Para buena parte de las generaciones que crecieron durante las últimas décadas, Japón apareció primero en una pantalla de la mano de las bandas sonoras de las animaciones, los videojuegos, las series y el manga. Después llegaron el J-pop, el rock japonés, las películas, las comunidades de internet y, finalmente, una industria cultural capaz de convertir a Asia del Este en un territorio cada vez menos remoto.
Chile también se convirtió en un mercado relevante para la cultura asiática y es probable que el fenómeno del K-pop hizo evidente algo que llevaba años ocurriendo de manera más silenciosa. Pero antes de los grandes conciertos y de las filas interminables afuera de los recintos, ya existía otra relación, más pequeña y obsesiva, construida alrededor de proyectos que difícilmente podían considerarse masivos.
Fishmans, Boris, Mono, Ryuichi Sakamoto, Tricot y tantos otros nombres llegaron a través de recomendaciones, blogs, foros, discos compartidos y videos de YouTube. Música que viajaba miles de kilómetros para terminar sonando en piezas de adolescentes, departamentos, audífonos de estudiantes y pequeñas salas de conciertos.
En ese tránsito hay algo particularmente interesante en el rock japonés. Una fascinación por cómo el detalle puede convivir con una intensidad desbordante y el cómo la precisión puede convertirse en su vehículo. Japón desarrolló una de las escenas más reconocibles alrededor del math rock y del rock instrumental, y dentro de ella Toe ocupa un lugar especial porque consiguieron hacer que esa complejidad pareciera natural.

El próximo 10 de septiembre, el cuarteto llegará nuevamente a Santiago para presentarse en el Teatro La Cúpula, como parte de su gira latinoamericana Loneliness Will Shine. Y quizás no exista mejor momento para volver al principio: a 2005, cuando la banda publicó the book about my idle plot on a vague anxiety, su primer álbum de larga duración y una obra que, veinte años después, todavía conserva una capacidad particular para detener el tiempo.
Son once canciones y poco más de treinta y ocho minutos. No hay una voz que conduzca el relato ni una letra que indique qué debemos sentir. En su lugar están dos guitarras que se persiguen, se encuentran y vuelven a separarse; un bajo mucho elástico, atento a los desplazamientos; y, en el centro de todo, la batería de Takashi Kashikura. La crítica ha señalado precisamente ese protagonismo de la batería y el diálogo entre las guitarras como algunos de los rasgos centrales del disco.
Pero reducir The Book About My Idle Plot on a Vague Anxiety a math rock instrumental sería perderse lo más importante. Porque este no es un disco que quiera demostrar cuánto puede hacer una banda con sus instrumentos. Es un disco sobre cómo hacer que cada pequeño movimiento importe.

La portada muestra un ciervo, un animal que en la naturaleza se mueve con cautela, permanece atento a lo que ocurre a su alrededor y puede pasar largos momentos inmóvil antes de volver a desplazarse. En Japón, además, el ciervo ocupa un lugar particular dentro del imaginario cultural. En Nara, por ejemplo, es considerado mensajero de los dioses y convive con los visitantes en los espacios que rodean sus templos. El animal de la portada no debe ser una alegoría cerrada, pero si es perteneciente a un ecosistema que continúa funcionando.
El disco también se construye como un organismo que modifica la percepción de los demás. Las guitarras aparecen limpias, cristalinas, atravesadas por reverberaciones, delays y modulaciones que amplían su espacio sin ocultar el ataque de las cuerdas. La batería cambia de dirección con una precisión absurda, pero nunca pierde la sensación de estar tocando para algo más grande que el virtuosismo. La música avanza, retrocede, se suspende. Nada parece estar colocado al azar, pero tampoco suena mecánico. Es ahí donde Toe consigue lograr que la precisión tenga ternura sin subrayarlo.
Hay una contradicción en la relación entre Chile y Japón. Sobre el mapa, probablemente no existan dos lugares más alejados entre sí. Entre ambos países se extiende prácticamente todo el planeta, pero la distancia geográfica no ha impedido que ciertas imágenes, sonidos y formas de entender la cultura japonesa se hayan instalado con una familiaridad extraña en Chile.

