¿Dios está de nuestro lado o Dios no es más que un mercenario? Pensé en esta línea de Rey de Creta mientras esperaba el concierto de Tenemos Explosivos en el Teatro Lihuen. Es imposible no sentirse parte de algo más grande en los conciertos de la banda, sobre todo en Concepción, como si el espacio entero respirara nuestros recuerdos y sentimientos.
Porque ir a un concierto de Tenemos Explosivos es presenciar eso, lo que ocurre fuera y dentro de nosotros, en compañía, con la palabra y el puño en alto, con nuestras derrotas y nuestros pocos triunfos; y así pensamos en los conflictos que cruzan continentes, la desigualdad, la violencia política, las tensiones sociales que golpean y no ceden. Chile, con su historia reciente de luchas, protestas y memoria de injusticias, se sentía reflejado en cada riff y en cada frase, pero al mismo tiempo la mirada se abría a lo global: Palestina, la precariedad de quienes apenas sobreviven, y el cuestionamiento constante sobre quién sostiene el poder y con qué intenciones.

Antes de que ellos subieran al escenario, El Último Gran Mar preparó el ambiente con un set cargado de fuerza y convicción. Post Hardcore directo, con un sonido áspero y bien como dice su nombre, un océano de potencia. Una banda con un discurso claro y una ejecución precisa, que encendió al público y marcó el tono de lo que vendría después.
Entre saltos, gritos y aplausos, entre caras nuevas y conocidas, la banda tejió un relato de memoria política. Cada acorde parecía empujar la pregunta hacia todos los presentes: ¿quién está del lado de la vida, de la memoria y de la justicia? Esa mezcla de rabia, nostalgia y urgencia convirtió el concierto —como siempre—en un desahogo, donde temas como “Fuego en la Isla de Piteas”, “Agamenon” y “Rey de Creta”, se volvieron la forma más honesta de decir lo que duele.

Corta Calles, su último disco, mostró esa misma conciencia. Letras más reflexivas, melodías más complejas. También repasaron temas más antiguos, donde las referencias literarias, históricas y mitológicas aparecían entre notas y silencios, recordando que la memoria y la resistencia son universales, que los mitos y las historias sirven para entender los dilemas de hoy. Durante el show, entre canciones, las pantallas también proyectaban fragmentos audiovisuales que cruzaban la historia política chilena: imágenes de protestas, archivos de dictadura, un discurso de Jaime Guzmán. Todo eso convivía con la música, amplificando su carga simbólica y emocional. Una puesta en escena donde las canciones dialogaban con la historia reciente y con las heridas aún abiertas del país, un recordatorio de que cantar también puede ser una forma de decir “No olvidemos”.

Y de eso se trata ver a Tenemos Explosivos en vivo, un respiro y grito necesario en nuestra vida, un espacio donde la música se convierte en memoria, donde lo político y lo poético se cruzan, y donde la pregunta inicial —sobre Dios, sobre el poder y sobre quién está de nuestro lado— flota sobre nosotros, invitándonos a reflexionar, a sentirnos parte y a no olvidar.
Con la porfía de la memoria por delante.





