Por María José Jerez
Cuando Spotify cae
El reciente hackeo masivo a Spotify, que dejó expuesto prácticamente el 99,6% de su catálogo y puso en discusión la seguridad de datos, playlists y sistemas de recomendación, no fue solo un incidente técnico. Es una grieta que permite ver la fragilidad de un modelo que, durante más de una década, concentró escucha, memoria y archivo musical en manos de una sola corporación.
Cuando Spotify falla, se revela hasta qué punto la experiencia musical contemporánea depende de una infraestructura privada, opaca y centralizada.
El origen de Spotify
A principios de los 2000, la industria musical atravesó una profunda crisis de formatos. El modelo basado en la venta de discos físicos comenzó a desmoronarse. Las tiendas cerraban, las ventas caían y muchos artistas apenas lograban solventar la producción de su propio material. Paralelamente, los trabajos musicales empezaron a circular libremente por Internet, fuera de los canales tradicionales de distribución. En este contexto, Napster surgió como una de las principales alternativas para los usuarios, permitiendo el acceso gratuito a una amplia variedad de productos musicales y evidenciando la pérdida de control de las discográficas sobre la circulación de la música.
La industria musical declaró la guerra a Napster y a las redes P2P, bajo el argumento de que el intercambio gratuito de archivos amenazaba la supervivencia misma de la música. En respuesta a esa crisis, Spotify surgió como la promesa legal de la industria. Una plataforma avanzada para su tiempo, pensada para cambiar la forma en que las personas escuchaban música y ofrecer una alternativa al modelo de pago por descarga impuesto por iTunes.
La “promesa” era clara. La plataforma legal devolvería el orden, la justicia y la sostenibilidad tanto a artistas como a oyentes y le darían la mayor parte de las regalías a los sellos discográficos. Dos décadas después, el escenario es otro. La piratería ya no es el enemigo principal, pero la precariedad artística persiste, mientras la dependencia de los usuarios frente a plataformas no imparciales se ha intensificado.
Lo que Theodor Adorno y Max Horkheimer llamaron industria cultural no desapareció con la digitalización, y se perfeccionó. La estandarización ya no opera solo sobre las obras, sino sobre la experiencia misma de escuchar. Es cierto que la era de la reproducibilidad técnica trae facilidades, pero también nuevos desafíos.

(Un)Wrapped: el evento algorítmico del año
Cada diciembre, millones de personas comparten en redes sociales tarjetas coloridas que dicen, en voz de una multinacional, “mira quién eres”. Spotify Wrapped, el epílogo anual de nuestra intimidad acústica, promete certificar que lo que escuchamos nos define.
Entre memes, rankings y bromas sobre “arreglar el Wrapped”, se instala una lógica de hiperconsumo poco trascendental: más minutos, más valor. Pero escuchar pasivamente para sumar horas no equivale a una escucha activa, del mismo modo que leer treinta libros olvidables al mes no garantiza comprensión ni experiencia. La métrica sustituye al sentido.
Aquí la lectura de Byung-Chul Han se vuelve central. Spotify no necesita coerción, puesto que funciona bajo una lógica de psicopolítica, donde el control se ejerce a través del placer, la personalización y la autoexposición voluntaria. La música ya no solo acompaña la vida, pues la mide, la clasifica y la anticipa.
El algoritmo aparece como un traductor de nuestros gustos. Pero la pregunta clave es otra.
¿Qué define realmente a Spotify? ¿Cómo opera su sistema y cuáles son sus prioridades culturales y económicas? ¿Por qué nos cuesta tanto migrar a otras plataformas que ofrecen una mayor calidad de escucha?
Spotify es un dispositivo de lo que Mark Fisher llamaría realismo capitalista: la sensación de que no hay alternativa posible, de que esta forma de escuchar es natural, inevitable, neutral.
Como en la industria cultural descrita por Adorno, la promesa de elección individual encubre una homogeneización profunda. Lo que aparece como identidad es, en realidad, administración del gusto y medición del placer.
¿Los sistemas de recomendación diversifican el gusto o lo homogenizan?
Lejos de ampliar horizontes, estudios han dado cuenta de lo segundo. Investigaciones desarrolladas por universidades como Harvard y Oxford, así como análisis publicados en medios como The Guardian, coinciden en que los algoritmos aprenden a repetir lo que funciona. Y lo que funciona suele ser lo ya probado, lo familiar, lo comercialmente viable.
En línea con Néstor García Canclini, el gusto no es una construcción individual, sino una construcción social mediada por dispositivos culturales. En el caso de Spotify, esta mediación se automatiza. Nick Seaver ha mostrado que los algoritmos de la plataforma predicen y enseñan las preferencias. En ese sentido, Spotify construye burbujas sonoras y cámaras de eco donde la exploración cede frente a la repetición.
Cada reproducción, cada skip, cada playlist privada alimenta un sistema de predicción conductual. La escucha se convierte en dato, el dato en perfil, el perfil en mercancía. Wrapped es el momento en que esa extracción se devuelve como espectáculo o como una celebración de nuestra propia trazabilidad.
Adorno ya advertía que la cultura industrial elimina la sorpresa y neutraliza la diferencia. Spotify Wrapped opera como el cierre perfecto de ese ciclo. Toma una escucha previamente condicionada y la presenta como elección libre. Más que un balance anual, es un evento algorítmico que celebra la coherencia, penaliza el desvío y elimina el error, el ruido y la contradicción que hacen de la escucha una experiencia viva.

Remuneración, artistas ficticios y música sin autor
Las contradicciones del modelo se vuelven más evidentes al observar el sistema de pagos. Spotify ha sido cuestionada por la proliferación de artistas ficticios o proyectos generados con inteligencia artificial, diseñados para optimizar reproducciones dentro de playlists automatizadas. Estos “músicos” acceden a mejores condiciones de visibilidad que artistas reales.
La saturación de contenido de bajo costo permite justificar la baja de regalías y normaliza prácticas cercanas a la payola, ahora automatizadas y ocultas tras decisiones técnicas. El trabajo creativo se precariza mientras la plataforma optimiza su rentabilidad.
A diferencia de lo que suele creerse, Spotify no paga una tarifa fija por reproducción; reparte un porcentaje de sus ingresos totales según la cuota de mercado de cada artista, lo que se traduce, en promedio, en entre 3 y 5 dólares por cada mil streams, una de las tasas más bajas entre las grandes plataformas, por debajo de servicios como Apple Music o Tidal, como ha documentado el Financial Times.
A esto se suma el debate sobre la calidad de la experiencia de escucha. Durante años, Spotify priorizó formatos comprimidos frente a plataformas que ofrecían audio sin pérdida o de alta resolución. El resultado son tarifas elevadas, en comparación a otras plataformas, a cambio de una escucha empobrecida.
Tecnología cultural, tecnología militar
El modelo se vuelve aún más inquietante al considerar que Daniel Ek, dueño y ex CEO de Spotify ha invertido aproximadamente 700 millones de dólares en empresas de tecnología militar. Spotify no es solo una app de música, es una empresa de datos, predicción de comportamiento y gestión de flujos culturales.
En este marco, resulta imposible desligar a Spotify de los circuitos económicos y tecnológicos que sostienen la violencia contemporánea. La inversión de su principal directivo en empresas vinculadas al complejo militar-industrial convierte a la plataforma en partícipe de las infraestructuras que sostienen el genocidio en Gaza.
Como sugiere Byung-Chul Han, quien controla los datos ejerce soberanía. En el cruce entre cultura, datos y capital financiero, Spotify deja de ser un simple intermediario cultural. Como advierte García Canclini, las industrias culturales están plenamente integradas a las lógicas del capitalismo global; en este marco, la soberanía de los datos se vincula directamente con otras industrias estratégicas, incluidas las militares.

Consecuencias industriales y economía de la atención
Las consecuencias son audibles. Artistas y sellos adaptan sus procesos creativos a lo que la plataforma premia. Canciones más cortas, intros inmediatas, hooks diseñados para evitar el salto. Los lanzamientos son vistos como conjuntos de activos optimizados para las listas de reproducción.
A nivel industrial, esta lógica refuerza la concentración. Un número reducido de artistas y catálogos captura la mayor parte de los ingresos, mientras una masa creciente de músicos compite por fracciones de atención. La lógica del streaming no remunera el tiempo de escucha en sí, sino la capacidad de retener al usuario dentro de la plataforma, incluso cuando esa retención se produce a costa de la diversidad cultural.
Mark Fisher advertía que el capitalismo no solo coloniza el tiempo, también la imaginación. En este marco, Wrapped funciona como el ritual anual de la economía de la atención. Concentra audiencias, reafirma dependencias y oculta la precariedad estructural tras una estética lúdica.
¿Y qué se puede hacer?
No hay soluciones totales y mucho menos un consumo ético, pero sí gestos políticos: venta directa, formatos físicos, plataformas como Bandcamp, modelos cooperativos o servicios como Tidal, que redistribuyen mejor los ingresos. También existe la posibilidad, cada vez más urgente, de no delegar toda la experiencia musical a una sola app.
También han surgido estrategias que buscan desacoplar la experiencia musical del algoritmo. Algunos artistas organizan sesiones de escucha colectivas antes de los lanzamientos, presentando los discos como obras completas en la presencialidad; otros retrasan o fragmentan deliberadamente su llegada al streaming, priorizando la circulación física directa. Incluso existen músicos que han apoyado abiertamente la piratería de su propio material como forma de sabotear un modelo que, según denuncian, se sostiene en su precarización.
Este análisis permite identificar con claridad las lógicas del capitalismo de plataformas, pero también obliga a reconocer sus límites. Reducir el problema de Spotify a una sola corporación corre el riesgo de personalizar un fenómeno estructural. La concentración, la precarización y la estandarización no desaparecerían automáticamente con la caída de esta plataforma, porque forman parte de una economía cultural más amplia, sostenida por sellos, fondos de inversión, estados y hábitos de consumo profundamente naturalizados.
Tampoco es del todo preciso suponer que la escucha previa a Spotify fue necesariamente más libre, diversa o justa. La industria musical siempre operó bajo jerarquías, exclusiones y filtros. La diferencia es que hoy esas mediaciones son algorítmicas, opacas y automatizadas, lo que dificulta su cuestionamiento público.
Del mismo modo, pensar la piratería o las plataformas alternativas como respuestas suficientes puede resultar insuficiente si no se consideran las condiciones materiales desiguales de artistas y oyentes. A esto se le suma la falta de políticas culturales, regulación estatal y modelos colectivos de gestión que enfrenten la raíz del problema.
La pregunta de fondo, entonces, no es únicamente cómo escuchamos música, sino quién tiene el poder de diseñar los entornos donde esa escucha ocurre. Mientras la experiencia musical siga mediada casi exclusivamente por infraestructuras privadas globales, cualquier gesto individual será parcial. El desafío es llevar a discusión las condiciones materiales, técnicas y políticas de la circulación cultural en el presente.
Fuentes consultadas: artículos de CIPER Chile, The Guardian, The New York Times, The Financial Times, estudios académicos de la Universidad Católica, Universidad de Chile, Universidad Adolfo Ibáñez, Universidad de Oxford, Harvard Business School, Universitat Pompeu Fabra y textos de Byung-Chul Han, Mark Fisher y Néstor García Canclini.

