Cada 25 de julio se conmemora el Día del Baterista y Percusionista Chileno en honor al natalicio de Gabriel Parra, histórico integrante de Los Jaivas y una de las figuras más influyentes en la historia de la percusión nacional.
Con esa herencia como punto de partida, Arder presenta cuatro perfiles de bateristas que hoy impulsan el presente de la escena independiente chilena. Joaquín «Gonxi» González, integrante de proyectos como Cóclea, Cicuta, Tercera Mano y Tus Amigos Imaginarios, cuya inquietud lo ha convertido en uno de los músicos más prolíficos de su generación; Gabriela Pijama, una de las bateristas más activas y versátiles del circuito independiente; Catalina Vilches, miembro fundadora de Gomitas Ácidas, banda clave en la nueva camada del rock alternativo chileno; y Franco Arriagada, baterista de Candelabro, agrupación que en los últimos años se ha consolidado como uno de los nombres más destacados de la escena nacional.
Más que repasar sus trayectorias, estos perfiles buscan conocer a las personas detrás del instrumento. A través de sus historias, recuerdos, obsesiones y formas de entender la música, este especial propone un acercamiento a cuatro bateristas que, desde distintos rincones de la escena, comparten una misma convicción.
Joaquín “Gonxi” González
La historia que primero se le viene a la cabeza ocurrió en el dormitorio de su abuela. Cuando ella falleció, su pieza quedó vacía. «Se veía extraña, como el resto de una persona que había vivido muchísimo», recuerda. Tiempo después, mientras buscaban dónde guardar una batería para una presentación con uno de sus proyectos, se dio cuenta de que ese era el único espacio disponible. «Desde chico siempre tuve la idea de que en esa casa nunca entraría una batería, que era imposible». Pero un viernes cualquiera la instalaron completa en medio de esa habitación. Intentó tocarla un par de veces, pese a que el sonido retumbaba por todo el edificio, incluso con las ventanas cerradas. «En mi mente fue como un realismo mágico. Lo que nunca pensé que pasaría, pasó en la pieza de mi abuelita, a quien amaba tanto, tal como amaba la batería».
Esa historia dice más de Joaquín «Gonxi» González de lo que él mismo cree. Porque si algo parece repetirse en su vida, es que la batería siempre termina encontrando la forma de aparecer. Primero fueron unas baquetas regaladas por un primo, después, las mesas del colegio, las tazas en la hora de la once y los movimientos ensayados en el aire. Mucho antes de tocar en Cóclea, Cicuta, Tercera Mano y más, el ritmo ya había encontrado un lugar donde quedarse.

Del primer baquetazo no se acuerda. De la vergüenza, sí. Iba en segundo básico cuando entró a un taller de batería del colegio y se encontró con un instrumento enorme, casi desproporcionado para un niño tan chico. «Me acuerdo que me encontré muy intimidante… el profe me sentó y me dijo que tocara un solo enfrente de todos. Yo me quedé pensando ‘¿qué hueá toco?'».
Hoy sus compañeros lo felicitan después de tocar, los bateristas lo buscan para preguntarle cosas y acumula proyectos con una naturalidad envidiable. Sin embargo, cuando termina un concierto, rara vez piensa que estuvo perfecto. «Yo creo que solo dos veces he salido sintiéndome así, como realmente confiado», reconoce. De hecho, confiesa que apenas termina una canción lo único que quiere es que empiece la siguiente, como si detenerse demasiado tiempo le obligara a enfrentarse otra vez a ese niño paralizado por la vergüenza.
Cuando habla de aquellos años no habla de la frustración de no tener una batería propia y menciona que aprendió a construirla en la cabeza. Escuchaba discos intentando separar cada golpe del resto de los instrumentos hasta entender dónde vivía el bombo, cuándo aparecía la caja y qué recorrido hacían los toms. Después llegaba al colegio para comprobar si su mapa mental coincidía con la realidad. «Luego de discernir en el cerebro qué parte del instrumento hacía qué, podía llegar a mi casa a imaginarlo».
Cuando intenta explicar por qué terminó siendo baterista, Gonxi nunca habla de un don y lo cuenta como si hubiera sido un proceso mucho más doméstico o una costumbre que fue ocupando cada rincón de su cuerpo hasta volverse imposible de apagar. Durante años los profesores lo retaban porque no dejaba de golpear las mesas mientras hacían clases y en la casa sus tías le quitaban las tazas de las manos durante la once para que dejara de marcar ritmos sobre la loza.
Hay un testigo privilegiado de casi toda esa historia. Su nombre es Pablo Castillo. Lo conoce desde primero básico, compartió con él los talleres de música del colegio y hoy siguen tocando juntos en proyectos como Cicuta y Tercera Mano. A diferencia de casi todos quienes lo conocen en la escena, Pablo se refiere a él como Joaco.
«Hay dos cosas que nunca han cambiado. Siempre ha sido muy chistoso y siempre estuvo obsesionado con la batería. Era el típico niño que tocaba con los lápices en la mesa en clases. Era desagradable», bromea.
«Yo nunca vi al Joaco estudiar. Éramos un par de porros, nos iba mal y teníamos amigos inteligentes para pasar todas las asignaturas. Pero cuando entro a la Projazz estudiaba el instrumento durante horas. Desde que le regalaron una batería eléctrica es una cuestión de todos los días», agrega Pablo.
Ese cambio no ocurrió de un día para otro, puesto que durante la enseñanza media pasó varios años en la Big Band de su colegio. Allí, bajo la dirección de una exalumna a la que recuerda como «la Dani», entendió que la música también consistía en escuchar. «Me enseñó mucho sobre cómo estar en una banda, cómo hacer un conjunto», dice Gonxi.
Ese aprendizaje terminó encontrando un cauce a los quince años, cuando armó Krash Kalash junto a Dante Escobar, uno de sus amigos más cercanos. Como tantas bandas escolares, nació porque había tiempo después de clases y ganas de hacer ruido. El problema era otro. «Había desabastecimiento de guitarristas», recuerda. Mientras casi todos querían colgarse una Stratocaster al hombro, ellos siguieron adelante con un bajo aprendido a la rápida y una batería que llevaba años sonando primero en la cabeza. Hoy cuenta que la situación parece haberse invertido. Guitarristas hay por montones y encontrar un bajista dispuesto a comprometerse es mucho más difícil.
Aunque casi todos lo identifican como baterista, también toca guitarra e, incluso cuando la tiene entre los brazos, cuenta que se pilla a sí mismo moviéndose, sacudiéndose sin poder controlarlo. Pablo cree que esa faceta de Gonxi permanece injustamente escondida.
«La gente no tiene idea de esto, pero el Joaco es el mejor guitarrista que conozco. Estoy exagerando, pero si lo vieran tocar entenderían. Es el músico más completo que conozco. Cada vez que tengo una duda de armonía o un arreglo, él es mi contacto de emergencia. Fue mi incentivo para estudiar música porque entendía un lenguaje que yo todavía no manejaba», cuenta Pablo.
Pablo está convencido de que esa capacidad para escuchar y moverse entre instrumentos explica por qué Gonxi termina apareciendo en tantos proyectos. Sus amigos repiten siempre el mismo chiste. Sanmiguelino de corazón, con el pelo rapado a los lados y ojos achinados, Gonxi parece estar en todas partes al mismo tiempo. Cada vez que su nombre aparece en una conversación, dicen entre carcajadas, “se metió a un proyecto nuevo, nunca se cansa”.
«Está en tantas cosas porque es demasiado capo. Es el mejor baterista de la escena y no lo digo porque toquemos juntos». Sin embargo, después corrige el rumbo. «Obviando eso, creo que la razón principal es que es buena onda. Es el primero en apañar a todo. Nunca le he tenido que pedir un favor porque a él le nace. Tiene tiempo para todo y, al mismo tiempo, para nada».
Gonxi le resta toda épica a esa imagen del baterista incansable y afirma que el cuerpo se acostumbra. En el escenario entra en una especie de trance donde la adrenalina estira los límites del cansancio y solo cuando el ruido se apaga aparece el dolor persistente en el cuello de tanto movimiento y de horas cargando platos, fierros y estuches gigantes. Porque ser baterista en Chile, antes que cualquier mística, también significa convivir con un instrumento caro, pesado y compuesto por demasiadas piezas.
Esa forma de entender la música terminó convirtiéndose en una filosofía de trabajo. Aunque estudia batería en Projazz y reconoce la importancia de la técnica, insiste en que sus mayores aprendizajes nunca ocurrieron frente a un profesor. «Tocar con gente es donde más he aprendido», dice. Hay una frase que repite mientras intenta explicar su manera de tocar: «A veces la mejor respuesta es el silencio», una conclusión práctica, aprendida después de años tocando en proyectos distintos, donde cada banda exige olvidarse un poco de uno mismo para entender qué está pidiendo la canción.
Esa misma lógica explica por qué evita hablar de liderazgo. Aunque en Tercera Mano comparte junto a Pablo la tarea de ordenar ensayos y empujar canciones, evita la palabra «director». Prefiere pensar que simplemente ayuda a quienes todavía están encontrando su lugar. En otras bandas, como Tus Amigos Imaginarios, hace exactamente lo contrario y se preocupa de interpretar lo que otros imaginaron antes que él.
En Cóclea esa forma de pensar se vuelve evidente. No habla de compositores principales ni de jerarquías. Explica que funcionan «como un micelio» donde las ideas pasan de un integrante a otro, cambian de forma y terminan perteneciendo un poco a todos. Aquí John Bonham sigue siendo su principal referente.
Pablo tiene tan claro quién es su amigo después de más de quince años compartiendo escenarios y cumpleaños. «Vivimos a dos cuadras; si hago un esfuerzo veo su casa desde mi edificio. Somos el +1 del otro. Estamos invitados a las mismas cosas, nos llevamos bien con las mismas personas y también nos llevamos mal con las mismas personas». Después de una pausa, se ríe. En realidad eso resume bastante bien su amistad con Joaquín.
Actualmente, sigue viviendo en el mismo edificio de toda la vida. No tiene una batería acústica propia porque el espacio no lo permite y el bolsillo tampoco, pero desde los 18 años ensaya en la eléctrica que le regaló su papá. Ahí, en su pieza, mientras afuera Santiago sigue su curso, Gonxi se pone audífonos, conecta el computador al Bluetooth, pone rutinas de stand-up comedy y se pasa las horas pegándole a las gomas para matar el tiempo. Sus vecinos, asegura, nunca se han quejado por el rebote de los pedales. Con una sonrisa, dice que quizá les gusta escucharlo.
Gabriela Pijama
«A la mujer baterista la miran distinto, como un fetiche, como un adorno, como algo llamativo. También la miran con sospecha. A ver si sostiene bien, a ver si toca bien».
Gabriela Donoso se detiene un segundo después de decirlo. Lleva el pelo teñido de rubio, su característico labial rojo y habla con una seguridad que no necesita levantar la voz. Estamos sentadas en una cafetería del centro de Santiago, un lugar que le resulta familiar porque ella también trabaja en una. De hecho, en medio de la entrevista, reconoce a uno de los empleados y vuelve a la conversación.
«Cuando estudiaba me dijeron que ni siquiera tenía que ser la mejor para que me pescaran, simplemente porque era mujer. Ahí entendí que muchas veces estaban menospreciando mi trabajo”.
No vuelve sobre esa escena durante el resto de la conversación, pero tampoco hace falta. De una u otra manera, la acompaña en casi todas las decisiones que vinieron después.

Para Gabriela, la batería siempre fue exactamente lo contrario a una decoración. La primera vez que se sentó frente a un kit tenía nueve años y estaba en cuarto básico. Antes de dejarla tocar, el profesor le hizo marcar corcheas con las manos y negras con los pies. Derecha, izquierda. Derecha, izquierda. Después vino el ritmo de rock más básico. Y algo hizo clic. «Fue como andar en bicicleta. Al principio te cuesta, pero después el cuerpo va solo», explica.
Desde entonces, la música se convirtió en una obsesión. Era la alumna que se inscribía en todos los talleres del colegio, desde medio ambiente hasta danza. Ella misma se describe como el «canapé de huevo» del curso, la que estaba en todas.
No venía de una familia de músicos. Su padre, eso sí, se encargó de que ella y su hermana crecieran entre conciertos, teatro y actividades culturales. A los doce años ingresó a la orquesta de Padre Hurtado, donde coincidió con Emaflu, su primera profesora. A los catorce entró a la Escuela Superior de Música de Maipú: «El director de la escuela era el reconocido Carlos Figueroa. Aprendí a leer partituras de batería y empecé a involucrarme un poco más desde lo académico. Después Carlos invitó a algunas estudiantes a tocar en la Teletón, y siento que ahí se me abrió un poco más el mundo.» Gracias a esto, conoció a grandes bateristas como Pau Céspedes, Coti Ibacache y Taffy Dönicke, además de nuevas posibilidades.
Cuando terminó el colegio no tuvo demasiadas dudas, aunque cuenta que su segunda opción era estudiar periodismo porque le gustaba escribir, la historia y quería ser como Beatriz Sánchez. Le iba bien en clases y perfectamente podría haber seguido otro rumbo, pero nunca sintió que existiera una decisión tan difícil que tomar. «Yo sabía que sí o sí me iba a dedicar a la música».
La primera parada fue la Licenciatura en Música en el Pedagógico, pero no duró mucho. Los problemas económicos le obligaron a dejar la carrera y comenzar de nuevo. Preparó las pruebas de ingreso para la Universidad Católica con clases particulares de teoría y percusión, estudió repertorio para tambor y logró entrar. En la teoría, era el siguiente paso lógico. En la práctica, fue el momento en que Gabriela chocó con una realidad que hasta entonces no había tenido nombre.

La universidad le exigía horas infinitas de estudio, un perfil de egreso muy específico y una dedicación absoluta. Pero la diferencia más evidente no estaba en las salas de clase, ni en los ensayos, sino en el punto desde donde partía cada estudiante. «Yo me encontraba con compañeros que tenían un piano de cola en su casa y que toda la vida habían tenido clases particulares. Yo igual entré con una buena base, pero mi familia no tiene plata. Además, era de Maipú y me demoraba dos horas en llegar a la universidad. No podía quedarme hasta las diez de la noche estudiando en la u porque se me iba el metro». Mientras algunos podían pensar únicamente en perfeccionarse, ella también tenía que pensar en el trayecto de vuelta, en el CAE, en la diferencia de arancel que sus padres seguían pagando y en un campo laboral que parecía cada vez más incierto.
Habla de ese periodo con decepción. Sintió que la carrera la preparaba únicamente para competir por un puesto en una orquesta sinfónica, un espacio reducido donde, como le repetían algunos profesores, había que ser extraordinario para llegar. Empezó a preguntarse si realmente quería dedicar su vida a perseguir un camino tan estrecho. La música seguía siendo el centro de todo, pero ya no estaba segura de que la academia fuera el lugar donde quería vivirla. “La angustia era tanta que me llevó a dejar la carrera. Ahí apareció la idea de irme a estudiar a Argentina porque la educación es gratuita”.
La decisión parecía casi absurda para alguien que ya se estaba endeudando por estudiar. Sin embargo, al hacer las cuentas descubrió que el dinero que su familia destinaba a cubrir la diferencia del arancel acá alcanzaba para vivir al otro lado de la cordillera. Fue así como ingresó al Conservatorio Astor Piazzolla y encontró algo que echaba de menos sin saberlo. El énfasis seguía siendo clásico y académico, pero existía un enfoque distinto sobre el sentido de la educación pública. Los estudiantes salían de las salas para tocar en plazas, universidades, centros comunitarios y hogares de personas mayores.
«Esa labor social me gustaba mucho», recuerda. «Sentía que estaba haciendo algo para generar comunidad, para compartir, para crear espacios». Por primera vez desde que salió de Chile, estudiar volvía a parecerse a aquello que la había enamorado de ese arte cuando era niña.
Pero la vida empezó a desordenarse al mismo ritmo con que ella intentaba construirla. Terminó una relación, perdió el trabajo y su abuela, con quien vivió toda la vida en Chile, falleció. Comenzó a acumular pérdidas sin darse el tiempo para procesarlas. Siguió asistiendo al conservatorio, siguió estudiando y siguió funcionando. Sólo mucho tiempo después entendió que había estado viviendo en piloto automático.

«Me enfermé… me descompuse», dice. La palabra aparece por accidente, pero termina convirtiéndose en la mejor descripción de ese periodo. “Ya no disfrutaba estudiar, dejé de ir a conciertos, incluso cuando tuve la oportunidad de tocar profesionalmente en una orquesta junto a un director reconocido nadie me fue a ver. Sentía que me estaba deteriorando nomás», recuerda. Más allá de ausencia, le dolía ya no reconocerse a sí misma.
En 2023 decidió volver a Chile, conservando el afecto que le dio Buenos Aires. De hecho, en sus redes sociales todavía aparecen, de vez en cuando, fotografías con la camiseta de Boca Juniors y sus visitas a La Bombonera.
Ese retorno significó muchas cosas al mismo tiempo. Reencontrarse con su familia, comenzar terapia, recuperarse económicamente, digerir el duelo por su abuela y descubrir que ella también había cambiado. «Cuando uno se va del país y vuelve, las cosas siguen igual, pero a la vez no. Porque tú ya eres otra persona y las personas que dejaste también». Sus amistades cambiaron, sus conversaciones también. Mientras algunos de sus amigos del colegio ya eran abogados, ingenieros o tecnólogos médicos, ella seguía intentando explicar cómo funcionaba la vida de una música independiente. A veces, entre risas, le preguntaban si realmente le pagaban por tocar.
La respuesta empezó a llegar en forma de proyectos. Después de algunas temporadas tocando en distintas bandas como Mitimitis y Paracaidistas, hoy desarrolla su proyecto solista bajo el nombre de Gabriela Pijama y es la baterista de Los Turis, banda que comparte junto a Camilo Morales de Frucola Frappé. Sobre el escenario mantiene la misma presencia con la que conversa durante la entrevista. Sonríe con facilidad y se mueve con naturalidad detrás de una batería garajera, aunque reconoce que ocupar un lugar más visible ha significado un desafío distinto al que estaba acostumbrada.
«Siento más presión por exponerme que por tocar. Siempre estuve atrás. Yo nunca fui la cara del proyecto. Cuando empecé Gabriela Pijama no lo hice pensando en tocar tanto en vivo ni en convertirme en una figura. Era como mi banco de canciones, una biblioteca donde iba guardando las cosas que me iban saliendo. Pero después el proyecto empezó a crecer y sentí que inevitablemente me transformé en una cara visible, y esa exposición es la que más me presiona.»
En paralelo, comenzó a hacer clases particulares de batería. Enseñar, dice, apareció casi de manera inevitable porque su familia está llena de profesores. Siempre aprendió mejor acompañada, y esa era la forma en que quería transmitir la música.
«Yo siento que soy mucho mejor profe que intérprete», confiesa entre risas. desde el entusiasmo genuino que le provoca ver crecer a otros.
Sus alumnos tienen edades muy distintas. Ha trabajado con niños que recién descubren un instrumento, con adolescentes y también con universitarios que necesitan apoyo para aprobar sus ramos de batería.
Cuando habla de su alumna de seis años, la voz se le ilumina. Había comenzado haciéndole clases de ukelele, pero rápidamente entendió que esa niña tenía un oído fuera de lo común. Después vinieron el teclado, la batería y, finalmente, la decisión de prepararla para postular a la FOJI. Hoy estudia percusión, está becada y Gabriela todavía habla de ella porque, al final, ese logro también es suyo. «Es mi orgullo máximo», dice.
Resulta evidente que Gabriela nunca dejó de ser esa niña que entró a un taller instrumental queriendo tocar teclado y terminó sentada frente a una batería. La diferencia es que hoy ocupa el lugar que alguna vez le dijeron que no necesitaba ganarse y, además, le enseña a otros a encontrar el suyo.
Catalina Vilches
«En mi primer año de pedagogía fui a hacer una práctica a un colegio y vi una situación que me apenó mucho. Había una niña en un séptimo básico que quería tocar batería y también podía ensayar en su casa porque su papá tenía el equipo, pero la profesora no la dejaba y la limitaba solo a tocar flauta o metalófono. Me quedé pensando mucho en ella porque quizás la docencia de esa colega era muy anticuada y ahí empezó mi desencanto con la carrera.»
Catalina rememora ese periodo de su vida con una voz cargada de impotencia, como si viera a la niña sentada en esa sala de clases, esperando una oportunidad que no llegó.
En esa escena aparecen múltiples preguntas que atraviesan su relato. ¿Qué hacemos con el fracaso? ¿Qué hacemos con aquello que no podemos controlar? ¿Qué hacemos con los miedos? ¿Con la sensación de llegar tarde, de no ser suficientes, de sentir que vamos detrás del resto?
Catalina comenzó a tocar la batería más tarde que la mayoría de las personas que la rodean. A día de hoy, estudia este instrumento que le ha traído lesiones y largos periodos de reposo, se exige más de la cuenta y confiesa sentir un miedo permanente a equivocarse. Ella nunca habla del miedo como algo extraordinario, lo menciona con la misma naturalidad con la que habla de una lesión, de una prueba en la universidad o de un ensayo con sus compañeras de Gomitas Ácidas. Está ahí, instalado desde hace años, acompañando casi todas las decisiones que ha tomado alrededor de la batería y aprendió a convivir con él.
Quizás todo comienza por haber llegado más tarde, porque cuando conversa con otros bateristas siempre aparece esa diferencia. La mayoría empezó en la niñez, mientras que ella recién conoció una batería en primero medio. No existía un instrumento en su casa, tampoco una tradición familiar que la empujara hacia la música más allá del rock latinoamericano que sonaba en la radio de su hogar.
No sabe exactamente de dónde nació esa obsesión por la batería. Intenta encontrar una explicación y termina reuniendo recuerdos dispersos como Bart Simpson tocando en uno de los capítulos de Los Simpson, Alex Russo sentándose frente a una batería en Los Hechiceros de Waverly Place y una niña que vio alguna vez presentándose en Talento Chileno. Son imágenes pequeñas, aparentemente inconexas, que se fueron quedando en su memoria durante la infancia.
La primera vez que estuvo frente a una batería fue en un taller de verano de la municipalidad, antes de entrar a primero medio. Eran apenas cuatro clases, de las cuales recuerda al profesor tocando antes que ella: “Nunca había tenido una batería tan cerca, estuve a punto de llorar.»
Ese verano aprendió «Muevan las industrias», de Los Prisioneros, y volvió a su casa con la sensación de que algo había cambiado para siempre. Desde entonces comenzó a escuchar la música de otra manera, las canciones dejaron de ser una sola masa de sonido y la batería empezó a aparecer por separado. El golpe del bombo, la caja, los platillos encendieron una luz dentro de canciones que llevaba años escuchando.
Más tarde llegó el taller de música del colegio. Ahí pudo elegir instrumentos y no dudó demasiado. Mientras otros compañeros ya llevaban años tocando, ella recién estaba descubriendo cómo coordinar brazos y piernas, por lo que la sensación de ir unos pasos atrás empezó a pellizcarla.
Mientras cursaba la enseñanza media ya tenía claro que quería dedicarle más tiempo a la batería. Había pasado de escuchar el rock en español que sonaba en la casa a descubrir por su cuenta artistas como Clairo, Beabadoobee y el indie anglosajón. Todavía conocía poco de la escena chilena. Apenas escuchaba a El Cómodo Silencio de los que Hablan Poco y un par más.

Entró a estudiar Pedagogía en Música pensando que ese era el camino más cercano para vivir de la música. Ahí conoció a quienes, sin saberlo, terminarían convirtiéndose en sus compañeras de banda. Todas estudiaban en la misma carrera, todas tocaban instrumentos distintos y todas compartían las ganas de formar un proyecto propio. La oportunidad apareció cuando una Asamblea Feminista organizó una tocata y buscaba bandas integradas por mujeres.
Así nació Gomitas Ácidas, agrupación de la Región de Valparaíso que, con el tiempo, terminaría encontrando un lugar dentro del indie chileno. Fueron las propias compañeras quienes le empezaron a mostrar a Catalina buena parte del sonido porteño y entre todas comenzaron a aparecer puntos en común hasta que el sonido dejó de sentirse buscado y empezó a salir de forma natural.
Al principio imaginaban un grupo mucho más cercano al riot grrrl. Esa era la idea inicial. Pero los ensayos fueron empujando el sonido hacia otro lado. En alguna aplicación que analizaba los gustos de Spotify apareció una etiqueta que les causó más risa que entusiasmo. Catalina todavía se ríe al recordarlo. «Les dije ‘oigan, sale que hacemos bubble grunge’, y a las chiquillas no les gustó nada el nombre».
La Pedagogía en Música duró poco. Le gustaba enseñar, pero sentía que cada semestre era un semestre menos dedicado a estudiar batería de verdad y la docencia la hizo cambiar de perspectiva. Se cambió al Conservatorio del IACCH y más tarde ingresó a Interpretación en Batería en la Escuela Moderna de Música de Viña del Mar, donde comenzó a estudiar el instrumento con la intensidad que siempre había querido pero también empezaron las lesiones.
La primera apareció en el primer año. La tendencia es pensar de inmediato en Tendinitis, aunque después le explicaron que en realidad era Epicondilitis. Dolor en los tendones de sus antebrazos, codos, reposo obligatorio y kinesiólogo. Mientras otros seguían practicando, ella “pensaba “¿Y si nunca más puedo tocar?». Lo recuerda como uno de esos pensamientos inevitables que aparecen cuando aquello que más quieres hacer depende precisamente de una parte del cuerpo que deja de responder.
«Hubo un período en que no quería ni acercarme a la batería. Estaba muy frustrada. Un profesor me hizo una pregunta que todavía me acuerdo: ‘Si estuviera lloviendo y tuvieras que cruzar toda la ciudad para ir a tocar, ¿irías igual?’. Le respondí que sí, sin pensarlo”, cuenta.
Cuando veía tocar a otras personas, se le olvidaba todo lo malo. Le pasaba también en clases cuando aparecía una técnica nueva y volvía la satisfacción. “Incluso cuando estoy lesionada y no puedo tocar, me pasa lo mismo. Veo una batería y lo único que quiero es sentarme a tocar, aunque me duela”, confiesa.
La lesión volvió este año. Entre las clases, el piano obligatorio de la carrera, las horas de práctica y los ensayos con Gomitas Ácidas, los brazos comenzaron otra vez a doler. Incluso antes de su última presentación en Santiago, en el Festival Leviatán, ya sabía que algo no andaba bien.

Es curioso porque, incluso cuando está lesionada, sigue hablando de la batería con el entusiasmo de alguien que acaba de descubrirla. Dice que disfruta cuando una materia la desafía, que todavía siente esa curiosidad infantil por descubrir qué más puede hacer el instrumento. Sin embargo, esa curiosidad siempre convive con una voz mucho menos amable.
«Siempre siento que puedo más. Me pasa con todo. Escucho canciones que grabamos hace años y pienso en que hoy las tocaría distinto. También me pasa en la universidad. Estoy rodeada de gente excepcional y siempre pienso en cómo ser más rápida, en cómo tener mejores ideas. Es completamente mío. Soy muy autoexigente”, expresa.
De cierto modo es un compromiso que asumió al escoger el instrumento que sostiene toda una banda, el que marca el pulso y organiza cada entrada, pero preferiría pasar desapercibida. Dice que incluso cuando se teñía el pelo esperaba que nadie la mirara demasiado. Arriba del escenario siente exactamente lo mismo. Se ríe apenas termina la frase porque entiende la contradicción porque un baterista nunca pasa completamente piola.
Mucho menos en una banda como Gomitas Ácidas, donde las canciones empiezan con ella. Primero graba la batería junto al metrónomo y después todas las demás construyen sobre esa base. Si algo cambia en el ritmo, el resto lo siente inmediatamente. La batería funciona como los cimientos de una casa: casi nadie los mira, pero todo depende de que estén firmes.
Entre el reposo forzado, las dudas y la frustración, la respuesta a la pregunta de su profesor sigue siendo la misma. Cruzaría la ciudad bajo la lluvia cuantas veces sea necesario con tal de volver a sentarse frente a la batería.
Franco Arriagada
El golpe llegó por la espalda. Franco estaba sentado junto a sus compañeros de Candelabro en el restaurante Das Haus de Valdivia, todavía procesando lo que había significado tocar en Fluvial, cuando un hombre se acercó a saludarlos. Entre conversaciones y platos que iban y venían, les preguntó si eran los integrantes de la banda y comenzó a felicitarlos por la presentación de esa jornada. Durante unos segundos ninguno logró reconocerlo. Él mismo se presentó como una «gran expromesa», hasta que cayó la ficha. Era Raúl Aliaga, histórico baterista y percusionista de Fulano y Congreso, una de las figuras más influyentes de la música chilena y referente para generaciones de músicos. La conversación siguió unos minutos más hasta que, antes de despedirse, Aliaga le dio una palmada en la espalda a Franco y lanzó una frase a lo buen chileno: «Este hueón es batero».
Franco recuerda la historia entre risas. Una anécdota lleva a otra; aparece un nombre, luego una calle, después una banda y, cuando se da cuenta de que se alejó de la pregunta, sonríe con algo de vergüenza e intenta volver al principio. Moreno, de pelo crespo, lleva unos lentes de marco rectangular con el suficiente aumento para que sus ojos se encojan unas milésimas al ponerlos. Los usa desde sexto básico, cuando llegó a la casa con su primer rojo. Sus papás pensaron que simplemente le había ido mal en la prueba, hasta que descubrieron que el problema era que llevaba semanas forzando la vista para intentar leer el pizarrón.
Para cualquiera, la frase pudo haber sido un elogio más entre tantos que se intercambian después de un espectáculo. Para Franco, que suele desconfiar de los elogios y es bastante más duro consigo mismo que con el resto, tuvo otro peso. No era solamente el reconocimiento de uno de los bateristas que más admiraba, sino la confirmación de un camino que había comenzado mucho antes, cuando la música todavía era una apuesta y él era un niño que parecía no alcanzar a echar raíces en ningún lugar.
Antes de los escenarios, las giras y los discos, Franco pasó buena parte de su niñez cambiándose de casa y de colegio. «No tengo muy claro por qué fueron tantos cambios. Yo creo que mis papás estaban buscando dónde quedarse. Igual ellos siempre quisieron que yo hiciera muchas cosas, que probara distintas experiencias, que tuviera una buena educación.»

Durante años practicó hockey patín. También hizo natación, rugby y karate. Dice que todavía hoy podría ponerse unos patines y, después de diez minutos, volver a sentirse cómodo. Se ríe cuando recuerda esa etapa y hace una precisión: «Lo único que nunca jugué fue fútbol y las veces que jugué fue defensa».
Mientras otros niños pasaban años creciendo con el mismo curso, Franco siguió una rutina distinta. «Nunca alcancé a generar un arraigo con un lugar. Había momentos en que recién empezaba a hacer amigos y ya tocaba cambiarse de casa otra vez. Después era otro colegio, otro barrio, otro recorrido. Uno se termina acostumbrando, pero igual cuesta. Siempre sentía que estaba empezando de nuevo.»
En medio de ese movimiento hubo una constante. Su mamá fue quien lo llevó por primera vez a una clase de batería en la escuela de música Toka ubicada en Ñuñoa.
«Fui poco a la escuelita, como dos meses por temas de plata. Pero me acuerdo perfecto de la primera vez que me senté frente a una batería. Era gigante. Mi profe tenía un montón de cosas alrededor, platillos, instrumentos por todos lados… fue súper imponente. Me dio miedo igual, porque era demasiado.»
Mientras lo cuenta, saca el teléfono y busca un video. En la pantalla aparece un Franco de diez años, sentado detrás de una batería que parece demasiado grande para su cuerpo. Apenas lleva un mes y medio de clases. No mira a la cámara y está completamente concentrado en seguir el ritmo.
Con el tiempo llegó al Colegio Artístico Sol del Illimani, en La Florida, fundado por integrantes de Inti-Illimani. Además de batería comenzó a estudiar saxofón, teclado y guitarra. Participó en ensambles de jazz, de música latinoamericana y en proyectos experimentales. Sin darse cuenta, empezó a escuchar la música de otra forma
«Como también toco saxo, muchas veces pienso en la batería conversando con los vientos. En Candelabro me pasa mucho eso. Me interesa más cómo dialogan los instrumentos que tocar algo difícil.»
«La batería es como un director de orquesta. Es un núcleo desde donde todos pueden entender hacia dónde va la música. Nunca me ha interesado demostrar que puedo tocar más rápido o más difícil. Me interesa que todos sepan dónde estamos parados”, explica. Cuando se habla de bateristas, el nombre que más se repite es el de Jeff Porcaro. Lo admira porque convirtió la musicalidad en una forma de trabajo y antes de morir grabó cientos de discos como músico de sesión y fue capaz de adaptarse a estilos completamente distintos sin dejar nunca de servir a la canción.
En octavo básico tomó una decisión que, vista desde afuera, parecía desproporcionada para un niño de trece años. Decidió que iba a ser músico.
«Igual me gustaban mucho las matemáticas. Quería estudiar física y astronomía. Me fascinaban esas cosas. Pero al mismo tiempo estaba pasando un momento difícil por temas familiares. La música terminó siendo un refugio.»
Sin embargo, dedicarse a la música no hizo desaparecer las dudas. Al contrario. Mientras más convencido estaba de que ese era su camino, más consciente era de lo improbable que parecía vivir de él, así que las matemáticas, la física y la astronomía continuaban ahí, como una especie de plan alternativo al que podía aferrarse si las cosas no resultaban. Estudió en el Augusto D’Halmar, uno de los liceos públicos más exigentes de Santiago. Franco llegó a pasar años ahí, rodeado de un sistema que él mismo describe como un colador: cinco séptimos básicos entraban cada año y apenas dos cuartos medios lograban salir. Había cursos completos de estudiantes repitentes y una exigencia académica que absorbía casi toda la vida de quienes estudiaban ahí.
Él resistió hasta mediados de tercero medio.
«Ahí ya tenía claro que iba a dedicarme a la música. Entonces esa exigencia dejó de tener sentido para mí. Ya sabía lo que quería hacer.»
El cambio de colegio terminó siendo también una decisión sobre cómo quería vivir. Dejó atrás un espacio donde la exigencia académica ocupaba todo el tiempo y llegó al Sol del Illimani, donde por primera vez sintió que estudiar música no era una actividad secundaria, sino una forma legítima de construir un proyecto de vida. Ahí comenzó a tocar con otros casi todos los días. Los ensambles se hicieron habituales, aparecieron nuevas amistades y la música se convirtió en un oficio.
En ese colegio conoció a Carlos Muñóz. Entre ensayos, recreos y talleres comenzaron a tocar juntos sin imaginar que, años después, compartirían escenario en Candelabro. Como muchas de las cosas importantes en la vida de Franco, esa amistad nació haciendo música.
A partir de entonces aprendió una regla que todavía sigue guiando su carrera. Si alguien necesitaba un baterista, iba. Si faltaba un músico para una grabación, aceptaba. Si aparecía una banda nueva, un reemplazo o un proyecto experimental, encontraba el tiempo para sumarse. Poco a poco dejó de contar cuántos grupos habían pasado por su vida.
«Partí tocando batería a los diez años y desde ahí nunca más paré. Toqué en bandas de covers, hice baterías para otros, entré a proyectos donde la música ya estaba escrita y también armé bandas desde cero. Debo haber pasado por unas cincuenta bandas distintas. Jazz, pop, rock, música experimental, de todo un poco.»
Lejos de verlo como una dispersión, Franco entiende ese recorrido como su verdadera formación. Por eso hoy resulta difícil asociarlo a un solo proyecto. Además de Candelabro, integra A Favor del Loco, Cuchitamon, la banda de Nando García y una larga lista de colaboraciones. Tampoco se siente cómodo con la idea del virtuosismo. Prefiere desaparecer dentro de la canción antes que llamar la atención desde la batería.
También explica por qué nunca se ha sentido cómodo con la idea del virtuosismo. Mientras muchos bateristas buscan destacar desde la velocidad o la complejidad técnica, él prefiere desaparecer dentro de la canción.
«La batería tiene que ordenar la música. Si el resto entiende para dónde voy, ya está. No necesito tocar más fuerte ni más rápido para sentir que hice bien mi trabajo.»
Los elogios comenzaron a llegar desde profesores, compañeros de banda y músicos con los que compartía escenario. Franco los agradece, pero siempre había una voz cuya aprobación parecía pesar mucho más que todas las demás juntas. Su papá nunca fue músico. Tampoco un melómano obsesivo. Lo que sí le transmitió fue una idea que terminó acompañándolo durante toda su vida: si iba a hacer algo, tenía que hacerlo lo mejor posible.
«Mi papá siempre fue exigente, pero de buena manera. Tenía muy metida en la cabeza esa idea de que, no importaba lo que hiciera, tenía que hacerlo lo mejor posible. A mí me daba hasta lata mostrarle la música que hacíamos cuando era más chico. Le mostraba una canción y me decía: ‘Está buena… pero todavía le falta’. Yo tenía dieciséis años y salía medio derrotado de esas conversaciones.»
Durante mucho tiempo el reconocimiento llegó desde otros lados. Profesores, compañeros de banda y amigos le repetían que tocaba bien, pero ninguna de esas voces pesaba lo mismo. La primera vez que sintió que realmente había convencido a su papá fue varios años después, cuando Candelabro publicó Ahora o Nunca.
«La primera vez que me reconoció de verdad fue con ‘Bonva’. Esa canción le pegó mucho. Mi papá era muy fanático de Eduardo Bonvallet, pero no por la talla o por el personaje. Le hacía sentido todo lo que hablaba sobre la ausencia paterna, sobre los consejos de vida. Él también vivió algo de eso cuando era chico. Entonces cuando escuchó ‘Bonva’ fue la primera vez que sentí que me dijo: ‘Ya… esto está bueno’. Y para mí fue brigido. Pensé: ‘A lo mejor sí voy por buen camino’.»
Con el tiempo, las ciudades empezaron a cambiar de nombre. Durante años habían sido comunas de Santiago, barrios donde alcanzaba a hacer uno o dos amigos antes de volver a empacar las cosas. Después fueron escenarios. Concepción. Valdivia. Más tarde México. Finalmente España.
España aparece varias veces durante la conversación, aunque nunca como una lista de conciertos. Habla de los trayectos en tren y de mirar por la ventana durante horas sin saber el nombre de los pueblos que iban apareciendo. Cuando menciona Barcelona inevitablemente termina hablando de la Sagrada Familia porque no pudo entrar. Las entradas había que comprarlas con meses de anticipación y no lo tenía contemplado. La vio desde afuera, levantando la cabeza como cualquier turista que intenta entender cómo una construcción puede albergar siglos de historia. Por último aparece Lugo. No intenta convencer a nadie de que sea la ciudad más bonita de España, simplemente dice que fue la que más le gustó por ser tranquila, caminable y con un ritmo distinto al de las grandes capitales. Esa respuesta parece resumir bastante bien su personalidad.
La gira por el país europeo terminó antes de lo pensado. Candelabro tuvo que cambiar los pasajes porque en Chile los esperaba otra cita en los Premios Pulsar. El disco terminó llevándose el reconocimiento más importante de la noche, pero él apenas se detiene en eso. Prefiere hablar de quienes estuvieron antes. De los profesores que lo fueron formando, de los músicos que lo invitaron a tocar cuando todavía era un adolescente, de Carlos, de Matías, de Sebastián Silva, de todas esas personas que fueron construyendo el camino junto a él.
Durante buena parte de su infancia Franco fue un nómade que conoció el país cambiándose de comuna en comuna porque sus papás buscaban dónde vivir. Ahora sigue moviéndose, pero es la batería la que lo sube a un bus, a un avión o a un tren.

