Love Of Lesbian y su disco 1999 (o cómo generar incendios de nieve con una lupa enfocada a la luna) representan uno de los relatos emocionales más significativos del indie español. A pesar de que en muchos círculos sigue siendo una banda subvalorada, el grupo de Sant Vicenç dels Horts, liderado por Santi Balmes, ha construido un lenguaje propio: una mezcla de indie, rock y pop que se sostiene en su habilidad para encontrar siempre la palabra precisa y el golpe emocional justo.
Se presentarán en nuestro país este martes 9 de diciembre en el Teatro Coliseo como parte de su gira La Hermandad Tour. Será una velada que promete conjugar canciones de su nuevo álbum Ejército de Salvación —obra que celebra sus 25 años de trayectoria— con clásicos de su discografía, recorriendo ese paisaje íntimo y reflexivo que construyeron en 1999.

1999 se afirma como un disco que trasciende la etiqueta de “épico” o “melodramático”. Su narrativa aborda el amor, el desamor, la bohemia, la ironía, las drogas, la desesperación y la nostalgia desde un prisma íntimo y profundamente subjetivo. Es un álbum tan vinculado a la experiencia personal que cualquier análisis externo parece condenado a quedarse corto: cada oyente lo interpreta desde su propio mapa emocional, y esa es parte esencial de su fuerza. Para muchos, este trabajo sigue siendo la obra maestra indiscutida de Love of Lesbian.
El viaje comienza con “Allí donde solíamos gritar”, una entrada perfecta al universo melancólico del disco. La voz de Balmes domina totalmente, mientras la letra funciona como un acompañamiento preciso que construye atmósfera. La referencia a Bowie —indirecta pero palpable— y líneas como “Vertical y transversal, soy grito y soy cristal, justo el punto medio” establecen el tono emocional que marcará el resto del álbum.
Le sigue “Club de fans de John Boy”, una sátira de ritmo acelerado donde el sintetizador impulsa una narración que continúa el hilo conceptual del disco: “Cómo es posible que haya estado en sus infiernos” retrata a un protagonista atrapado entre sus propios excesos y contradicciones juveniles. El estallido llega con “Las malas lenguas”, que convierte el “qué más da” en un grito colectivo de furia y liberación.
“Algunas plantas” introduce un giro bailable y desinhibido, con imágenes de adolescencia, alcohol, drogas y noches interminables. “Corazón, vas muy mal, ni siquiera me hablas, disecado frente a un altavoz” sintetiza esa tensión entre euforia y vacío.
El tono cambia abruptamente en “Cuestiones de familia”, un refugio de serenidad y melancolía que explora la distancia afectiva con una frase central: “Como hablar y estar ausente es mi actitud”. La calma se quiebra de inmediato con “El ectoplasma”, que vuelve a la fiesta desde la toxicidad emocional: “Por mí no caerá ni una falsa lágrima por la piscina que aún llenas por él” condensa la crudeza del relato.
A partir de aquí, 1999 entra en su tramo más devastador: una trilogía que funciona como clímax emocional del álbum y que suele considerarse de lo mejor en la historia del grupo.

“Segundo asalto” abre este bloque con un retrato nítido del deterioro sentimental: la idea de una relación que se enfría sin retorno, convertida en una batalla de golpes bajos. “Y sé que si no hacemos algo el hielo durará mil años, ¿crees que alguien nos encontrará?” resume la sensación de derrota inminente. La canción queda parcialmente eclipsada por “Incendios de nieve”, una de las composiciones más queridas del catálogo de la banda, marcada por un tono profundamente nostálgico, un coro inolvidable y la frase final “No serás capaz de odiarme”, que cae como una herida abierta.
La trilogía culmina con “1999”, considerada por muchos como la gran pieza del álbum. Su dramatismo y rabia estallan desde el primer verso, hasta llegar a ese momento en que la guitarra irrumpe y Balmes sentencia: “Ya no hay ganas de seguir el show, ni de continuar fingiendo, sólo quiero ser espectador”. Es el punto en que el disco se desgarra desde adentro.
Tras el huracán emocional, “Te hiero mucho (historia del amante guisante)” introduce una sátira oscura y burlesca, imposible de tomar con total seriedad pese a lo cruel de su relato. “Cuando diga ya” aparece como uno de los temas más discretos del álbum, aunque mantiene coherencia dentro del arco narrativo. La sutileza regresa con “Miau”, un ejercicio de despecho contenido que aborda el miedo a confiar de nuevo mediante líneas como “¿Que cómo es mi vida sin ti? Pues por fin es la mía”.
En “La mirada de la gente que conspira”, Balmes recupera fuerza y tensión, con guitarras más agresivas que sostienen la continuidad del relato. El cierre, “2009. Voy a romper las ventanas”, funciona como epílogo y despedida: un tema hermoso y doblemente triste, donde la voz adquiere un carácter casi celestial. “Donde nacen los sueños que nos diferencian” marca el final de la relación, del camino narrativo y del propio disco. El piano se apaga, pero no así la sensación que deja: la de haber atravesado una historia que continúa habitando al oyente mucho después del último acorde.

