Toe en Chile: La distancia nunca fue tan grande

“Rebellious Landscape” dura menos de un minuto y funciona como una puerta que apenas alcanza a abrirse antes de que el disco comience a correr. Luego aparece “The Invention of Solitude”, donde la guitarra parece insistir sobre una misma sensación mientras la batería le cambia discretamente el suelo bajo los pies. Aparece una imagen invernal, que no necesariamente está atravesada de tristeza, más bien por esa sensación de estar afuera, mirando cómo el mundo continúa mientras uno permanece detenido.

“tremolo + delay” lleva el nombre de dos de sus herramientas más evidentes. La canción tiene una quietud casi suspendida, antes de que “The Dream Seen from the Other Side” vuelva a abrir el espacio. En este punto se evidencia una de las grandes virtudes del álbum, puesto que sus canciones parecen tener memoria entre sí. Hay motivos, texturas y formas de tocar que regresan transformadas. 

“All I Understand Is That I Don’t Understand” es quizá uno de los ejemplos más evidentes. El título ya contiene una contradicción, pero la música no necesita resolverla. Las guitarras construyen una melodía que parece querer alcanzar algo mientras la batería la mantiene en movimiento. No hay una explosión final que ordene todo. No hace falta.

Después llega “C”, una pieza que parece provenir de un lugar distinto, más fluido y adaptable, capaz de cambiar de forma sin perder su centro. El disco puede ser técnicamente complejo, pero no necesita gritarlo o demostrarlo mediante excesos. La dificultad está escondida en la ejecución y de ahí el nombre de la canción que remite a la nota Do.

Cada golpe modifica la forma en que escuchamos una melodía. Kashikura puede tocar con una precisión vertiginosa, pero también sabe dejar espacio. El silencio entre dos golpes puede tener tanta importancia como el golpe mismo. “Past and Language” extiende esa sensación durante más de cinco minutos. Es una de las piezas más largas del álbum y también una de las que mejor demuestra la capacidad de la banda para sostener una idea sin agotarla. Las guitarras parecen avanzar como olas pequeñas, acumulándose unas sobre otras.

“Music for You”, en cambio, dura apenas un minuto y cuarenta y ocho segundos. Es pequeña, como una nota dejada sobre una mesa antes de salir de la habitación. En un álbum sin voces el título parece suficiente para convertir la canción en una dedicatoria. Asimismo, si la anterior podría entenderse como un regalo, “I do still wrong” parece admitir que incluso después de entender algo seguimos repitiendo nuestros errores.

“Metronome” hace explícita otra de las obsesiones del disco. El pulso se acelera y parece correr. Aquí la batería deja de parecer solamente un instrumento y comienza a funcionar como una especie de reloj, midiendo lo que pasa mientras nosotros intentamos alcanzarlo.

El cierre es casi cruel por su sencillez. Después de toda la precisión, todas las capas y todos los movimientos, Toe termina con “everything means nothing”. una canción que parece aceptar que no existe una conclusión perfecta. No hay una gran resolución. Solo queda esa sensación de haber llegado al final de algo y tener que permanecer unos segundos en silencio antes de volver al mundo.

Y ahí es donde el disco encuentra una resonancia especialmente contemporánea. Vivimos rodeados de estímulos que compiten constantemente por nuestra atención. Notificaciones, vídeos de pocos segundos, canciones que deben captar nuestro interés antes de que decidamos deslizarnos hacia otra cosa. Existe una economía completa construida alrededor de la recompensa inmediata, de producir algo que pueda ser consumido rápidamente y reemplazado por lo siguiente.

Escucharlo sin hacer otra cosa puede convertirse en un ejercicio extraño de concentración. No porque el disco sea solemne, sino porque su complejidad obliga a escuchar de otra manera. La batería cambia apenas una acentuación. Una guitarra se queda suspendida un segundo más. Una melodía aparece detrás de otra. Algo que parecía repetirse vuelve transformado. La experiencia emocional ocurre ahí, en esos detalles, en aquello que sucede casi al margen y que termina modificando la canción entera.

Es también en esos pequeños desplazamientos donde el disco encuentra su carácter. Toe es tierno sin ser ingenuo, melancólico sin volverse pesado y técnicamente preciso sin perder calidez. Su sensibilidad vive en una variación rítmica, en una guitarra que se repite hasta convertirse en paisaje, en una batería que mide el paso de los días. Cada elemento tiene un peso propio dentro de una música construida desde la atención. Hay discos que se asocian a un momento de la vida y otros que terminan modificando la manera en que recordamos ese momento. The Book About My Idle Plot on a Vague Anxiety pertenece a la segunda categoría.

Tal vez eso explique también por qué una banda japonesa de cuatro músicos, nacida en Tokio a comienzos de los 2000, puede terminar significando algo en un lugar tan distante como Santiago. La música lleva décadas demostrando que las fronteras funcionan mucho mejor para los mapas que para las emociones.

Veinte años después de su lanzamiento, The Book About My Idle Plot on a Vague Anxiety sigue sonando como un disco que no necesita apresurarse para llegar a ninguna parte. Todavía podemos escuchar sin consumir, prestar atención sin exigir recompensa y dejar que una canción nos acompañe sin pedirle que haga nada más. No todo lo que hacemos tiene que conducir a un resultado. A veces basta con permanecer dentro de una canción el tiempo suficiente para descubrir qué ocurre cuando dejamos de pedirle que nos lleve a alguna parte.

El 10 de septiembre, cuando Toe vuelva a Santiago, probablemente decenas de personas estarán ahí para escuchar esas mismas guitarras y esa misma batería que alguna vez viajaron desde el otro extremo del mundo hasta unos audífonos en Chile. La distancia, después de todo, nunca fue tan grande.