El debut de Shame en nuestro país se sintió como una implosión de la que nadie podía escapar ni querer perderse. Le entregaron al público un set de canciones completamente decidido y fuerte que repasó toda su discografía con canciones como “Born in Luton” y “One Rizla”, teniendo como centro a su último trabajo de estudio “Cutthroat”.
Los galardonados Hesse Kassel fueron los encargados de desatar la explosión sonora que protagonizó Club Chocolate en el Barrio Bellavista. Las canciones fueron pocas, pero extensas y poderosas, partiendo por el reciente single “Sancho Plagio” que ha dado de qué hablar dentro de la escena chilena. El sonido de la banda fue definitivamente el indicado para cortar la cinta roja dentro de una noche que idealmente requería protección de oídos y ganas de entregarle tu cuerpo al ritmo, como si no fuera un lunes laboral.



Las estrellas se alinearon y finalmente tuvimos la oportunidad de vivir uno de los shows más esperados para los fanáticos de la escena londinense. Con un poco de atraso en el reloj, Shame dio inicio a un gran espectáculo –con todas sus letras– en donde el público tuvo la misión de alinear su energía con la misma que estuvo siendo expulsada desde el escenario canción tras canción. “Axis of Evil” fue la primera en sonar, y bajo una bola disco se desató una gran fiesta que no se detuvo hasta el último segundo del show.
Con sonrisas en la cara no hubo descanso para el salto, la furia, ni el coro –tanto así que la banda destacó al público chileno como uno de los mejores de su carrera. Uno luego se pregunta: ¿cómo no va a ser así? Los que asistieron no esperaron una cantidad de años suficientes como para tan solo cruzar los brazos y observar. La calidad de algunos clásicos como “Concrete” o “Alphabet” hipnotizaban al cuerpo hacia el mosh, teniendo al frente y en un alto escenario a un líder en completa sincronía con sus compañeros de banda y el público nacional.

Shame dejó en evidencia su facilidad para ganarse a sus seguidores en una noche que quedará en la memoria de los amantes del punk y de eso que nos mueve, eso que nos recuerda porqué tenemos que seguir nuestras pasiones y vivirlas en carne propia. La banda parecía estar en la misma situación, expresando su emoción por estar finalmente en el continente, lo que forjó un fuerte lazo con un público que estaba ávido de saltar y entregarlo todo ante un Charlie Steen dispuesto a dejar la vida en el escenario. Hoy queda ser pacientes con un eventual regreso de la banda al país, porque lo vivido en Club Chocolate no solo superó toda expectativa, fue esencialmente una instancia para reconocer la bella unificación de la música y su gente, sin importar el rincón del mundo en que habite.




