Juliana Gattas y Alex Anwandter en Blondie: “Gracias a Dios que salí maricón”

El encuentro de Juliana Gattas y Alex Anwandter anoche en Blondie fue un recordatorio de por qué ambos son parte de la realeza del pop. Cada uno con su universo bien marcado, construyó un espectáculo que se movió entre la performance, la teatralidad y la necesidad del desborde físico. 

Juliana apareció como un personaje salido directamente de una película de Almodóvar. No hay otra manera de decirlo. En ella había algo de esas mujeres que lloran y se maquillan al mismo tiempo. Cantaba y parecía que lo hacía con el cuerpo entero, con la misma entrega y corporalidad que tienen los actores cuando saben que la performance no es una máscara, sino el único camino hacia la verdad. Y ahí estaba, en medio de la Blondie, maquillada en el escenario, lejos de la cama, convertida en un maniquí brillante de oro, vestida de leopardo, que a la vez respiraba y sangraba emoción. Por momentos recordaba a Petra von Kant encerrada en su tragedia privada, en otros había un eco de la densidad pegajosa de La Ciénaga. Su presencia era cine español y teatro a la vez, pero filtrado por el neón de la Blondie, como si todo se hubiese mezclado en un único plano.

Pero además de Juliana hubo un momento en que todo se centró en Lulú Alvarado. Que más que una bailarina fue una performer que le dio destellos de revelación a la presentación. Su cuerpo era una gota de oro que se deslizaba sin ruido sobre el escenario, ajeno a los gestos rígidos y los clichés de la danza. La Madonna del True Blue, la intensidad de una chica almodovariana, con la impronta de Marisa Paredes. Una presencia magnética. 

Alex, en cambio, eligió el desborde físico. Su pop se sostiene en el movimiento, en esa urgencia de bailar hasta que el cuerpo no pueda más. Y la Blondie es el lugar perfecto para eso: un club mítico que ya ha visto pasar generaciones, un espacio que respira historia en cada pista, en cada muro cubierto de sudor y luces. Cuando empezó con “Amiga”, la Blondie se convirtió en una discoteca, aunque en realidad siempre lo ha sido. Era como si cada canción se hubiera escrito pensando en este lugar, en este público, en este tipo de noche. Fue puro presente, nadie pensaba en el mañana, todos estábamos en ese momento, moviéndonos sin que importara demasiado cómo ni cuánto.

Lo fascinante fue la tensión entre ambos. Juliana proponía la performance elevada al rango de arte, el melodrama, la lágrima que se convierte en oro bajo un reflector. Alex proponía el baile infinito, la comunión física, la pista de baile en llamas. Y el cruce funcionó. Porque el pop, cuando es verdadero, puede ser todo eso al mismo tiempo: melodrama, fiesta, lágrima, sudor, brillos y carne.

Demostraron que todavía hay espacio para el exceso, para el dramatismo y para el desborde. Que todavía se puede habitar el escenario como si fuera cine y, al mismo tiempo, como si fuera una discoteca que nunca cierra. Y que ambos, cada uno con su estilo, siguen reinando un territorio que parece inagotable.