Toe en Chile: La música que cruzó el océano para encontrarnos

A veces imagino un futuro gracias a la música, eso me quedó más claro anoche. Un futuro para el mundo donde haya paz, un futuro donde no exista este desgaste permanente. Encontré consuelo en las palabras de toe después de momentos que te exprimen el cuerpo y la mente, donde no das más pero por alguna razón sigues dedicándote a eso que tanto amas, por poca o nada de plata, tampoco por reconocimiento. A veces cuesta saber el porqué, pero la respuesta es mucho más sencilla, creo. Exprimimos hasta la última gota de energía, nos desvelamos ante tratos injustos, al menos en mi caso, para que este tipo de encuentros sean posibles, para que la música siga viajando, convocando y cumpliendo al final del día una labor colectiva, una labor de comunión, de mirarnos las caras, de escuchar.

Al menos desde mi experiencia, o desde mi punto de vista, la música siempre ha tenido el poder de conectar, de conciliar. Puede que no toda, pero sí la que tiene un carácter de encuentro, la que es capaz de imaginar un futuro en el que aún tenga sentido escucharla y conmoverse.

Pero partamos por el inicio.

Una fila sin precedentes se extendía frente a la Cúpula del Parque O’Higgins. Afuera, el movimiento del recinto daba cuenta de que esa noche había más de un show programado en los distintos espacios del parque. Poco a poco, el público comenzó a ingresar a La Cúpula hasta llenar el lugar y esperar el comienzo de la presentación. Cuando finalmente se apagaron las luces, el ambiente dejó ver a un público emocionado y los músicos aparecieron sobre el escenario: Takaaki Mino y Koichi Yamamoto tomaron las guitarras, Satoshi Yamane se instaló en el bajo y Takashi Kashikura ocupó la batería.

Para mi suerte, no vi muchos celulares levantados y el público era particularmente variado. Parecían estar quienes descubrieron a estos grupos japoneses a través de la televisión y la circulación de la industria cultural asiática de los años 2000, pero también quienes llegamos a ellos mediante los foros de internet y el intercambio musical que durante años permitió encontrar bandas que difícilmente aparecían en los circuitos más visibles. La distancia entre esas dos formas de llegar a toe comenzó a desaparecer una vez que la música tomó el escenario.

Los primeros minutos estuvieron marcados por una tensión provocada por un fallo en el sonido. La verdad, no me quedó tan claro si el problema estaba específicamente en los parlantes o en el teclado, pero las primeras pifias comenzaron a escucharse entre los asistentes y por algunos momentos existió el temor de que los músicos tuvieran que abandonar el escenario mientras se solucionaba. La banda continuó tocando y, poco a poco, la interferencia terminó desapareciendo.

Con el problema resuelto, toe comenzó a desplegar el lenguaje que había llevado hasta Santiago. “Long Tomorrow”, “Kaze to Kioku” y “Kodoku no Hatsumei” instalaron las primeras capas de una presentación construida desde la precisión, el diálogo entre instrumentos y una constante sensación de movimiento. 

Takaaki Mino y Koichi Yamamoto trabajaban las guitarras desde lugares distintos, construyendo un puente que le dio estructura a toda la presentación. Satoshi Yamane sostenía buena parte del movimiento desde el bajo, Nakamura Keisaku le dio la vuelta a los teclados, mientras Takashi Kashikura trabajó la batería con una presencia que terminaría convirtiéndolo en uno de los grandes protagonistas de la noche. Es uno de los mejores bateristas que he visto en mi vida. Su ejecución era impresionante, pero también lo era su relación física con el instrumento y con el espacio. Kashikura se levantó, saltó sobre su asiento y siguió tocando. 

toe fue instalando su lenguaje frente a un público que parecía conocer cada cambio de las canciones. Luego llegaron “Chiaroscuro”, “The Latest Number” y “Because I Hear You», momentos en que la conexión entre las cuatro partes centrales de la banda se volvió cada vez más evidente. 

En un concierto mayormente instrumental no existe necesariamente una letra que cantar de principio a fin ni un coro que permita que cientos de personas respondan al mismo tiempo. Aun así, la cancha encontró su propia manera de participar. Las canciones comenzaron a ser tarareadas desde los instrumentos, aparecieron gritos entre una sección y otra y, en distintos momentos, el público convirtió el nombre de la banda en un cántico: «ole, ole, ole, ole, toe, toe».

Me pareció especialmente significativo porque ese gesto también incorporaba a la banda a nuestra propia cultura de conciertos. Una música que había viajado desde Japón terminaba siendo recibida en Santiago con códigos completamente nuestros. 

“Esoteric” y “Sonny Boy Rhapsody” llevaron el concierto hacia uno de sus puntos de mayor intensidad. El público ya había dejado atrás la tensión de los primeros minutos y la cancha comenzó a moverse con mayor libertad. “Now I See the Light” continuó profundizando esa sensación, mientras la precisión de la banda contrastaba con el movimiento que ocurría abajo del escenario.

Para entonces, la gente estaba completamente entregada. En algún momento parecía impensado que el público pudiera saltar o quizás ser un poco más brusco en la cancha. Pero lo hizo otra vez. La gente lo dio todo y fue hermoso. Fue especialmente emocionante ver cómo una banda instrumental podía provocar una respuesta corporal tan grande sin necesitar una sola palabra cantada.

“F_A_R” cerró el bloque principal y dejó al público pidiendo más. Después de unos minutos, toe regresó al escenario para el encore, esta vez en un formato muchísimo más acústico. Takaaki Mino y Koichi Yamamoto se sentaron con sus guitarras y la voz de Mino acompañó la atmósfera de las últimas canciones. El cambio permitió que la sala bajara la intensidad que había marcado buena parte del concierto y abriera espacio para otro tipo de encuentro.

Antes de comenzar las últimas canciones, los integrantes decidieron dedicar unas palabras a quienes estaban en la sala. El traductor leyó un mensaje que la banda había preparado y que, por su contenido, terminó modificando la manera en que entendí todo lo que había ocurrido durante la noche.

La banda habló de encontrar algo que diera ganas de vivir. No algo que hiciéramos por obligación, sino aquello que realmente disfrutamos. Dijeron que, cuando encontráramos ese algo, esperaban que pudiéramos seguir haciéndolo durante mucho tiempo. Reconocieron que continuar durante años puede ser difícil, pero también que aquello que uno gana en el camino no tiene precio. Para ellos, ese algo era toe.

En ese momento vi algunos rostros llorosos. Incluido el mío. El mensaje llegó en un momento particularmente atingente. Volver a encontrarle un sentido a las cosas no siempre es sencillo, especialmente cuando aquello que queremos hacer también puede agotarnos. La música, como cualquier espacio al que uno decide entregarle tiempo y energía, puede convertirse en una fuente de frustración, precariedad y cansancio. Sin embargo, también puede convertirse en una razón para seguir construyendo encuentros.

Toe habló también de la tristeza y de los momentos en que resulta difícil seguir adelante. Dijeron que tener algo así puede ayudarnos a enfrentar lo que tenemos por delante y darnos fuerza para continuar viviendo. Desde el otro lado del mapa, cuatro músicos estaban hablando de algo que resulta difícil explicar cuando uno está demasiado cansado para hacerlo, que aquello que hacemos y amamos puede sostenernos incluso cuando no tenemos muy claro cómo sostenernos a nosotros mismos.

«Estoy en contra de todas las guerras, los conflictos y la violencia», leyó el traductor.

La reacción del público fue inmediata. Desde distintos sectores de la cancha comenzaron los gritos de “¡Chúpalo Kast!”, repetidos una y otra vez mientras el traductor continuaba con el mensaje. La referencia al presidente produjo una interrupción que terminó insertándose dentro de una conversación mucho más amplia sobre el contexto en que estábamos reunidos.

Toe continuó hablando de la responsabilidad de quienes tienen poder político para impedir que las naciones sigan matándose entre sí. Hablaron de reconocer y respetar las diferencias, de trabajar por la paz mediante el diálogo y no mediante misiles o fuerza. Después volvieron a la música y recordaron que el arte puede atravesar fronteras, nacionalidades, idiomas y diferencias culturales; que permite conectarnos libremente y en paz. Que el hecho de que todos nosotros estuviéramos ahí era una prueba de ello.

Y tenían razón. Después del mensaje llegaron “Two Moons”, “After Image” y finalmente “Goodbye”. La última parte del concierto tuvo algo distinto. La intensidad de las canciones había dado paso a la sensación de haber compartido algo que difícilmente podía repetirse de la misma manera. La banda había pasado de una ejecución física y precisa a un momento mucho más íntimo, en el que las palabras terminaron ocupando un lugar tan importante como los instrumentos.

Antes de despedirse, toe agradeció que todos hubiéramos estado ahí juntos y a salvo. También dijeron que querían continuar haciendo esto todo el tiempo que pudieran y esperaban que pudiéramos volver a encontrarnos.

Me quedé pensando en eso después de salir de la Cúpula. Seguir haciendo algo durante mucho tiempo no significa tener siempre claro por qué lo hacemos. Hay momentos en que una se pregunta cuánto más puede entregar, especialmente cuando aquello que ama no siempre recibe el mismo cuidado de las instituciones, de la industria o de quienes tienen la posibilidad de facilitar que estos espacios existan.

Por eso salí de ese concierto pensando nuevamente en la música como una forma de imaginar un futuro. toe llegó desde Japón y durante unas horas hizo que esa distancia pareciera mucho más pequeña. La música cruzó el océano, atravesó idiomas y terminó convertida en gritos, saltos, lágrimas y un público entero intentando devolverles algo de lo que había recibido.