Hesse Kassel atraviesa un momento clave dentro de su desarrollo como banda. Con un segundo disco en proceso, una gira que los llevará por primera vez a México y el inminente debut en Lollapalooza Chile, el grupo se mueve hoy en un terreno distinto al que habitaba tras la publicación de La Brea, enfrentando un escenario de mayor exposición y nuevas lecturas sobre su trabajo.
En conversación con Renatto Olivares, la banda reflexiona sobre ese tránsito. El cambio en su manera de componer, el peso de las expectativas, la necesidad de repensar el sonido desde el en vivo y el rol que hoy sienten ocupar dentro de una escena que también se encuentra en plena transformación. Todo, a semanas de subirse por primera vez a uno de los escenarios más grandes de su carrera.
En agosto, antes del show en Sala Metrónomo y del lanzamiento de La Brea, me comentaban que el proceso de composición coincidió con un momento complejo, de muchas decisiones para la banda. Pensando en tu experiencia personal, ¿cómo enfrentaste ese proceso durante la grabación de este segundo disco y qué tan determinante fue
a nivel personal y colectivo?
El proceso fue bastante similar al de La Brea, sobre todo en lo humano. Estar los seis grabando siempre implica tiempos muertos, montaje, microfonía y todo ese lado técnico que te obliga a convivir más, a compartir, a tirar la talla. Pero también personalmente fue distinto. Esta vez sentí que la grabación nos puso en otro tipo de exigencia. Las canciones nuevas son más directas, más dinámicas, y eso las hace más desafiantes desde otro lugar. Al no tener una formación musical académica, siempre existe un margen grande al error, pero acá ese riesgo se vive de otra forma. Un poco menos frágil armónicamente, pero más demandante en energía y concentración.
Hubo momentos bien duros, incluso a nivel personal. Tuve un par de instantes de fatiga mental fuerte, de sentir el cerebro completamente frito, algo que no me había pasado antes a ese nivel. Pero también entendí que era parte del proceso que te empuja más allá de tus habilidades.
¿Qué podemos esperar de este disco? ¿Sigue la misma línea de La Brea o se expande citando a Geordie Greep a “un nuevo sonido”?
Para mí, este disco no dialoga tanto con La Brea en términos sonoros ni conceptuales. Sí hay una continuidad lógica porque somos la misma banda, pero creo que ahora hubo un ejercicio mucho más honesto de revisar lo que hicimos antes, incluyendo las críticas. Varias de esas críticas apuntaban a cosas reales. Y este disco intenta hacerse cargo de eso. Hay más participación colectiva, más voces, una composición más abierta. En cuanto al sonido, yo los siento bastante distintos. La Brea es más atmosférico, más expansivo. Este disco más directo. Siempre pienso en el paso de La Máquina de Hacer Pájaros a Serú Girán. Menos exceso, más síntesis. Eso intentamos acá, ser más precisos tanto musical como discursivamente.

También en la entrevista pasada hablamos un poco de la idea de priorizar la función por sobre la forma, como una especie de eje o esencia en el trabajo de la banda. ¿Sigue siendo así hoy, o si con el paso de estos meses —y todo lo que ha implicado este proceso— la manera de trabajar, de dialogar entre ustedes y de tomar decisiones creativas ha ido cambiando o transformándose un poco?
Con el tiempo nos dimos cuenta de que La Brea también nos estaba condicionando en vivo. Son canciones largas, muy atmosféricas, y cuando tenís poco tiempo para tocar, eso se traduce en sets muy cortos. Tres canciones en media hora. Y más allá de lo práctico, eso nos hizo cuestionar qué tipo de experiencia queríamos generar. Muchas veces evitábamos tocar los temas más tranquilos porque lo que realmente nos movía era irnos al ruido, a lo intenso, a lo físico.
La Brea es un disco atravesado por una sensibilidad más europea, más melancólica, más solemne. Era lo que queríamos hacer en ese momento, pero con el tiempo empezó a sentirse un poco obtuso para lo que somos hoy. Somos jóvenes, tocamos para gente joven, y también tenemos ganas de gritar, de hacer canciones que se vivan colectivamente. Este nuevo disco nace desde ahí, prioriza la energía, el ruido, lo coreable, y está mucho más pensado desde el vivo que desde la contemplación.
En La Brea había una urgencia muy marcada. Mirando este segundo disco, ¿desde dónde sienten que nace ahora la escritura: sigue viniendo más desde la necesidad, o aparece también un espacio mayor para la exploración y la búsqueda sonora?
Para nosotros hoy es más importante decir algo que simplemente explorar un discurso nuevo por explorarlo. Cuando expones una obra, inevitablemente hay una expectativa de que te hagas responsable de lo que estás diciendo, de tu propio mensaje. Con La Brea hubo lecturas muy distintas. Para algunas personas nos quedamos cortos discursivamente, para otras no. Y entendemos ambas posturas. También es cierto que mucha gente que opinó no conocía del todo la intención artística detrás del disco, pero aun así las críticas eran válidas.
Sabíamos que líricamente había un discurso que no estaba del todo claro, especialmente en cómo se leía a nivel país, en lo político, lo cultural o lo contextual de Santiago. Nunca esperamos que eso conectara tan directamente, y cuando pasó, aparecieron comentarios del tipo “hablan de todo y a la vez de nada”. Eso es algo que asumimos. Este disco nuevo no nace como respuesta directa a esas críticas, pero sí desde la conciencia de que ahora hay más exposición, más imágenes, más gente escuchando. Y eso nos genera ganas de decir algo con mayor claridad, de hacernos cargo del mensaje de una forma más explícita.

¿Cómo gestionan las expectativas —externas e internas— ahora que hay tanta atención sobre ustedes? Se sienten ó sintieron presionados de alguna forma con este segundo disco?
Honestamente, no. No siento que este disco esté pensado para cumplir expectativas externas. El hacerse cargo de las autocríticas y de algunas críticas que vienen de afuera tiene más que ver con un proceso interno de la banda que con responder a lo que se espera de nosotros. Es una cuestión de salud mental y de cuidar la moral del grupo.
La opinión popular siempre está ahí, es imposible ignorarla del todo, pero no es el motor. Cada uno de nosotros tiene su vida puesta en otras cosas, no vivimos pendientes de eso. Las decisiones creativas pasan más por una autoexigencia interna, por sentir que estamos siendo fieles a lo que queremos hacer como banda, antes que por una necesidad de validación externa.
Oye, se van a México. Felicidades. Cuéntenme un poco cómo surgió eso y cómo lo gestionaron.
La ida a México es resultado de la gestión que estamos haciendo con Armónica, la agencia con la que estamos trabajando. Estamos muy contentos con ese vínculo porque ha sido un trabajo honesto, realista y sin vender cosas que no son. Todo partió porque había interés. Al principio la idea era súper simple, ir a CDMX, hacer una fecha y volver. Yo mismo les decía a los cabros que, aunque no hubiera ganancia y termináramos poniendo plata, igual valía la pena hacerlo.
Después la fecha empezó a funcionar bien y, a partir de eso, comenzaron a llegar varias ofertas bien buenas. Fue ahí cuando nos dimos cuenta de que existía un interés que no teníamos considerado antes.
¿Qué creen que se juega Hesse Kassel en este primer paso por México: validación, aprendizaje o simplemente roce con otra escena?
Me gusta pensarlo como una fotografía panorámica, mirar el panorama completo. Ver cómo es el público allá, cómo se organizan las cosas, cuáles son las diferencias y también las virtudes que podemos tener en comparación a otros países de Latinoamérica en lo musical. Siempre hay cosas que aprender, pero también momentos en los que uno puede decir: “brígido, en Chile las cosas se hacen de esta manera y muchas veces no se valora”. Es como sacar una foto general para entender mejor dónde estamos parados.
Al mismo tiempo, me gusta sentir que somos parte de este discurso que ha ido apareciendo últimamente, de que Chile la está llevando en lo musical. Se siente muy bacán que exista interés en bandas como nosotros, Candelabro o Asia Menor. A mí todavía me parece una locura. No sé si en otros países de Latinoamérica llegan tantas bandas a tocar a Chile como pasa acá. Están las bandas cabecillas de cada país, claro, pero no sé si existe esa misma cantidad o diversidad. Eso también habla de algo que está pasando acá.

¿Se sienten responsables de representar algo más que su propio proyecto, como un símbolo de su generación o escena?
Antes te habría respondido que no. Tenía muy claro que éramos nuevos en el circuito, que no conocíamos a nadie y que, tanto a nivel personal como de banda, estábamos recién debutando. Pero con todo lo que ha pasado, con la gente que hemos conocido y con el equipo técnico que se ha ido formando, hoy mi respuesta es distinta. Creo que sí aparece una cierta responsabilidad, sobre todo por la visibilidad que nos ha dado la gente.
Yo siempre he pensado que bandas como Candelabro o Asia Menor tienen esa responsabilidad, y si hoy nos empiezan a poner al lado de proyectos así, algo de eso debe haber. En ese sentido, sí. Y esa es también una de las razones por las que el disco nuevo, a nivel lírico, tiene una llegada más concreta y un mensaje más directo. Responde a esa conciencia de tener una mayor capacidad de llegada a la gente, algo que antes simplemente no estaba presente en nuestras mentes.
Pensando en esta nueva elección presidencial, ¿cómo ves el impacto en la escena cultural y musical? ¿Qué lectura haces de este regreso de una derecha más radical al gobierno chileno y de cómo eso puede afectar al arte y a la cultura?
Quiero creer que no, pero creo que sí. Hace poco conversaba con gente de Temuco y me decían que para ellos es un miedo enorme, porque la realidad allá es muy distinta a la de la capital. Siempre se habla de la precarización de la escena, es un discurso que se repite, pero que también es real. Y en regiones eso se siente con mucha más fuerza. No son tantos los lugares donde se cultiva este tipo de música ni tampoco hay tantos espacios disponibles para tocar.
Muchos de esos espacios, además, funcionan gracias a financiamiento gubernamental o fondos estatales, y eso claramente podría verse afectado por los resultados de las elecciones. Ahora, también creo que, si eso llegara a pasar, hay algo positivo que podría surgir onda la reacción de la gente. Apoyo real, tocatas a beneficio. Es algo que hemos conversado entre nosotros y también con gente del círculo, como el caso del Centro Cultural Rojas Magallanes, que es un espacio con mucho renombre, muy querido y protegido por la comunidad. Si algo así se viera afectado, honestamente quedaría la cagá.
Entonces, si llegara a pasar algo así, creo que lo positivo sería que quedaría en evidencia una capacidad de agencia muy fuerte y muy presente por parte de la gente. Eso también habla de una escena que, pese a la precariedad, está viva y dispuesta a defender sus espacios.
Y bueno, antes de México está en Lola, van a tocar en Lola este año . Y generalmente tocar en el Lollapalooza, suele leerse como un hito. ¿Ustedes lo viven como un punto de llegada o más bien como una prueba dentro de un proceso que todavía está abierto?
A nivel general, me parece brigido que se considere a un proyecto como el nuestro, siendo poco comercial. Eso es lo que más rescato, porque habla de algo positivo para la escena. Si una banda con un disco de canciones largas, más introspectivas y con estructuras irregulares puede llegar a Lollapalooza, entonces ya no se ve como algo imposible. Abre la puerta para que otras bandas también puedan llegar a ese tipo de escenarios, y eso demuestra que hay una atención real a lo que está pasando musicalmente.
Desde ese lugar, creo que es importante más allá de nosotros. No es solo que toquemos en Lollapalooza, sino lo que significa en términos de panorama musical. Que se estén considerando propuestas así cambia un poco la idea de qué tipo de proyectos pueden ocupar esos espacios.
¿Se sienten más conectados con el público local en un festival así, o sienten que la masividad a veces diluye la cercanía que generan en otros shows?
Más allá del hito que significa tocar en Lollapalooza, para nosotros el logro más grande es poder ampliar el vínculo y llegar a más gente. Obvio que estar ahí es importante, llegar al Lolla es un logro en sí, pero también es un logro humano poder llegar y conectar con otro público. Y no sentimos que eso vaya a afectar la cercanía con la gente que nos sigue desde antes, porque ese vínculo está construido desde otro lado, es más directo y no depende del tamaño del escenario ni del contexto en que toquemos. Eso no es algo que se pierda por tocar en un festival grande.

