Pero cuál es la vuelta de tuerca real?
Dicho eso, entre todo ese ruido también aparecen cosas maravillosas que efectivamente hacen avanzar la música. Artistas que tienen reminiscencias claras, pero que al mismo tiempo logran algo fresco, personal, que empuja el lenguaje hacia adelante. Y ahí es donde, para mí, la música sigue teniendo sentido.
¿Crees que hoy sentarse a escuchar música con atención —darse ese tiempo de ocio— puede leerse como un gesto contracultural?
Yo sé que hay gente que se relaciona con la música de una manera más utilitaria y que no conecta tanto con los temas largos, pero creo que hoy —como siempre— hay público para todos los gustos. De hecho, esto existía antes también. Cuando empezamos a tocar había personas que no se bancaban que hiciéramos temas de más de diez o quince minutos. Preferían el formato de canción más pop, de tres o cuatro minutos, con un desarrollo más abreviado.
Eso ha existido siempre. También estaba presente en la época de la música de mis padres. En los años 70 convivían la canción punk corta o la música disco pensada para bailar, pero al mismo tiempo existían bandas como Yes, Van der Graaf Generator o Genesis, que a muchas personas les parecían una lata.
Ese tipo de formatos musicales se han ido reiterando con el tiempo. En distintos momentos cobran mayor preponderancia ciertas formas de hacer música. Recuerdo que cuando nosotros empezábamos apareció todo este rollo del post-rock —no tanto como la etiqueta que después se usó para encasillar todo lo que se pareciera a Mogwai y derivados—, sino cuando todavía no se sabía bien de qué se estaba hablando. Se decía, por ejemplo, que Stereolab era post-rock, y había grupos de estéticas muy distintas a los que se les aplicaba esa categoría.
En ese contexto empezaron a surgir bandas muy espaciales, casi galácticas, con desarrollos largos y muy intensos, pero también aparecieron propuestas de desarrollos extensos más vinculados al jazz. Ese tipo de cosas se han ido repitiendo con el paso de los años. Y nosotros, en algunos discos, asumimos esos formatos. También tuvimos etapas en que trabajamos con estructuras más cercanas a la canción.
Pero en cierto momento eso nos empezó a parecer aburrido, y quisimos abordar otras formas. Yo diría que desde alrededor de 2008 en adelante incorporamos ese tipo de exploraciones, tratando siempre de darle una vuelta de tuerca a lo que hacemos. Para nosotros es muy importante sentir que estamos cambiando, que de alguna manera avanzamos, con mayor o menor fortuna. A veces resulta y a veces no, pero es parte del proceso.
Esto es algo que siempre repito. Siento que nunca hemos hecho un disco igual a otro. Y eso, tanto para mí como para mis compañeros, es algo positivo en la historia del grupo. Tiene que ver con la sensación de que seguimos buscando algo, más que con la idea de avanzar linealmente, pero sí con la necesidad de no quedarnos quietos.

En Distancia hay un cruce generacional muy explícito: artistas de distintas edades y trayectorias conviviendo en un mismo relato. Para quienes no vivimos los 90, el disco parece condensar casi tres décadas de música chilena. ¿Cómo perciben ustedes la escena experimental actual en relación con la de sus inicios? ¿Qué cosas sienten que han cambiado y cuáles permanecen intactas?
En relación con las personas invitadas en el disco, la verdad es que todas son muy diversas en lo que hacen. Está Renatto, de Hesse Kassel, que representa quizás una beta más experimental, y a mí me parece súper interesante lo que están haciendo. Me llama mucho la atención esta reivindicación de géneros que proponen, porque desde formatos que podrían asociarse a lo indie son capaces de imprimirle elementos del rock progresivo, pero al mismo tiempo tienen algo abrasivo, una cosa como tremendista, a ratos minimalista, y otras veces se van completamente al lado contrario, a lo complejo.
Esa pérdida del miedo a los moldes es lo que más me interesa. Es un grupo que se parece a muchas cosas, pero que ya logra tener algo propio, y eso es súper valioso. También me llama la atención la forma en que Renatto se inventó para cantar, esta especie de spoken word, a veces muy cercana a la corriente de la conciencia. Encuentro muy interesante lo que están haciendo, y además los referentes que proponen son cosas que a mí me siguen interesando.
Sobre Lorena, a mí me encanta Chicarica; es mi grupo pop favorito de acá. Me gusta mucho lo meticuloso de su sonido. El disco que sacaron el año pasado, Invierno en la playa, fue uno de mis discos favoritos. Me lo compré en vinilo, y en ese formato suena exquisito. Lograron un mix muy bacán en términos de resultados. Tú lo escuchas en digital y suena súper bien, pero la copia en vinilo suena maravillosa, y no es fácil llegar a ese nivel.
Respecto a su trabajo en particular, yo la encuentro seca. Es una persona que maneja muy bien los instrumentos electrónicos, experta en sintetizadores; uno podría estar hablando mucho rato de eso en términos técnicos. Ya no se queda solo en lo intuitivo, tiene un conocimiento profundo de los instrumentos. Además, las ideas de canciones que se le ocurren son geniales, y las letras también. En una de las canciones que trabajamos con ella, “Discosta”, nosotros teníamos solo la música y fue ella quien hizo aparecer la canción a través de la letra. El resultado me encantó. En la otra colaboración la letra fue trabajada junto a nosotros, particularmente con Rodrigo. Pero como cantante y como música me alucina, es muy interesante lo que hace.
Y Loreto, Laurela, es una amiga, una persona con la que compartimos el cotidiano. Es una artista muy completa, con una sensibilidad más clásica. Le gusta la poesía, algo medio performático también, y siempre piensa sus discos como obras conceptuales. Tiene una escuela más folky, algo así como un indie folk, pero es capaz de adaptarse a distintos géneros. La canción que trabajamos con ella fue un caso parecido. Teníamos una pieza muy larga, por momentos muy experimental, y ella logró sacar de ahí una canción.
Son artistas muy distintos entre sí, y creo que nos ayudaron mucho a concretar ideas que estaban ahí, un poco despojadas. Yo diría que el disco le debe mucho a estas personas.
El uso del archivo de Hija de Perra introduce una capa de memoria, disidencia y performance. ¿Cómo entienden hoy el rol del archivo —y de esas voces que ya no están— en la construcción de una historia musical?
Por una parte, a nosotros nos gusta trabajar con archivos de audio. Me parece que hay una dimensión en ese tipo de materiales que siempre resulta muy interesante cuando se ponen dentro de una canción, porque a veces generan resultados inesperados, incluso mágicos. Ya lo habíamos hecho antes, y tampoco es algo particularmente novedoso: hay muchos grupos que han trabajado con registros sonoros, con samples. Aun así, es algo que nos sigue pareciendo muy atractivo.
Yo, por ejemplo, con mi otro proyecto, Las Mairinas, también he trabajado con archivos, porque ahí existe una preocupación por el registro y la memoria. En ese sentido, el uso del archivo es algo que cruza varios de nuestros intereses musicales.
Respecto a Hija de Perra propiamente tal, nosotros la respetamos mucho. La consideramos una artista y activista importantísima para nuestro país. Hay que decir también que tuvimos cierto grado de cercanía. Yo no fui amigo de ella ni nada parecido, pero sí era una persona cercana en términos de círculo. Ella se conocía con Carla, de Quemasucabeza y de Armónica, y yo recuerdo haberla visto mucho antes de que apareciera el personaje de Hija de Perra, en fiestas que teníamos cuando éramos más jóvenes.
Hija de Perra era amiga de un círculo de grupos punk del cual Carla también era cercana, entre ellos una banda increíble de hardcore punk que se llamaba Enfermos Terminales —no sé si siguen tocando todavía—. Por ese lado existía un nexo, una cercanía.
Cuando decidimos utilizar este material, fuimos muy cuidadosos en respetar su memoria. A través de Carla pedimos autorización a su mamá, que es la titular del legado de Hija de Perra, y ella nos autorizó a usar el archivo. Esa es la historia.
La autogestión ha estado históricamente ligada al grupo y al circuito cultural chileno. ¿Sienten que esas limitaciones moldearon una ética de trabajo que hoy se ha transformado? En un contexto donde aparece el miedo a la pérdida de espacios, ¿Cómo creen que se puede cuidar y sostener todo eso?
Yo creo que, en cierta medida, todo es autogestionado, casi como una declaración de principios, y está bien que sea así. Es parte de cómo funciona la escena en Chile. Desde la experiencia y desde los años que llevo observando esto, me he formado la impresión de que, de una u otra forma, las cosas siempre terminan encontrando una salida. Puede que se acaben ciertas subvenciones o determinadas formas de funcionamiento, pero así como mueren algunos espacios, también nacen otros.
Especialmente cuando existen condiciones sociales que generan climas más represivos, de censura o de hostigamiento hacia ciertas expresiones, suele ocurrir el efecto contrario: eso mismo impulsa nuevas formas de creación. La escena cultural de los años 80 surgió precisamente porque la gente tenía la bota encima. Frente a eso, la necesidad de expresarse se vuelve más urgente.
Yo creo que la gente que necesita mostrar lo que está haciendo siempre se las arregla para que eso siga ocurriendo, con mayor o menor nivel de precarización. Es una tendencia que he visto repetirse en distintos momentos. Lo que pasa es que ahora está muy arraigada la idea de que esto funciona como una industria, y yo no lo veo tan así. A nivel de funcionamiento, sigue siendo algo bastante frágil y dependiente.
Existen espacios más autogestionados que se las arreglan para seguir funcionando, y otros que desaparecen. Probablemente algo vaya a morir, pero también creo que de ahí mismo va a surgir algo nuevo. Esa dinámica, al menos, siempre ha estado presente.

Congelador suele ser definido como un “grupo de culto”. ¿Cómo conviven con esa etiqueta? ¿Perciben algún tipo de influencia en las generaciones más jóvenes que hoy hacen música?
Mira, yo no sé si eso sea tan verdadero. No me he podido dar cuenta de si realmente somos una influencia para alguien. Al menos, nunca nos ha pasado que alguien de otro grupo se nos acerque a decirnos: “oye, ¿sabes qué?, ustedes fueron importantes para nosotros”. Eso, la verdad, creo que no nos ha ocurrido.
No sé si hemos dejado un legado en la música; no me doy cuenta de eso porque no lo he sentido así. Por cierto, siempre hay gente que se te acerca, pero más a nivel de público: generalmente personas más antiguas que te tiran buena onda y te dicen cosas bonitas. Pero sería demasiado generoso pensar que hemos influenciado a los grupos nuevos, porque yo creo que no ha sido así, y no necesariamente por algo externo, sino también por responsabilidad nuestra.
Nosotros hemos sido bastante poco rigurosos en revitalizar nuestro catálogo. Nunca hemos reeditado un disco antiguo, nunca nos hemos preocupado de volver a poner nuestra música al alcance de gente melómana, por ejemplo, que disfruta comprarse vinilos o CDs. Sacamos un tiraje de cada disco en su momento y eso fue todo. Nunca nos hemos preocupado de volver a traer el pasado al presente.
Y ese trabajo es crucial para que generaciones posteriores vuelvan a fijarse en tu música o descubran tu catálogo. Hoy eso se nota mucho: hay gente de veintitantos años que no tiene idea de quiénes somos. Me parece que nuestro nombre reverbera solo en ciertas personas más buscadoras, que se han dado el trabajo de rastrear música chilena más antigua o más escondida, y desde ahí llegan a nuestro catálogo.
Pero creo que gran parte de la razón por la cual nuestro legado no ha tenido mayor repercusión en las nuevas generaciones es responsabilidad nuestra, porque no hemos hecho ese trabajo de mediación con el presente.
¿Cómo imaginan al oyente de Distancia: alguien que viene siguiendo la historia de la banda o alguien que llega por primera vez, quizás desde este nuevo boom de propuestas jóvenes?
Ojalá que sea una mezcla de las dos cosas: que haya personas que nos escuchaban en el pasado y que valoren lo que estamos haciendo hoy. Por cierto, siempre va a haber gente que quiera que volvamos a la batería y la guitarra tal como lo hacíamos en los 90, pero de eso siempre hemos tratado de escapar. Nosotros hemos seguido creciendo como grupo, intentando descubrir cosas nuevas, y ese espíritu estaba presente antes y se mantiene hasta ahora.
Y ojalá también que la gente más joven, que hoy está descubriendo música, pueda disfrutar el disco. Me parece que en ese proceso es muy importante tocar en vivo. A la gente le encanta la experiencia de ir a ver grupos en directo. Entonces, junto con disponibilizar la música en plataformas o en otros formatos, hacer un buen show y lograr que la gente lo pase bien por un rato es fundamental para que la música realmente sea valorada.
Después de Distancia, ¿piensan a Congelador como un proyecto nuevamente activo, o siguen entendiendo la música como algo que aparece solo cuando realmente es necesario?
Yo creo que siempre está el ánimo de lo primero, pero en los hechos suele imponerse lo segundo. El grupo funciona un poco así. Tampoco necesitamos grandes distancias para que Congelador funcione, pero sí nos pasa que nos empezamos a cansar un poco de nosotros mismos cuando le dedicamos demasiado tiempo a algo de manera insistente.
Lo que sí, en lo personal, disfruto mucho tocar en vivo. Si se siguen dando las posibilidades, creo que vamos a seguir cultivando el show. También está el ánimo de grabar. La instancia de grabación se disfruta. Hay otras cosas más ligadas a lo posterior, a la parte más “post”, que en nuestro caso resultan un poco agotadoras.
Pero juntarse a ensayar y hacer música nueva es algo que seguimos disfrutando, y eso es lo que finalmente sostiene al grupo.
¿Hay algo que no se haya mencionado en la entrevista y te gustaría comentar?
Creo que hay un par de cosas que no había mencionado y que vale la pena acotar. Por un lado, disfrutamos muchísimo el proceso de grabación del disco junto a Camilo Artigas y Martín Schlotfeld. Grabamos en un estudio donde nos sentimos muy cómodos trabajando con ellos, fue un momento bonito, de mucho cuidado y confianza, y eso también se refleja en el resultado final.
Lo otro tiene que ver con el trabajo visual del disco, especialmente el arte de la portada. Esta fue realizada por una artista visual que se llama Irina Muray, que además es amiga nuestra y cuya obra nos gusta mucho. Desde el disco anterior hemos intentado relevar el trabajo de artistas visuales en nuestras portadas, darle un espacio y un reconocimiento real a esas colaboraciones.
Hoy las plataformas tienen una llegada enorme a las personas, pero también tienen esa limitación: el arte no se aprecia en grandes dimensiones. En cambio, en formatos como el vinilo, todo ese trabajo visual se ve de otra manera, se entiende mejor. A nosotros nos gusta trabajar con gente que admiramos, que son amigas, personas que respetamos y valoramos mucho en lo creativo.
Además, somos personas que tenemos una relación muy cercana con otras disciplinas artísticas. Nuestro show, por ejemplo, lo hemos trabajado junto a Rosario González, que es mi compañera y quien ahora realiza los audiovisuales; ya no hace solo visuales para los shows, sino que hay un trabajo mucho más integral. Me parece importante destacar a la gente que trabaja con uno, porque muchas veces su aporte queda un poco ensombrecido, como si todo ocurriera solo entre nosotros tres, cuando en realidad armamos equipos de trabajo con personas que queremos y admiramos.
También pasa con otras personas que hacen funcionar todo. Quienes consiguen las tocatas, quienes están detrás de la gestión. Todo eso termina siendo una forma de familia, de generar vínculos. Creo que siempre hay que intentar resistir un poco esa individualidad tan marcada que se ha generado, y reconocer que las cosas se construyen colectivamente, diciendo claramente que hemos trabajado con estas personas y que su aporte es fundamental.

