Billy Idol en Chile: Una lección de vigencia

Billy Idol regresó a Chile con un concierto que confirmó lo que todos parecemos tener muy claro y es que su vigencia no depende de la nostalgia. En un Movistar Arena semi lleno el británico ofreció un show firme, ruidoso y sorprendentemente enérgico para un artista que se acerca a los 70 años, pero que todavía entiende el escenario como un lugar para vivir.

Idol abrió la noche con “Still Dancing”, un tema de su nuevo álbum Dream Into It, un gesto que marcó el tono general del concierto. No hubo intención de esconder el material reciente detrás de los clásicos; al contrario, lo presentó con seguridad, como parte natural de un repertorio que aún crece. Canciones como “77”, “Too Much Fun” y “People I Love” fueron recibidas con entusiasmo, no tanto por novedad, sino porque las interpretó con la misma convicción física que sus éxitos más celebrados.

La puesta en escena fue eficiente más que espectacular con visuales de ciudades desiertas, luces y un escenario que dejaba espacio para lo que realmente sostenía la noche: la presencia del propio Idol. Pese al paso del tiempo, conserva una energía escénica que sorprende, camina con seguridad, interactúa con una mezcla de humor y esa actitud panketa que no se la saca nadie, y exhibe un carisma que no ha perdido filo.

Por momentos se cambiaba de vestuario a la vista del público, quedando varias veces sin polera con total naturalidad, un gesto que en cualquier otro artista podría parecer forzado, pero que en Idol funciona casi como una extensión de su propio lenguaje escénico: no hay personaje, hay actitud.

El setlist que el público fue a escuchar

La estructura del concierto fue directa. Los clásicos aparecieron sin introducciones largas: “Cradle of Love”, “Flesh for Fantasy”, “Eyes Without a Face”, “Mony Mony”. Las reacciones fueron inmediatas, pero más que nostalgia, lo que se respiraba era familiaridad. Idol no trataba estos temas como reliquias; las empujaba con la actitud de alguien que aún cree que pueden encender a cualquiera.

Una parte importante del pulso del concierto vino también de Steve Stevens, su guitarrista histórico y cómplice desde los primeros años. Stevens no solo aporta técnica si no que sostiene el andamiaje emocional del show con un sonido afilado, casi teatral, que contrasta y al mismo tiempo completa la figura de Idol. Su guitarra marcó los puntos altos de la noche, especialmente en “Eyes Without a Face”. Su sonido basta para recordar por qué esta dupla sigue siendo una de las más reconocibles del rock de los 80.

“Rebel Yell”, uno de los momentos más esperados, llegó con la anécdota habitual sobre los Rolling Stones, contada esta vez con un humor más relajado que en otras giras. El público respondió con cánticos que recorrieron el recinto completo, algo que tomó por sorpresa al cantante, que más de una vez devolvió sonrisas incrédulas y agradecimientos directos.

Un cierre predecible, pero efectivo

El tramo final incluyó “Dancing with Myself”, “People I Love” y “White Wedding”. Ninguna versión se alejó demasiado de la original, pero todas sonaron más ásperas, un poco más veloces, como si Idol estuviera interesado en mantener al público en movimiento antes que en reconstruir un recuerdo exacto.

Fue un concierto preciso, sólido, y sostenido por un artista que entiende que su legado pesa, pero que no está dispuesto a que lo inmovilice. Billy Idol no mostró una versión rejuvenecida de sí mismo. Mostró algo más interesante: a un músico consciente de su historia, cómodo con ella, y aún capaz de llenar un Movistar Arena con canciones que siguen funcionando quizás porque nunca dejaron de hacerlo.