Screamadelica: El evangelio hedonista de Primal Scream

Ayer se cumplieron 34 años del Screamadelica y todavía sigue sonando como un golpe eléctrico. Fue un disco que no quiso elegir un bando. En lugar de alinearse con el indie guitarrero que nacía en Manchester o con la cultura rave que explotaba en los clubes, decidió mezclarlos, romperlos y rehacerlos. Eso es lo que lo vuelve tan extraño y tan fascinante. Es un álbum que vive de la hibridación, de poner juntos dos mundos que parecían opuestos y dejar que de esa fricción naciera algo nuevo.

Hoy lo escuchamos y sigue siendo una locura. No porque haya envejecido mal, sino porque todavía conserva esa energía peligrosa, ese magnetismo de algo que parece estar a punto de explotar. Screamadelica no es solo un clásico de los 90, es una advertencia, un viaje alucinógeno que suena como la entrada a una fiesta interminable, pero también como la certeza de que tarde o temprano nos espera la caída infinita.

No es casual que el disco arranque con Movin’ On Up, casi un himno gospel, y termine con Damaged, un lamento arrastrado que parece la peor caña de nuestra vida. Entre esos dos extremos está el verdadero viaje: Come Together, Loaded, I’m Comin’ Down, canciones que funcionan como estaciones de una experiencia que siempre oscila entre el éxtasis y la caída. Eso es lo que lo hace eterno.

El punto de quiebre fue Loaded. Andrew Weatherall agarró una canción de Primal Scream y la destrozó para armar otra cosa: diálogos de películas, beats infinitos, pedazos de Robert Johnson, trompetas, loops robados de vinilos. Con eso nació el espíritu del disco. Muchos dicen que Screamadelica es más de Weatherall que de la banda, pero al final lo que importa es que ese encuentro funcionó y el resultado fue brutal.

La portada del Screamadelica —ese sol frito y sonriente que inventó Paul Cannell— parece salida de un mal viaje. Tiene algo de juguete roto, de dibujo infantil deformado por la fiebre: una sonrisa que en realidad no sonríe, unos ojos abiertos como agujeros que miran fijo y no devuelven nada. Era la versión torcida y maligna de la smiley face del acid house. Y claro, lo que late ahí es una seducción peligrosa. Porque estar despierto en el Screamadelica no es simplemente no dormir. Te arrastra, te envuelve, te deja con la sensación de que la noche puede ser infinita y que todavía hay lugar para perderte en ella.

Y ahora el 6 de noviembre, Primal Scream llega a Chile para que podamos atravesar juntos ese viaje de euforia y melancolía en el Teatro Coliseo. Entradas en Puntotickets.