Entrevista con Yucatán: “No hay otra forma de vivir para nosotros que no sea haciendo canciones”

La primera vez que vi a Yucatán en vivo fue en Plectrum Studios, en una fecha compartida con Yambo y Cóclea. Llegué sin demasiadas referencias, apenas la intuición de que orbitaban en algún lugar del post-hardcore más contemporáneo. Lo primero que golpeó fue la potencia de las voces, pero no era lo único. Había varias capas ocurriendo al mismo tiempo. Pasajes densos que se abrían de pronto, cambios de dinámica constantes, una energía que transitaba entre lo visceral y lo atmosférico. 

Ese mismo carácter aparece hoy en “Tres Cruces”, el primer single de su próximo EP Historias para evitar el olvido. Una canción que condensa parte de ese recorrido.

En Arder conversamos con la banda —integrada por Gérard Bertin, Antonio Caballero, Belén Farías, Juan Ignacio Almarza y Ariel Fernández— y revisamos su historia, su forma de trabajar y el proceso detrás de este nuevo comienzo que podrán presentar el próximo 24 de abril junto a Cóclea y Cicuta en RBX.

Una historia que viene de antes

Yucatán aparece como la continuación de un vínculo que se ha sostenido por más de una década. Ariel Fernández y Belén Farías llevan años tocando juntos, atravesando distintos proyectos y formaciones que, aunque se terminan, dejan una base común.

“Nos conocemos desde muy chicos. Llevamos más de diez años armando proyectos juntos, y siempre hay algo que se mantiene”, explica Ariel. “Aprendimos a vivir las bandas de esa forma, como algo constante”.

Antes de Yucatán hubo otras experiencias más ambiciosas, incluso una banda de corte instrumental llamada Osorezan con la que llegaron a girar por Europa. Luego vinieron pausas, cambios de integrantes y el impacto inevitable de la pandemia.

En paralelo, Ariel se integró a Lerdo, donde conoció a Juan Ignacio Almarza, hoy baterista de Yucatán. Ese cruce terminó por consolidar una especie de núcleo creativo que se ha mantenido en el tiempo.

“Se armó como una pequeña familia entre nosotros. Nos entendemos mucho musicalmente, y eso hace que todo sea muy orgánico”, agregó.

El proyecto actual surge después del cierre de otra etapa. Canciones que no habían encontrado salida comenzaron a reactivarse, pero esta vez tenían que hacerse cargo también de las voces y las letras.

“Antes eran proyectos más instrumentales o donde la voz la tenía otra persona. Ahora dijimos: todos podemos aportar desde nuestro lugar”, cuenta Belén.

El momento de concretar

Aunque las canciones ya existían, el impulso definitivo llegó con la incorporación de nuevos integrantes. Gérard Bertin y Antonio Caballero se sumaron desde sus propios proyectos —Tortuga Anónima y Centella— y el funcionamiento de la banda cambió.

“Ahí se empezó a armar una dinámica súper sana. Hay algo clave para que una banda funcione, que es la amistad y las ganas de que las cosas avancen”, dice Ariel.

Con esa nueva energía, Yucatán comenzó a ordenar su trabajo. Delegaron tareas, fijaron fechas y estructuraron un plan de lanzamiento. Antonio, además, aportó desde la producción, lo que ayudó a cerrar procesos que venían abiertos hace tiempo.

“Fue como que la máquina empezó a moverse sola”, resumió Belén.

Ese movimiento también permitió replantear decisiones creativas. Las canciones se transformaron, especialmente en lo que respecta a las voces y las letras, un terreno que hasta ese momento había sido el más complejo.

Escribir desde el conflicto

El proceso de composición de Historias para evitar el olvido estuvo marcado por tensiones internas, especialmente entre Ariel y Belén, cuyas visiones sobre la escritura no siempre coincidían.

“Tenemos formas muy distintas de entender las letras. A mí me gustan cosas más abstractas, más conceptuales, y Belén es más directa”, explica Ariel. “Eso generaba discusiones, pero también hacía que las canciones crecieran”.

En medio de ese proceso aparece Cristóbal, antiguo colaborador del grupo, quien desde Estados Unidos sigue aportando con textos y conceptos. Su formación en literatura ayudó a aterrizar ideas y darles forma.

“Muchas letras nacen de experiencias nuestras, pero pasan por un proceso de transformación. Se vuelven personajes, relatos”, dice Belén.

Esa mezcla entre lo personal y lo ficticio es clave en el universo de Yucatán. Se trata de construir una especie de imaginario que dialogue con esas vivencias más que apelar a la literalidad.

Un sonido en expansión

Definir el sonido de Yucatán no es una tarea sencilla, y la banda tampoco parece especialmente interesada en hacerlo.

“Si tuviera que decir algo, diría rock alternativo, experimental”, comenta Ariel. “Pero lo interesante está justamente en lo experimental”.

En esa exploración conviven distintas capas: pasajes más pesados, momentos cercanos a la balada, estructuras cambiantes y una presencia importante de lo rítmico.

“Hay algo medio ritual en lo que hacemos. También algo latino, en los ritmos, en las dinámicas”, agrega.

La decisión de trabajar con múltiples voces refuerza esa idea de diversidad. No hay un único relato ni una sola forma de cantar. Cada integrante toma ese espacio en distintas canciones.

“No nos limitamos. En ‘Tres Cruces’ cantamos nosotros dos, pero en otras canciones canta Gérard o Antonio. Eso hace que todo sea más variado”, explica Belén.

“Tres Cruces”: un primer gesto

La elección de “Tres Cruces” como primer single no fue casual. Dentro del EP, es una de las canciones más accesibles, pero sin perder la complejidad que caracteriza al proyecto.

“Quizás es la más ‘pop’ dentro de todo”, dice Belén. “Tiene una energía que te mantiene arriba, incluso te hace bailar un poco”.

La canción también marca un punto de inflexión al ser la primera vez que varios integrantes asumen el rol vocal, lo que implicó un desafío importante. En términos narrativos, “Tres Cruces” construye un personaje que mezcla elementos de la experiencia personal con una dimensión más simbólica.

“Hay objetos, lugares, cosas que vienen de nuestras historias, pero se arma un personaje latinoamericano, medio ambiguo”, explica Belén. “En la canción aparece incluso como una figura medio mafiosa”.

Ese personaje se extiende al plano visual, donde la banda propone una estética que dialoga con la música, generando un contraste entre lo que se escucha y lo que se ve.

Para Ariel, este personaje también se construye desde una relación directa con el fracaso. “Habla un poco de equivocarse, de fallar en ciertas cosas, de abrazar el fracaso y de cómo eso también define quién eres”, explica. “Hay algo de contar la historia desde ahí, desde ese lugar incómodo, pero que es súper real para nosotros”.

La necesidad de hacer música 

Más allá de las definiciones, hay una certeza que atraviesa todo el discurso de Yucatán. “Hemos pasado por momentos muy difíciles como grupo, pero siempre volvemos a esto”, dice Ariel. “No hay otra forma de vivir para nosotros que no sea hacer canciones”.

Esa convicción también se proyecta hacia el futuro. La banda también piensa construir una propuesta más amplia, donde lo visual, lo escénico y lo sonoro dialoguen entre sí.

“Nos interesa lo multidisciplinario. Que no sea solo un concierto, sino una experiencia”, agrega.

Esa idea se traduce en una forma particular de entender el vivo como un espacio donde algo ocurre en tiempo real, casi como una ceremonia. Hay una intención de generar un tránsito, de llevar al público por distintos estados: momentos de tensión, de descarga, de pausa, de expansión.

“Siempre hablamos de que hay algo medio ritual en lo que hacemos”, dice Ariel. “Como entrar en una dinámica donde todos estamos conectados, no solo nosotros tocando, sino también la gente que está ahí”.

Escena, comunidad y resistencia

En relación con la escena chilena, Yucatán adopta una posición clara: más que una industria, lo que existe es una red de colaboración entre proyectos. “No creo que haya una industria real”, afirma Ariel. “Lo que hay son comunidades que se organizan y levantan espacios”.

La distinción no es menor. Para la banda, hablar de industria implica la existencia de una estructura sólida. “Para que exista una industria tiene que haber una base. Apoyo real, espacios, financiamiento. Eso no está”, agrega. “Lo que hay son personas que se juntan, que hacen fechas, que gestionan todo por su cuenta”.

En ese vacío, lo que emerge es otra lógica. Autogestión, redes afectivas y colaboración constante entre bandas, productores y públicos. Un ecosistema frágil, pero activo. Esa precariedad también ha sido una escuela. Yucatán reconoce haber pasado por circuitos difíciles, tocando en condiciones adversas y enfrentándose a dinámicas que hoy cuestionan.

“Hemos visto sellos nacer y desaparecer, espacios abrir y cerrar. Todo es muy inestable”, dice Ariel. “Pero al mismo tiempo, siempre hay gente haciendo cosas. Eso no se detiene”.

Desde esa experiencia, la banda valora el momento actual como un terreno en disputa, más visible, más diverso, pero también atravesado por tensiones, especialmente en el trato hacia los proyectos emergentes. “Nos tocó vivir espacios bien duros, con lógicas que no nos hacían sentido. De ahí también uno aprende cómo no quiere hacer las cosas”.

“Ahora hay más exposición, pero también más juicio. A veces se olvida que detrás de cada banda hay procesos súper íntimos”, reflexiona Ariel. “La gente escucha una canción y opina sin pensar que eso viene de un lugar muy personal”.

“Nos sentimos parte de cualquier lugar donde haya apertura, donde se pueda compartir con otros proyectos que tengan una lógica parecida”, dice.

En ese sentido, la banda entiende su trabajo también como una forma de resistencia, no desde un discurso explícito, sino desde la insistencia en crear y pertenecer, incluso en condiciones adversas.