Macha y El Bloque Depresivo y su noche histórica en el Estadio Nacional

Texto por Catalina Soto


Una noche histórica para el país fue la del sábado 20 de diciembre. El primer Estadio Nacional de Macha y El Bloque Depresivo no solo marcó un hito en la trayectoria de la banda, sino que volvió a cargar de significado un espacio atravesado por la memoria colectiva, esta vez desde la música, el desamor y el ritual compartido.

Con una red de invitados nacionales e internacionales, el espectáculo se construyó como una ceremonia emocional donde la nostalgia convivió con el duelo y la celebración con la herida. Canciones del ayer y hoy articularon una catarsis multitudinaria que, lejos de la euforia festiva, buscó la intimidad incluso en la escala del estadio. Una velada para la historia y un desahogo colectivo, donde el grito cantado fue la forma más honesta de expresar —tanto en lo personal como en lo nacional— lo que nos cuesta nombrar.

A las 20 horas en punto se dio inicio al show a cargo de La Sonora Chingona, un grupo compuesto por músicos tanto chilenos como mexicanos, quienes tuvieron la misión de telonear la convocatoria. Como buen espectáculo chileno, la impuntualidad del público se hizo notar, con una cancha y galerías aún incompletas. Sin embargo, pasadas las 21 horas, el Estadio Nacional ya se encontraba a su máxima capacidad, con miles de asistentes alentando la salida de la banda principal.

Bastaron cinco minutos para que un registro audiovisual que honraba los orígenes provincianos de la banda diera el puntapié inicial a un espectáculo que se extendió por cerca de tres horas y recorrió un setlist de aproximadamente 40 canciones.

Entre aplausos que pronto fueron silenciados, una atmósfera sonora que emulaba un puerto se apoderó del Estadio Nacional. Durante un par de minutos, barcos, gaviotas y olas emergieron desde los parlantes, hasta que, desde un silencio cuidadosamente construido, apareció la primera canción de la noche: Qué es lo que pasa, interpretada junto al cantautor y productor chileno Vicente Cifuentes.

Con boina de marinero y su vestimenta siempre identitaria, la exótica barba de Macha se dejó ver por primera vez en el escenario. El público, aún contenido, respondió con timidez. Incluso tratándose de una canción animada, costó arrancar un coro unísono entre los asistentes.

La pasión comenzó a aflorar con la segunda canción, Procuro olvidarte. El bolero dejó en evidencia que la audiencia no venía en busca de una fiesta, sino dispuesta a entregarse al desamor, en una borrachera más cercana al corazón partido que a la celebración. Durante gran parte del show, incluso, el público pidió a gritos que se apagaran los focos que los iluminaban, rogando la intimidad necesaria para entregarse a la confianza emocional.

Esa entrega se manifestó con fuerza en las canciones más desgarradoras del repertorio, como Sabes, Sin excusas y Regresa. Uno de los invitados clave en ese clima fue Álvaro Henríquez, vocalista de Los Tres, quien con El triste y Lo que no fue no será terminó de arrancar la pasión desde las galerías.

Por el lado internacional, se hizo presente la argentina Julieta Laso, quien aportó su impronta tanguera y se presentó con Cada domingo y Que me quemen tus ojos, canciones que comparte con Macha. Más tarde, el franco-español Manu Chao sorprendió al público con una breve pero intensa aparición, haciendo temblar el Estadio Nacional con su guitarra y La despedida. La cercanía y amistad de los artistas extranjeros con la banda se hizo evidente en el escenario, entre abrazos y gestos compartidos. Desde las tribunas, la afinidad musical fue igual de clara: los invitados fueron coreados como si el espectáculo fuera, por momentos, de ellos mismos.

Por otro lado, la agrupación invitó a los nacionales Santa Feria, con quienes compartieron un par de canciones y terminaron de coronar entre el público Una lágrima y un recuerdo, el himno inmortal de Zalo Reyes. Movimiento Original también se hizo presente, eso sí, dejando de lado el hip-hop para entonar junto a Macha la desgarradora Aunque no sea conmigo. A ratos, las cuerdas del Cuarteto Austral acentuaron el tono herido del repertorio, profundizando la carga emocional de la noche.

La velada estuvo marcada por momentos emotivos que trascendieron lo estrictamente musical. Uno de ellos fue la lluvia de estrellas simulada en las gradas a partir de las linternas de los celulares, incentivada por Joselo Osses para interpretar en piano Hoy tengo ganas de ti. Más adelante, la emoción estalló con el minuto de ruido que Macha pidió en honor al fallecido músico “Pajarito” Araya, integrante de Chico Trujillo y del Bloque, instante en que los parlantes se llenaron de una batería estruendosa y los gritos más sentidos de los asistentes.

Pero sin duda, uno de los momentos más conmovedores de la noche fue el homenaje a las personas torturadas y desaparecidas en el Estadio Nacional. La música se apaciguó y las pantallas proyectaron el espacio cerrado entre las gradas que recuerda lo ocurrido en ese lugar, bajo la consigna: “Un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro”. Tras unas palabras de Macha dirigidas a las víctimas y a sus familias, el homenaje culminó con Regresa y la solemnidad de un público en el que se evidenció la presencia de un dolor que aún sigue vivo en parte de la nación.

Ese mismo tono se hizo presente cuando Joselo Osses relató la historia detrás de Amiga, canción popularizada por Miguel Bosé. Sin mencionar al cantante español, Osses recordó que el tema fue escrito por Luis Gómez-Escolar para su pareja, la cantautora española Cecilia, fallecida en un accidente de tránsito en 1976. Con ese contexto, la canción adquirió un nuevo peso emocional, al que el público se sumó con evidente desgarro.

Entre corazones atravesados por la nostalgia, Macha también integró al repertorio versiones de Chico Trujillo, adaptando Loca y Si no fuera al tono melancólico de la velada. Incluso la modernidad de Bad Bunny encontró su lugar, con Turista reinterpretada al más puro estilo de El Bloque Depresivo.

Tras cerrar con Los continentales, la banda abandonó el escenario, provocando desconcierto y una inmediata exigencia de más. Luego de varios minutos de un público confundido —mientras algunos comenzaban a abandonar el recinto— el Bloque regresó para ofrecer seis canciones adicionales. Entre ellas destacó Óleo de mujer con sombrero, uno de los clásicos de Silvio Rodríguez. El cierre definitivo llegó con un pulso más bajo que el de la primera despedida, sellado por Las simples cosas y un público exhausto que, tras horas de exaltación, aceptó finalmente el fin del espectáculo.