Primal Scream en Chile: La persistencia del éxtasis

Bobby Gillespie apareció en el escenario del Teatro Coliseo con ese aire de predicador del rock que lo ha acompañado toda la vida. Terno blanco, mirada ardiente y esa mezcla de reverencia y desafío que solo él puede sostener. En cuestión de segundos, la banda lanzó “Don’t Fight It, Feel It” y el público entendió el mensaje: no se trataba de recordar, sino de entregarse. Primal Scream había vuelto a Chile después de siete años, y lo hacía con la vitalidad de quien sabe que aún puede incendiar un escenario.

Antes, los chilenos Hesse Kassel abrieron la noche con un set que sorprendió por su solidez y personalidad. Su mezcla de guitarras densas, ritmos hipnóticos y una atmósfera entre el shoegaze y el post-rock marcó un inicio potente, preparando el terreno con elegancia. El grupo logró captar la atención del público desde los primeros minutos, dejando en claro que el panorama local también tiene algo que decir dentro de esa misma tradición sonora que Primal Scream ayudó a expandir.

Si en sus primeras visitas los escoceses fueron celebrados como pioneros del cruce entre el rock y la pista de baile, esta vez confirmaron que siguen siendo una fuerza vital, impredecible, que vibra en presente. Treinta años después de Screamadelica, siguen tocando como si cada tema pudiera reescribir la historia. Gillespie —a sus 63 años— conserva esa mezcla de furia, sensualidad y fe que lo convirtió en una figura irrepetible. Agita los brazos, predica, se deja poseer por el ritmo; parece hablarle a algo más grande que la multitud.

El setlist viajó por más de tres décadas de carrera, entre himnos como “Rocks”, “Jailbird”, “Swastika Eyes” y “Loaded”, pero también hubo espacio para Come Ahead (2024), su más reciente trabajo, donde el grupo vuelve a los grooves psicodélicos y a la cadencia funk que siempre fueron su ADN. En vivo, esas nuevas canciones se expanden: “Deep Dark Waters” suena como un mantra soul pasado por electricidad, mientras “Innocent Money” y “The Centre Cannot Hold” prueban que su pulsión por el movimiento sigue intacta. “We wanted to bring back the groove”, dijo Bobby entre risas, como si el público no lo estuviera ya bailando.

Simone Marie Butler en el bajo y Andrew Innes en la guitarra sostienen el corazón sónico de la banda con una química que recuerda por qué Primal Scream sigue siendo indomable. El saxofonista Alex White y las coristas completan el cuadro: un grupo en plena forma, sin el menor interés en parecer un acto nostálgico. Cada nota fue ejecutada con precisión pero también con descontrol, como si todavía existiera algo que probar.

El Teatro Coliseo, con su acústica cruda y su aire medio industrial, fue el espacio perfecto para esa mezcla de rave y misa rockera. Las luces, los visuales y el rugido del bajo convirtieron la sala en un túnel lisérgico. En “Come Together”, el cierre fue puro éxtasis: Gillespie, con los brazos abiertos, guiaba a una multitud que cantaba como si quisiera revivir cada década.

Treinta años después de haber desafiado los límites del género, Primal Scream sigue siendo una banda que no busca revivir el pasado, sino mantener viva la llama. Anoche lo demostraron con creces: la música puede seguir siendo un acto de fe, una comunión entre el ruido, el alma y la pista de baile. Y mientras Bobby Gillespie siga en pie, el futuro del rock and roll todavía tendrá groove.

Setlist:

  1. Don’t Fight It, Feel It
  2. Love Insurrection
  3. Jailbird
  4. Ready to Go Home
  5. Deep Dark Waters
  6. Medication
  7. Innocent Money
  8. Heal Yourself
  9. I’m Losing More Than I’ll Ever Have
  10. Love Ain’t Enough
  11. The Centre Cannot Hold
  12. Loaded
  13. Swastika Eyes
  14. Movin’ on Up
  15. Country Gir
    Encore:
  16. Damaged
  17. Come Together
  18. Rocks
  19. No Fun(The Stooges cover)